martes, 2 de junio de 2026

El día que te ceden el asiento

Esas cosas que le cuentas a la niña que fuiste: "No, pero muy amable, muches gracies”. Era la segunda vez este año que me cedían el asiento en el autobús. En esta ocasión fue un chico con un aire a Can Yaman. Aunque me faltaban seis paradas para llegar a mi destino y la metatarsalgia que últimamente castiga mi extremidad derecha estaba en plena rebeldía, hubiese ido de pie veinte estaciones más, con un absurdo e inútil orgullo, pero dignidad al fin y al cabo. Porque cuesta asumir que a ojos de los jóvenes, nosotros en edad de ser sus padres o abuelos, ya no lo somos. Los sesenta no llegan de golpe. No hay un funcionario que aparezca en casa con una carpeta y que diga: “Ya pertenece usted al grupo de personas a las que le ceden el asiento en el transporte público”. No. Los sesenta llegan en pequeñas bofetadas de realidad. La primera suele ser óptica. Un día alejas el móvil para leer un mensaje. Al siguiente enciendes la linterna para mirar el menú de un restaurante. Después empiezas a hacer fotos a las etiquetas del supermercado para ampliar la imagen. Y aun así sigues pensando que estás estupendamente. Porque la mente va por libre. La mente sigue teniendo treinta y siete años, mientras el espejo, cuando hay demasiada luz, empieza a sugerirte conversaciones incómodas. Por eso evitamos la luz directa. No es coquetería; es estrategia militar. Luego aparecen las palabras nuevas: fascitis, artrosis, colesterol… Ahora las comentas con naturalidad mientras una persona coetánea te recomienda vitamina D para absorber el calcio, culpando el dolor en el dedo corazón a la ausencia de Sol en nuestra querida tierrina. Y, sin embargo, hay algo guapo en todo este naufragio. A cierta edad ya no necesitas impresionar demasiado a nadie. Aprendes a distinguir lo urgente de lo importante, y descubres que la juventud no era aquella piel tersa que tanto añoras, sino la maravillosa inconsciencia de creer que uno es joven mientras tenga ilusiones. Hasta que un chico con planta de actor se levanta en el bus para cederte el asiento y entiendes que el tiempo no se detiene y que ya pasaron muchos mayos desde la niña que fuiste.

martes, 31 de marzo de 2026

Soledad también es nombre de mujer

La soledad no es una sola: existe la elegida, necesaria de cuando en cuando. La soledad impuesta, que es la que más duele; hasta físicamente en algunos momentos. La soledad social, rodeados de gente pero desconectados. La soledad emocional, quizá la más silenciosa. Por último, quién no conoce a alguna Soledad, con este precioso nombre de mujer. En una sociedad hiperconectada, la llamada “soledad no deseada” se ha convertido en un problema público que España ha empezado a abordar con iniciativas como la Estrategia Estatal contra la Soledad No Deseada, impulsada por la Ministerio de Derechos Sociales. A nivel global, países como el Reino Unido crearon incluso un ministerio específico. En Asturias, destacan programas autonómicos y municipales que fomentan el acompañamiento y otras actividades sociales activas, para paliar el aislamiento involuntario. Por su parte, la cultura lleva siglos explorando este sentimiento. “La soledad es muy hermosa… cuando se tiene alguien a quien decírselo”, escribió Gustavo Adolfo Bécquer. En la música, resuenan cientos de temas, al tempo que el cine y la literatura la convierten en espejo social. Hablar de soledad hoy implica reconocerla sin estigma. No siempre se trata de eliminarla, sino de transformarla. Porque la soledad más dura no es estar solo, sino sentirse invisible. Curiosamente, Soledad es también un nombre propio de mujer. Simboliza recogimiento, introspección y fortaleza interior. Mujeres como la escritora Soledad Puértolas, la cantante Soledad Giménez, la política Soledad Murillo, primera fiscal de sala contra la violencia sobre la mujer, la ministra de la Transición, Soledad Becerril… han llevado este nombre con una fuerte presencia pública. Por nuestres caleyes, asimismo, hubo muchas Soledades, que encarnaron a la perfección aquel viejo tema: “Soledad, vive como otra cualquiera, en la aldea donde naciera, lava, cose, llora y ríe, ¡ay mi soledad…!” Mientras cierro esta columna, la noticia más comentada (junto a los diarios sonidos de los bombardeos de las malditas Guerras), es la conmovedora decisión de Noelia Castillo y su derecho a morir dignamente. Enlanzándola con el tema tratado, recordé la canción de Alfonsina y el mar: “…Un sendero solo de pena y silencio llegó hasta el agua profunda… Te vas Alfonsina con tu soledad…”

