martes, 2 de junio de 2026
El día que te ceden el asiento
martes, 31 de marzo de 2026
Soledad también es nombre de mujer
martes, 3 de febrero de 2026
Ellas hablan solas
viernes, 16 de enero de 2026
Te contaría
domingo, 11 de enero de 2026
El tamiz de la amistad
martes, 2 de diciembre de 2025
Cuando Dulia frañía ablanes
martes, 4 de noviembre de 2025
La bata de percal
miércoles, 1 de octubre de 2025
En sus zapatos
lunes, 30 de junio de 2025
Mil oficios
lunes, 9 de junio de 2025
El arte de escuchar
miércoles, 30 de abril de 2025
Guerreras del entusiasmo
martes, 1 de abril de 2025
Les xanes del llavaeru
miércoles, 5 de febrero de 2025
Desde que os habéis marchado
jueves, 2 de enero de 2025
De Sobrescobio a Tapia
martes, 3 de diciembre de 2024
Navidá sin soledá
sábado, 2 de noviembre de 2024
Rosa
martes, 1 de octubre de 2024
Bárbara
Bárbara era pequeñina y menuda. Conservó hasta el final una gran vitalidad y sus ademanes de mujer fuerte, como su nombre.
Campesina de profesión, mi madre era asimismo una gran lectora, de memoria envidiable.
Siempre decía que "les coses nun tienen más importancia que las que se yos quiera dar", y así fue neutralizando sus naufragios.
Buena refranera, me enseñó cientos de dichos populares. Uno de sus preferidos era aquel que dice que "pucu y en paz munchu se me faz". Y solía rematar las esporádicas rencillas con: “el más llistu que calle el primeru".
Cuando era joven, le gustaba el teatro. Nunca se le olvidaron los diálogos de los papeles en su paso por una compañía coyana. Por ella supe de “Los amores de Ximielga” y del “Pleitín de aldea”.
También le gustaban los animales; sus preferidos eran los gatos y las gallinas, y
fue feliz a su manera, sembrando por los güertos y recogiendo castañes cuando soplaban los vientos cálidos del otoño por la aldea donde nació y vivió siempre.
Aunque de mente abierta -pocas tendencias o ideas la escandalizaba-, tenía algunas costumbres ancladas, como la de ir a misa los festivos. Se ponía sobre los hombros la chaqueta de domingo, coloreaba con un poco de carmín sus labios finos como única licencia de coquetería , se calzaba los zapatos o les madreñes (según el tiempo) y se dirigía a la iglesia de San Andrés, donde aprendió a rezar, a cantar y tal vez a llorar.
Me daba especial ternura cuando me topaba con aquellas pastillas de jabón Heno de Pravia entre su ropa, o con unos guantes blancos de algodón para no sacar carreras a las medias, que muy pocas veces usaba. Andaba “en piernes” hasta con les mayores xelaes.
Sabía tantas historias pasadas que procuré anotarlas para que no se olviden. “Apunta si quieres que yo nun voy a durar siempre”, me decía.
Se nos antojaba eterna, pero se nos fue una madrugada de septiembre. Los últimos meses, en los que su salud flaqueó, estuvo rodeada de todas las atenciones de sus vecinos y su familia. “¡Qué buenos sois conmigo”, decía. “Por algo será”, le replicaban.
viernes, 6 de septiembre de 2024
La mio quintana
La mio Quintana
Berta Suárez
La mio quintana de Soto tiene la esencia de los caminos eternos. Guarda en sus entrañas consejos sabios, refranes antiguos, días alegres, horas inciertas, pesares viejos y vivencias entrañables.
Es el trecho que recorremos a diario, por el que andan, anduvieron y andarán, las personas que amamos; y eso le concede un plus de sentimientos, cual hilo irrompible. Como los zapatos gastados y los buenos amigos, no será sendero perfecto, pero es donde nos encontramos más cómodos.
Mi quintana coyana está hecha de recuerdos y olvidos, de historíes grandes y pequeñinas, de pasos incansables, de platos que van y vienen, de días de sol, de tardes de orbayu, de noches de lluvia, de amaneceres de nieve y de mañanas de viento. También viven en ella lágrimas y risas, sueños frustrados e ilusiones cumplidas; encuentros y despedidas…
Los afanes no son los mismos a medida que suman los días. Pero hay un ambiente que se percibe a través de sus puertas abiertas, que invita a confiar y a reafirmarte en cuánto necesitamos a nuestros semejantes.