martes, 3 de febrero de 2026

Ellas hablan solas

"Pues sí que está hoy el día para ropa de primavera”, digo en voz alta, mientras por doquier se anuncian prendas en marrón café, verde lima o rojo tomate y, en paralelo, las noticias hablan de borrascas. Kristin se llama la que se avecina cuando escribo estas líneas. En tanto que ajusto el volumen de la radio, compruebo que no tengo ajo puerro para los garbanzos. “Los haré igualmente. Todo es prescindible”, trato de convencerme, sonriendo al darme cuenta de que cada vez tengo más diálogo en soledad. “¿Dónde había ese insulto no habría otra palabra más inteligente? ¡Qué mal asesorados andan!”, murmuro ante alguna salida de tono de quien nos representa en las altas instancias. “¡Pl
anazo!”, exclamo también con frecuencia, emulando a Giró, al escuchar ciertos deseos que se acrecientan en las antípodas de los avances sociales. Concluyo que esto de hablar sola debe de ser cosa del paso de los inviernos. Bien me lo decía mi madre: “Como te veo me vi, como me ves te verás”. A poco que contrastemos, comprobamos que el fenómeno es generalizado. Algunas amigas comentan que también notan el aumento de sus soliloquios. “Debemos de ser superdotadas, porque he leído que hablar solo es síntoma de inteligencia”, asegura Fina. “Pues yo voy para cum laude”, replica Marta, que confiesa aprovechar esos desdobles de personalidad para mandar por donde empiezan los cestos a quienes no se atreve a decírselo cara a cara. “¡Y lo bien que me quedo después!”, afirma. Antonio Machado decía que quien habla solo llegará un día a hablar con Dios. No sé a cuál se refería el autor de Campos de Castilla. “A uno de tantos, qué más da. Alguien con superpoderes tiene que haber para recompensarnos de tanta tragedia e injusticia”, me digo. A mí, lo que más me convence es la reencarnación: pensar que en otra vida fuiste alguien distinto o que tendrás la oportunidad de ser mejor. “Quién pudiera”, reflexiono al comprobar que tampoco tengo azafrán. Plan B: colorante. Mención aparte merece lo de inventarse letras a melodías conocidas o cantar para un público inexistente. Basta con que suene aquello de “cinco mil años y aún estoy por tus huesos, abrazado a tus huesos…” para que una se venga arriba. ¿A que ya la estáis cantando? Normal: los amores eternos también hablan solos.

viernes, 16 de enero de 2026

Te contaría

Próximos a cumplirse dos eneross sin ti -es increíble cómo uno va superando el paso de los días-, ajenos ellos a las ausencias personales e intrasferibles, pienso en lo que te contaría ahora, mientras me llegan recuerdos de instantes felices y flases de otros amargos. Te contaría que te recordamos cada día, que sigues siendo el amor de mi vida (eso que tal vez no te dije suficiente; tal vez nunca), y que estamos convencidos de que nos proteges desde ese lugar donde habitan los recuerdos y las huellas que nos han dejado quienes tanto nos quisieron. Aunque la nieve, que sigue cayendo de cuando en cuando ya nunca será la misma. Te contaría que, a simple vista, todo parece igual: los malotes de patio y sus secuaces siguen campando a sus anchas -a pequeña y gran escala-, porque ponerse al lado del fuerte -yo no digo que lo sean, pero sí que lo pareceb-, envalentona un montón a quienes, a nivel individual, son otra cosa. Y que el mundo está tan revuelto que, ante las noticias que nos llegan cada día (predominando el bulo que se alimenta de la ignorancia, las hipocresíad y el algoritmo), a buen seguro que tú harías zaping y seguirías sintonizando con aquellos reportajes de naturaleza que tanto te gustaban. Te contaría también que nos han ido dejando muchas personas -jóvenes y mayores-, porque el destino no pregunta ni respeta el turno. Te contaría que parece estar cada día más de moda la ausencia de empatía, el tener razón sin escuchar, el juzgar sin mirarse al espejo, la amistad egoísta -ahora me convienes, ahora no-, y la falta de lealtad. Por eso, el círculo de personas a las que llamar amigos se va reduciendo. Te contaría que te sorprendería cuánto me vale pensar en esa tu energía superpuesta en el realismo mágico de mis deseos, para ser algo más valiente y para solucionar "empresas" que se van presentando a diario. Incluso me hice un poquitín menos ingenua y, mira que me cuesta bajarme del guindo, pero recuerdo coversaciones contigo, pienso en lo que tú opinarías, me aconsejarías, en tu rapidez mental... y cambio el chip. Te contaría que ahora suelo mirarme al espejo medio a oscuras, porque me cuesta reconocerme en él y me asusta, te lo confieso, las huellas que veo del paso del tiempo codimentado por las tristeza, que trato de paliar con sonrisas por aquello de no convertirme en una amargada. Te contaría que sigo llevando a cabo pequeños proyectos que mantengan viva la ilusión y hasta, en ocasiones, canturreo por la casa, para que la luz no deje de entrar en ella. Te contaría que tu compañeru de batanes por praos y montes sigue echándote de menos como el primer día. Justo hoy te recordamos en todes eses ferramientes que quedadaron suspendidas en el tiempo; como recuerdos sagrados; que apenas nos atrevemos a cambiar de sitio, con la imposible idea que un día vuelvan a tus manos. Te contaría que ahora me da por leer libros como "El poder de las lágrimas", aunque ahora sea incapaz a derramar ni una. Vamos que "lloro pa dentro", como nos decía uno de tus hijos, que también son los míos. O escuchar canciones como "Te veré" o "Nos haces tanta falta". Te contaría que no abandoné mi pasión por la escritura, aunque te asombrarías de mis derroteros laborales. Pero esta válvula de escape con la que canalizo sentimientos propios y ajenos a través de hilar palabras, supongo que continuará mientras haya quien las haga también suyas. Te contaría... Y, no obstante, no poder contarte es lo que más duele. .

domingo, 11 de enero de 2026

El tamiz de la amistad

A medida que cumplimos años, nos hacemos más selectivos a la hora de enumerar los amigos, al igual que el resto de nuestras prioridades. A diferencia de la familia, la amistad es un pacto libre entre dos personas que puede retirarse en cualquier momento. La reciprocidad es uno de los ingredientes imprescindibles de la camaradería, puesto que la amistad no es simétrica al milímetro, pero sí equilibra. Si siempre das o siempre recibes, no funciona. Poder mostrar tu vulnerabilidad sin temor a que se use contra ti, sería otro de los pilares de la hermandad. Qué decir del tiempo y la constancia: la amistad se verifica en la duración; quien solo aparece en los buenos momentos no es un amigo. Por último, tendríamos que hablar de la libertad, porque un amigo no te encadena. Asimismo, su calidad se mide en la calma que produce. Tras ver a un verdadero amigo, sientes claridad, no confusión; impulso, no desgaste. Puedes discutir sin romper nada, porque el vínculo es más grande que el desacuerdo. Y, sobre todo, un amigo verdadero te hace mejor persona sin proponérselo. Cicerón, decía que un amigo es “otro yo”: alguien que desea tu bien sin interés propio. Borges veía al amigo como la patria íntima del individuo: “La amistad no necesita frecuencia; el amor sí”. Probablemente “Amigo”, de Roberto Carlos sea una de las canciones que mejor define la gratitud profunda hacia esos compañeros de vida que permanecen, incluso en la distancia o en la ausencia definitiva. De lo único que yo presumo es de tener buenos amigos, lo que se reafirma en esta mini tesis de la amistad. ¡Qué suerte la mía…!, como dice la canción. Recientemente, por eso de que “estes nueves tecnologíes, leénte hasta el pensamientu”, me apareció por las redes sociales un texto que decía: “Quédate con quien sepa herirte y nunca lo haga”, y también me lo apropié para mi reflexión sobre el tema, junto con un dicho de nuestro “Refraneru coyán”: “Nun ye tu amigu quien nun comió un sacu de sal contigo” Que tengáis un buen año y que no os falten los buenos amigos. Imagen: Cuadro de La Amistad, de Cristina Blanch.

martes, 2 de diciembre de 2025

Cuando Dulia frañía ablanes

En las fechas cercanas a la Navidad, Dulia se ponía a frañir ablanes pa facer les casadielles. Sin relojes ni calendarios, con mirar al cielo sabía que eran las siete de la mañana, y que faltaban tres semanas para que llegara la Noche de juntarse toda la familia. Por lo demás, entre golpe y golpe, meditaba sobre lo poco convencida que estaba respecto a que una mujer hubiese parido al hijo Dios, porque su experiencia le decía que los milagros escondían casi siempre trampa.   Además, Antón, con quien compartía xergón de fueya alguna madrugada, le había explicado que en Belén ni siquiera nevaba. El amigo erudito había sido su verdadero amor; ese del que nunca se percataron las malas lenguas, las mismas que murmuraban a sus espaldas que bañarse en la Plana de Sabina en enagua, conversar con amigos hasta la madrugada o beberse un vasín de anís en el chigre, no era propio de una mujer decente. Aquellas opiniones a la lavandera, que tenía las yemas de los dedos gastadas de tanto frotar en las piedras de la Riega de Limueria por míseros salarios, le importaban más bien poco. Aún así, entre incredulidades e incoherencias, Dulia admitía que era guapo lo del Nacimiento cubierto de escarcha, y con un nenu de protagonista, que haría a todos los seres humanos iguales. Ella, cuyas hábiles manos sí que eran capaces de convertir el agua en vino, hacía su propia decoración de la liturgia con “paya y panoyes". Era la única tía soltera de una gran familia, y se empeñaban en reunirse en su humilde casa porque decían que olía a "Navidá". Tal vez el motivo del preciado aroma fuese que su chimenea jamás se apagaba en invierno, que cocinaba tan lento como exquisito o porque contaba las historias más mágicas. En su leyenda quedó grabado el atractivo de su risa espantadora de penas, y su compañía seductora. Enfín, fácil de imaginar a Obdulia Iglesias entre esa clase de personas que te abrazan y te reinician (haciendo uso del actual lenguaje). Por eso, todos reservaban tayuela alrededor de su fuego.

martes, 4 de noviembre de 2025

La bata de percal

“Las batas de las abuelas toman la pasarela en un homenaje a la tradición. En tiempos de prisa e individualismo, Miuccia Prada ha querido lanzar un claro mensaje en apoyo a la vida lenta y de comunidad…”. Justo la mañana en la que la me dispuse a reeditar mi columna sobre algo que escribí hace un tiempo sobre este tema, me entero de la muerte de Irene, amiga de mi madre desde la infancia( también con historias comunes de batas de percal. Desde más de nueve décadas compartieron todas las pasarelas de su vida. La última las pilló paseando por los caminos de Soto de Agues, “cada cual con so igual”, decían, mientras apañaban castañes o ablanes por alguna orilla, cuando no paliquinos secos p’atizar. “Tamos acostumbraes desde nenes a nun venir pa casa con les manes vacíes y nun lo podemos remediar”, nos decían cuando las regañábamos, porque podían hacerse daño en esas recogidas. En los recientes veranos solían encontrarse sentadas en algún banquín de la aldea, saboreando el helado al que Héctor les invitaba. Fue escuchándolas en una de sus conversaciones, cuando anoté la historia de Benjamina y su bata de percal. “Aquella muyer estuvo unos años en Soto porque el su hombre trabayaba en les obres de la Fontona”. Y así fue cómo me enteré de que Benjamina apenas tendría veinte años y una sola bata de flores para vestirse durante todo el año. Por  la semana la ponía por el revés y los domingos "al dereches". Cuando ya estaba muy sucia, esperaba a que cayese la noche. Se ponía encima algún trapo que la tapase, y se dirigía a la fuente a lavar su gastado vestido. “¡Qué probes éramos d’aquella”, exclamaban. “Yo recuérdola con una potina colorá, y un alambre amarrau pa que nun se basculase el caldu, llevando-i la comida al su hombre”, explica una de las que por entonces era nena. Finalizo estas líneas pensando en que Irene -lo primero que fago na más abrir el periódicu ye leer lo que escribiste, me decía-, ya no verá estas líneas. No obstante, al igual que tantas personas que ya no están, seguirá formando parte de nuestra memoria, como las eternas batas de percal.