Sobre todo, por este lugar, arropado por montañas perpetuas, se respira solidaridad vecinal, que se enlaza con la de otros barrios de la aldea y que da sentido a los días tristes o alegres, que haberlos haylos para todos los gustos.
Por eso, en este tiempo de pérdidas personales por nuestra quintana, cuando me pregunto con más frecuencia que nunca por el sentido de la vida, recuerdo una reflexión de Virginia Woolf: “A eso se reducía todo: a una pregunta muy sencilla, que se iba volviendo más acuciante con el paso de los años. La gran revelación no se había producido. Tal vez no llegara a producirse nunca. En cambio, había pequeños milagros cotidianos, iluminaciones, fósforos que se encendían inesperadamente en la oscuridad".
Eso es para mí el recorrido; el milagro cotidiano de las manos amigas que te agarran cuando el vértigo acecha, la ternura de las personas sencillas que lo transitan, el cuidado de quienes nos apreciamos, las energías intangibles de quienes nos precedieron y que sembraron para que otros recojamos su legado.
martes, 6 de agosto de 2024
Veranos de los 80
En los veranos de 1980 las costumbres arraigadas en nuestros pueblos cobraban vida en cada esquina, y nos recuerdan la sencillez de una época en la que el tiempo parecía fluir con menos ruido. El aroma a hierba seca nos parecía más intenso a los que hoy peinamos canas, y hasta tenemos ahora la sensación de que el sol calentaba diferente.
La juventud de entonces encontraba su diversión en las verbenas de los pueblos, que iluminaban las primeras andanzas en libertad y los precoces amores ; algunos de ellos convertidos en eternos.
Pero no todo era fiesta y baile; también estaba la naturaleza generosa que rodeaba cada rincón de las aldeas. Ir a la hierba, recoger la cosecha de fréjoles, “andar a ablanes”… eran tareas obligadas, que formaban parte del pack de los días más largos en la tierra que nos vio crecer.
Los ríos, abundantes por nuestros valles, llamaban a sumergirse en sus aguas frescas. En ellos aprendimos a salir a flote sin cursos oficiales
En medio de la vorágine de la vida moderna, recordar aquellos veranos es como volver a un tiempo suspendido, en el que las canciones de las verbenas marcaban el ritmo de la noche. Sonaba aquello de “La de los ojos negros me tiene loco…”, alguien se dirigía a ti con un “¿Bailes?” y el corazón adolescente latía al unísono.
No, no es que el sol no alumbre igual ni que la música no siga moviendo los corazones, ni tan siquiera que nuestros ríos no sigan invitando a sumergirse en sus aguas. Es simplemente que las ausencias que van minando nuestras vidas impiden que nuestros veranos sean los mismos:
Será por todo ello que Benedetti escribió que “Otro sol no es tu sol, aunque te alumbre" o tal vez que cualquier tiempo pasado nos parece mejor porque, al fin y al cabo, intentamos filtrar los recuerdos amables, como un antídoto para la nostalgia.
lunes, 1 de julio de 2024
Con aroma a eternidad
Había sido un sueño, porque la persona con la que había firmado su historia de amor -haría cuarenta años ese mismo mes- se había ido para siempre aquel invierno.
El aroma del primer café; ese que tomaban juntos como una porción de felicidad diaria, avivó la magia. Y se dirigió al jardín con el pocillo humeante, para intentar fundirse con el rocío de las rosas, de aromas eternos.
A pesar de la ausencia, sintió una energía superpuesta en los pétalos de cada flor, y entendió definitivamente que los sueños y los recuerdos apuntalan los naufragios.
Su gran amor había cumplido el trato de reencontrarse, burlando el destino.
Por su parte, ella le había jurado verle en todo cuanto amó. Sonrieron cada cual desde su orilla. Siempre les quedaría su promesa y los senderos tantas veces recorridos en común, con el eco de un bolero (hoy he vuelto a pasar por aquel camino verde…); el olor a las flores del xaugu, a la hierba de julio recién cortada y a las sombras del verano al pie de las fuentes.