miércoles, 1 de octubre de 2025

En sus zapatos

Mientras espero el transporte para iniciar la ruta escolar, voy apagando interruptores de mi historia personal. El trayecto que iniciaremos en breve al colegio de Educación Especial requiere de toda nuestra atención. Trabajar con personas con discapacidad es una experiencia que te cambia muchas percepciones. Cuando eres su responsable en el microuniverso diario del viaje, descubres un mundo distinto, donde las cosas importantes se revelan con una claridad desarmante. Cuando el día se presenta incierto, mezclado aún con los sueños rotos de la noche, y los frentes abiertos rondando por doquier, basta con verte obligada a sacar todo un repertorio de canciones infantiles, un cuento, un gesto de consuelo…. para que todo cambie. Sus diferentes formas de mostrar las emociones, convierten el autobús en un espacio en el que tus miedos y preocupaciones se disuelven en esas otras intrahistorias de personas que escriben en renglones diferentes, que comienzas a hacer un poco tuyos cada día. Por su parte, ellos te aceptan como eres, demandando solo los cuidados y la empatía necesarios para confiar. No te juzgan. Captan tu energía y responden con una sinceridad difícil de encontrar en otras cotidianidades. En su mirada descubres una forma de amar sin condiciones, de relacionarse desde la esencia. Esta experiencia también abre los ojos a otra realidad: la necesidad de avanzar en un sistema sólido que les proteja y acompañe. Las familias y los cuidadores cargan sobre sus hombros una responsabilidad enorme, que entiendes mejor cuando calzas sus zapatos, compartiendo tiempo de su calendario escolar. Aunque se va avanzando en este terreno, conviene no desviar el foco de la necesidad de seguir garantizando recursos, apoyos y políticas que faciliten sus vidas. Hablar de integración no basta; hay que seguir ofreciendo soluciones adecuándose a cada realidad. Aquí llega Covi. Nada más verte, te dice “te quiero”. Tal vez no comprenda la magnitud de esa palabra, pero tú sí lo haces. Y al escucharla, tienes la certeza de que ese instante vale más que cualquier reconocimiento, mucho más que cualquier éxito material. Porque con ellos aprendes que lo esencial no se encuentra en las apariencias. Podría decir que vuelvo a la escuela, porque aprendo de lunes a viernes increíbles lecciones de vida, que hacen algo más pequeños mis naufragios personales.

lunes, 30 de junio de 2025

Mil oficios

Le comentaba a Aitana Castaño, a la que me unen la vocación periodística y el amor por la escritura (ella con más más fortuna en ambas materias), que este verano iba a trabajar de camarera. Lejos de sorprenderse, me animó encarecidamente. “Te gustará el trabajo. Yo lo experimenté en el restaurante de mis padres. Conocerás mucha gente, y con ello otra faceta del ser humano, para lo bueno y para lo malo. “Después escribes un libro”, me decía. Me alentaron sus palabras, antes de adentrarme en una tarea que no había realizado jamás, y en la que tenía serias dudas de poder rendir. A fecha de hoy, os confieso que me parece que llevo toda la vida en esta faena y se me pasan las horas sin tiempo a pensar; algo que necesito sobre manera. Durante el curso, tras mandar el currículum a un montón de empresas, me llamaron para dar sustituciones en una de transporte escolar. La mayoría de ellas las hice en el colegio de Educación Especial, de Latores. Qué diferente se ve todo cuando entras en ese mundo. Y cómo entiendes las reivindicaciones de las familias para que se amplíen los recursos con el fin de cubrir todas sus necesidades. Otro libro para escribir, aunque primero tendría que finalizar el de “La vida sin ti”. Por lo demás, hace unos días, me preguntaron en una oficina: “¿Profesión?”. A lo que contesté: “sin determinar”, tomando prestada la expresión de Sara, la madre de Susana, mi amiga y coautora de “Madres In-perfectas”. Aparte, sigo con mis compromisos en la concejalía coyana de Derechos Sociales e Igualdad, tratando de sacar adelante pequeños proyectos relacionados con mi cometido que, al menos, hagan la vida un poco mejor a los vecinos y vecinas. Ya veis, ocupo mi tiempo con mil oficios (aunque hay vacíos y momentos que no se pueden llenar ni con todas las quehaceres del mundo), mientras recuerdo una expresión de mi madre: “A cualquier cosa que se faga, hay que ponéi entusiasmu”. Feliz verano. Os esperamos a la orilla del río, en la Piscifactoría Molino del Alba, donde mejor se fríen les truches, según muchas opiniones.

lunes, 9 de junio de 2025

El arte de escuchar

«En el futuro habrá, posiblemente, una profesión que se llamará oyente... Acudiremos al oyente porque, a parte de él, apenas quedará nadie más que nos escuche. Hoy perdemos cada vez más la capacidad de escuchar... Escuchar es un prestar, un dar, un don. Es lo único que le ayuda al otro a hablar.» ("La expulsión de lo distinto"). Esto es lo que dice el filósofo y ensayista alemán, Byung-Chul Han, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025. Por otra parte, el arte de escuchar, se refiere a la práctica de prestar atención total a lo que dice otra persona, mostrando interés y empatía, sin interrumpir ni juzgar. Es un proceso que involucra tanto oír las palabras como comprender la intención y el significado detrás de ellas. Simone Weil, escribió al respecto que “escuchar a alguien es ponerse en su lugar. Es una atención intensa, pura, desinteresada, gratuita, generosa…” Rosa caminaba un día en soledad y se topó con una pareja de ancianos que le preguntaron por una dirección. Tras darles las explicaciones, y después de pasear unos metros a su lado, se encontró contándoles sus más profundas angustias vitales. Incluso lloró sin pudor, derramando lágrimas atrasadas. Ellos Fueron sus desconocidos oyentes, unas personas que tal vez jamás volvería a ver y, sin embargo, su lenguaje corporal, con su actitud serena, sus rostros bondadosos, su caminar tranquilo… Enfín, un cúmulo de percepciones, le dio pie para confesarles sus íntimos sentimientos. Pensaba, tiempo después, que no conseguía saber cual fue la tecla que la impulsó a tal derroche de confianza con unos auténticos desconocidos, en aquel momento de un atardecer de mayo, en una acera de una gran ciudad. Además de la actitud confiable de sus interlocutores, tal vez tuvo mucho que ver el hecho de que no sabían nada de su intrahistoria, de que fueron meros observadores de sus lamentos desde la objetividad del desconocimiento mutuo. Sin posibilidad de juicios, porque solo vieron en ella a una mujer que necesitaba que alguien la oyera en ese instante puntual. Asimismo, quién no conoce a personas que, sin preguntarnos apenas, nos invitan a contarles, a sabiendas que no utilizarán nuestras confesiones para herirte después. Que te atienden para comprender, no para contestar. Que solo están ahí para sostener. Todos podemos ser los oyentes de alguien. Solo hace falta escuchar sin juzgar.

miércoles, 30 de abril de 2025

Guerreras del entusiasmo

Nos hablaba el profesor Luis Alfonso Iglesias, en la presentación de su libro “El arte de educar”, de las personas guerreras del entusiasmo. Una expresión que anoté pensando en esta columna, porque comparto esa visión de la existencia. Amanece mientras escucho la radio, con noticias poco alentadoras, e intento coger energía con el primer café de la mañana, a la vez que me obligo a iniciar la jornada enfrentándome al desánimo personal y global. Reflexiono sobre las personas (que haberlas las hay y las hubo) que hacen el mundo más amable y humano. Pienso que en una sociedad cada vez más cínica, se necesitan hombres y mujeres con entusiasmo y bondad. Dos virtudes éstas que suelen tacharse de ingenuas, pero que son, en realidad, formas poderosas de resistencia. El entusiasmo es esa fuerza interior que nos impulsa a actuar con alegría, a implicarnos con pasión y a mirar la vida con resiliencia. La bondad, por su parte, es la elección consciente de hacer el bien, de cuidar a los demás, de ofrecer lo mejor de uno. Ambas cualidades están profundamente ligadas: quien actúa con entusiasmo suele hacerlo también desde la bondad, y viceversa. El entusiasmo da sentido, alimenta la creatividad y fortalece la voluntad. La bondad, en cambio, humaniza, construye vínculos y abre espacios seguros en medio del caos. Las personas entusiastas tienen una luz propia: no necesitan tener todas las respuestas, pero contagian ganas de buscar. Se equivocan, dudan, tropiezan… pero se levantan con una sonrisa porque creen en lo que hacen. ¿Ser bueno es de valientes? Sin duda. La bondad exige coraje, porque implica mostrarse vulnerable, ir contra corriente, negarse a actuar desde el egoísmo o el miedo. En una sociedad que desprecia el entusiasmo tachándolo de ingenuidad, y que ridiculiza la bondad como debilidad, ser bueno y entusiasta es casi un acto revolucionario. Se necesitan más guerreras y guerreros del entusiasmo. Personas que digan “sí” cuando todo invita al “me da igual”. El entusiasmo y la bondad no son cualidades menores. Son intangibles que sirven de ancla para que el género humano no se vuelva un robot sin alma, valga la redundancia.

martes, 1 de abril de 2025

Les xanes del llavaeru

Escribe Pertierra: “He querido hablar de la sensación de que lo que sucede en la infancia siempre es verdad, los niños solo se ocupan de lo importante...” Inmersa ya en el tiempo en que palpas la realidad del edadismo, y en el que la nostalgia se apodera irremediablemente de tu día a día, cualquier detalle te lleva al realismo mágico de los recuerdos, a lo que soñaste y a lo que fue quedando en el camino. Un día de éstos, mientras recogía agua en la fuente de lavar de Soto, pasaron por mis pensamientos unos años en los que el "llavaeru" se llenaba de mujeres. En la parte reservada para la ropa más sucia, dos de ellas hablaban bajito sobre un drama familiar. ¡Chsss, que hay ropa tendía!, decían mirándo de reojo a la más pequeña de la escena que, de cuando en cuando, también entretenían con algún cuentín. Creí ver en la escena a aquella nena roxina, a la que su madre le cedía prendas para que fuera aprendiendo a enjabonar. A la mayoría de las congéneres, las esperaba la costumbre o el consuelo del vino blanco calentao con azúcar, que tomaban cuando llegaban a casa con les manes engarabellíes y con la humedad en el alma y en el cuerpo. Encima de la tabla del escañu, esperaban las  páginas escolares de cuentas y caligrafía. Rara vez no recibían algún manchón de la jarra de leche recién catá o del trozo de manzana asada que el abuelo siempre tomaba de postre para la cena. Acababan de empezar con las multiplicaciones, pero ella prefería el cuaderno de las palabras. Al oscurecer, comenzaban a llegar los aromas a ajo respiñao. Era la antesala de sus horas favoritas, cuando las estancias principales de la casa ya estaban calentines, y el frío que se adivinaba fuera invitaba a reunirse en torno a la mesa, y escuchar conversaciones de sus mayores; plagadas de vivencias antiguas, que fue archivando en su memoria. La fuerza de la nostalgia la llevó a pensar si les xanes de las que le hablaban aquellas mujeres de antaño, no serían ellas mismas, regresando un día en forma de agua.

miércoles, 5 de febrero de 2025

Desde que os habéis marchado

"Lo llargu que se me faz un día y lo curtiu que se me faz un añu”, decía una vecina coyana. Inmersos ya en el devenir del nuevo año, pienso en ese dicho y en los vacíos que deja la gente que se va. Nada de particular eso de la muerte, “ye un camín que tenemos que andar tós”, comentaba otra lugareña, que concebía los avatares de la vida como algo natural, y tal vez recurriera a esa frase sin anestesia, como escudo para el dolor. Hago recuento de las personas que nos han dejado en el ya viejo 2024. Demasiadas ausencias en poco espacio de tiempo. En un concejo pequeño, como es el nuestro de Sobrescobio, cada falta se magnifica. A veces pienso en qué les contaríamos si nos encontrásemos de nuevo con esas personas que se fueron para siempre. Fantaseo con la imposible idea de topármelos en cualquier lugar y poder hablarles. Cuando la certeza del nunca más te produce un ahogo casi físico, ese imposible me produce consuelo. “Un recurso como cualquier otro para superar los momentos de desespero”, que diría mi terapeuta (si la tuviera). ¿Qué te contaría si volvieses? En el mundo siguen las guerras, las catástrofes, los sacrificios sociales a cambio de no se entiende muy bien qué, algún que otro progreso en beneficio de la humanidad, que se ve menguado con el avance del materialismo y de la supremacía de los poderosos. La inteligencia artificial es protagonista estos días, en que los avances tecnológicos producen tanto vértigo como los retrocesos en los derechos humanos. En las noticas cercanas, les hablaríamos de cómo sigue todo lo que amaron, les expresaríamos tantas cosas que quedaron por decir… Les contaríamos que lo que queremos ahora, después de su marcha, coincide con los deseos de Ángeles Caso: “Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno… Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado… Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí…” Sabed que ese puñaín de personas os seguirá recordando y, de alguna extraña manera, contando la vida.

jueves, 2 de enero de 2025

De Sobrescobio a Tapia

Me envían un vídeo viral de Jesús, subido por su nieta Olaya, nacida digital. Jesús Loza es el padre de una de mis buenas amigas. El mensaje que transmite el joven nonagenario es tan tierno como profundo. Noventa y seis inviernos tiene este vecino del municipio tapiego, un lugar alejado de nuestras montañas coyanas, que el aleteo de las mariposas me llevó a conocer. Estoy convencida de que las personas que te tiene el destino preparadas para que aporten cosas buenas a tu vida, las topas tarde o temprano a lo largo del camino. En la actualidad, que vivo un tiempo raro, me voy algún fin de semana a visitar su playa, donde también allí “sentadita junto al mar…” espero, de algún modo, divisar a mi capitán, como dice la canción. Pero toca hablar de Jesús, el hombre de risa fácil, porte de gran señor (coqueto aún, con sus americanas y sus jerséis de cuello alto) y sus cientos de historias vividas, que disfruta contar a cuantos estén dispuestos a escucharlas en la gran mesa de su cocina. Jesús era campesino de profesión, pero el amor por la lectura le convirtió en todo un intelectual. Él y su mujer, Fina, tuvieron dos hijas “listes como un rayu”, que decimos por aquí. Se dedican a la enseñanza. Doy fe que los niños y los adolescentes a los que educan, no pueden estar en mejores manos. Y también presiento que su padre está muy orgulloso de ellas, aunque los padres no acostumbramos a reconocer eso abiertamente, pero “lo que tá a la vista nun necesita candil”. ¡Tan diferentes a nuestros minifundios aquellas fincas extensas!, próximas a tierras gallegas, donde Jesús y su familia tanto trabajó, y donde, a diferencia de la zona suroriental, comen las ramas de los nabos, mientras nosotros cocinamos la parte de ese tubérculo que está bajo tierra, por mencionar alguna diferencia. Sin embargo, ese lugar con aroma a maresía, me regresa en muchas de sus reminiscencias a mis gentes ausentes, trabajadores del campo y amantes de la siembra. Qué decir de su forma de hablar. Ni en sueños pensé que un día dominaría palabras de la fala. Asimismo que a ellos se les pegó algún “¡si ho!”de nuestra cuenca minera. Todo esto para llegar a la conclusión de que las redes sociales, con tantos males colaterales, sirven además para cosas buenas, tales como mostrar al mundo una persona que llegó al corazón de miles de personas, entre ellas muchos jóvenes , que están viendo en el vecino de Serantes a un referente, por su sabiduría, su bondad y el optimismo que transmite, a pesar de que ha transitado por tiempos duros; que él suaviza al narrar, porque como escribió García Márquez: “La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado”. Y desdramatizar el presente, añadiría yo, con el permiso de Gabo; otro gran hombre, como Jesús, quien poco sabe de algoritmos, pero sí mucho de la vida.

martes, 3 de diciembre de 2024

Navidá sin soledá

Hace nada -el tiempu pasa como una rescamplía, decimos por aquí- que celebrábamos la pasada Navidá coyana, y ya estamos planificando de nuevo les fiestes de advientu, con sus consiguientes actividades municipales. No faltará este mes de diciembre la ya tradicional entrega en las bibliotecas del concejo de “Una bola de Navidá pol envíu d’una postal”, una iniciativa que ya va por su cuarta edición, con la que se pretende retomar el envío de postales manuscritas. El proyecto se engloba este año en La Soledad No Deseada, dado que este plan cuenta con una gran participación vecinal e Intergeneracional. ”Encontrate en el buzón o debajo de la puerta una carta personal, con mensaje, dirección y remite, escrito a mano, causa una ilusión especial, sobre tó actualmente, que casi ya nun tienes quien te escriba”, me comentaba una vecina, mientras me enseñaba viejas felicitaciones, con portalinos de piedra, paisajes nevaos, lavanderes, pastores, chimenees encendíes, bolines de carrascu… y todas esas cosas que siguen siendo eternas por estas fechas, como los aromas a guisos tradicionales o a dulces caseros, que continúan llenando el aire por nuestres quintanes, a pesar de la modernidad. Ella las guarda como un tesoro, en una caja de latón, y de vez en cuando las mira y suspira evocando otras épocas, si no mejores, sí con personas que añora. La postal que las personas censadas en Sobrescobio tienen a su disposición para participar en el intercambio es, como también viene siendo habitual, la ganadora del concurso de tarjetas navideñas, en el que participan los escolares de la escuela de Rioseco. Tampoco faltarán para esta Navidad en Sobrescobio las actividades infantiles: cine, teatro, talleres, concursos… que se distribuirán por las diferentes localidades del concejo, así como otras para todos los públicos. Recordaremos y echaremos de menos a tantos vecinos y vecinas como nos van dejando. Me gusta imaginar que estarán celebrando las cosas buenas que nos pasen en algunas de esas estrellas que siempre alumbran más que el resto. Por otra parte, en este tiempo de obsequios por excelencia, sigamos arropándonos; ese será el mejor de los regalos que podemos hacernos entre semejantes. ¡Buena Navidá!

sábado, 2 de noviembre de 2024

Rosa

La mayor de 12 hermanos, nacidos en el caserón coyán de de El Infiestu, cumplió noventa octubres. Su familia y un puñado de amigos celebramos con ella esa fecha mágica, que fue una fiesta de cariño hacia una mujer que representa la bondad en todas sus dimensiones. Conozco a Rosa desde donde mis recuerdos alcanzan. Todos los veranos volvía de Madrid la gran familia. El Infiestu se transformaba en un bullicio infantil, al que me unía embelesada por aquel ambiente alegre que se congregaba en el escañu de la antojana. “Hola bonita”, saludaba con su voz dulce, cuando me veía aparecer con alguno de sus cuatro hijos, a la postre todos buenos amigos de aquella nena del pueblu, que no concebía los agostos sin la presencia de aquel revuelo mágico. Años más tarde, me fui a estudiar a la capital. Mi primera “posada” fue en casa de los Royán Pereira, donde me quedaría unos días. Pero ese tiempo se tornó algo más largo. ”Quédate con nosotros”, me dijo Rosa, con su sonrisa amplia. Y allí me quedé cinco años. Recuerdo nítidamente la primera noche en el barrio de Chamberí. Había pizza y morcillita de Burgos para cenar. De las notas de la guitarra juvenil salía una canción de Aute -Fue en ese cine ¿te acuerdas?- y pensé que en aquella casa nada malo me podía pasar. La matriarca fue una segunda madre para mí, y con ella aprendí el arte de intentar hacer más fácil la vida a los demás. Devoradora de libros, frecuenta la biblioteca de Soto de Agues, que lleva el nombre de su tío, el Padre Juan Prado. Le encanta sentarse, rodeada de plantas, en la mecedora de la portalá, que guarda tantas vidas superpuestas. La portada de mi librín -Desde mi aldea global- lleva su foto, al lado de mi madre, con la que compartió cientos de anécdotas, por los caminos que las vieron crecer. Cómo te hacen sentir las personas nunca se olvida. Con estas líneas, quiero que ella sepa que mi gratitud es proporcional a todas las cosas buenas que esta gran mujer me hace y me hizo sentir. ¡Felicidades bonita!

martes, 1 de octubre de 2024

Bárbara



Bárbara era pequeñina y menuda. Conservó hasta el final una  gran vitalidad y sus ademanes de mujer fuerte, como su nombre.

Campesina de profesión, mi madre era asimismo una gran lectora, de memoria envidiable.

Siempre decía que "les coses nun tienen más importancia que las que se yos quiera dar", y así fue neutralizando sus naufragios.

Buena refranera, me enseñó cientos de dichos populares. Uno de sus preferidos era aquel que dice que "pucu y en paz munchu se me faz". Y solía rematar las esporádicas rencillas con: “el más llistu que calle el primeru".

Cuando era joven, le gustaba el teatro. Nunca se le olvidaron los diálogos de los papeles en su paso por una compañía coyana.  Por ella supe de “Los amores de Ximielga” y del “Pleitín de aldea”.

También le gustaban los animales; sus preferidos eran  los gatos y las gallinas, y 

fue feliz a su manera, sembrando por los güertos y recogiendo castañes cuando soplaban los vientos cálidos del otoño por la aldea donde nació y vivió siempre.

Aunque de mente abierta -pocas tendencias o ideas la escandalizaba-, tenía algunas costumbres ancladas, como la de ir a misa los festivos. Se ponía sobre los hombros la chaqueta de domingo, coloreaba con un poco de carmín sus labios finos como única licencia de coquetería , se calzaba los zapatos o les madreñes (según el tiempo) y se dirigía a la iglesia de San Andrés, donde aprendió a rezar, a cantar y tal vez a llorar.

Me daba especial ternura cuando me topaba con aquellas pastillas de jabón Heno de Pravia entre su ropa, o con unos guantes blancos de algodón para no sacar carreras a las medias, que muy pocas veces usaba. Andaba “en piernes” hasta con les mayores xelaes.

Sabía tantas historias pasadas que procuré anotarlas para que no se olviden. “Apunta si quieres que yo nun voy a durar siempre”, me decía.

Se nos antojaba eterna, pero se nos fue una madrugada de septiembre. Los  últimos meses, en los que su salud flaqueó, estuvo rodeada de todas las atenciones de sus vecinos y su familia. “¡Qué buenos sois conmigo”, decía. “Por algo será”, le replicaban.

viernes, 6 de septiembre de 2024

La mio quintana

 La mio Quintana

Berta Suárez

La mio quintana de Soto tiene la esencia de los caminos eternos. Guarda en sus entrañas consejos sabios, refranes antiguos, días alegres, horas inciertas, pesares viejos y vivencias entrañables. 

Es el trecho que recorremos a diario, por el que andan, anduvieron y andarán, las personas que amamos; y eso le concede un plus de sentimientos, cual hilo irrompible. Como los zapatos gastados y los buenos amigos, no será sendero perfecto, pero es donde nos encontramos más cómodos.

Mi quintana  coyana está hecha de recuerdos y olvidos, de historíes grandes y pequeñinas, de pasos incansables, de platos que van y vienen, de días de sol, de tardes de orbayu, de noches de lluvia, de amaneceres de nieve  y de mañanas de viento. También viven en ella lágrimas y risas, sueños frustrados e ilusiones cumplidas; encuentros y despedidas…

Los afanes no son los mismos a medida que suman los días. Pero hay un ambiente que se percibe a través de sus puertas  abiertas, que invita a confiar y a reafirmarte en cuánto necesitamos a nuestros semejantes.

Sobre todo, por este lugar, arropado por montañas perpetuas, se respira solidaridad vecinal, que se enlaza con la de otros barrios de la aldea  y que da sentido a los días tristes o alegres, que haberlos haylos para todos los gustos.

Por eso, en este tiempo de pérdidas personales por nuestra quintana, cuando me pregunto con más frecuencia que nunca por el sentido de la vida, recuerdo una reflexión de Virginia Woolf: “A eso se reducía todo: a una pregunta muy sencilla, que se iba volviendo más acuciante con el paso de los años. La gran revelación no se había producido. Tal vez no llegara a producirse nunca. En cambio, había pequeños milagros cotidianos, iluminaciones, fósforos que se encendían inesperadamente en la oscuridad".  

Eso es para mí el recorrido; el milagro cotidiano de las manos amigas que te agarran cuando el vértigo acecha, la ternura de las personas sencillas que lo transitan, el cuidado de quienes nos apreciamos, las energías intangibles de quienes nos precedieron y que sembraron para que otros recojamos su legado.

martes, 6 de agosto de 2024

Veranos de los 80

En los veranos de 1980 las costumbres arraigadas en nuestros pueblos cobraban vida en cada esquina, y nos recuerdan la sencillez de una época en la que el tiempo parecía fluir con menos ruido. El aroma a hierba seca nos parecía más intenso a los que hoy peinamos canas, y hasta tenemos ahora la sensación de que el sol calentaba diferente.

La juventud de entonces encontraba su diversión en las verbenas de los pueblos, que iluminaban las primeras andanzas en libertad y los precoces amores ; algunos de ellos convertidos en eternos.

Pero no todo era fiesta y baile; también estaba la naturaleza generosa que rodeaba cada rincón de las aldeas. Ir a la hierba, recoger la cosecha de fréjoles, “andar a ablanes”… eran tareas obligadas, que formaban parte del pack de los días más largos en la tierra que nos vio crecer.

Los ríos, abundantes  por nuestros valles, llamaban a sumergirse en sus aguas frescas. En ellos aprendimos a salir a flote sin cursos oficiales

En medio de la vorágine de la vida moderna, recordar aquellos veranos es como volver a un tiempo suspendido, en el que las canciones de las verbenas marcaban el ritmo de la noche. Sonaba aquello de “La de los ojos negros me tiene loco…”, alguien se dirigía a ti con un “¿Bailes?” y el corazón adolescente latía al unísono.

No, no es que el sol no alumbre igual ni que la música no siga moviendo los corazones, ni tan siquiera que nuestros ríos no sigan invitando a sumergirse en sus aguas. Es simplemente que las ausencias que van minando nuestras vidas impiden que nuestros veranos sean los mismos:

Será por todo ello que Benedetti escribió que “Otro sol no es tu sol, aunque te alumbre" o tal vez que cualquier tiempo pasado nos parece mejor porque, al fin y al cabo, intentamos filtrar los recuerdos amables, como un antídoto para la nostalgia.

lunes, 1 de julio de 2024

Con aroma a eternidad

Seguramente siempre le había sonreído así, pero aquel día su expresión le pareció más dulce y su abrazo se le antojó único. Segundos antes, la doctora le había dicho que tenía una sorpresa. Se abrió la puerta que comunicaba con el despacho contiguo y apareció él, sin rastro de dolor en su rostro. Llevaba puesta la camiseta azul que tan bien resaltaba sus rizos azabache, inmunes a los descalabros de la enfermedad.


Había sido un sueño, porque la persona con la que había firmado su historia de amor -haría cuarenta años ese mismo mes- se había ido para siempre aquel invierno.


El aroma del primer café; ese que tomaban juntos como una porción de felicidad diaria, avivó la magia. Y se dirigió al jardín con el pocillo humeante, para intentar fundirse con el rocío de las rosas, de aromas eternos.


 A pesar de la ausencia, sintió una energía superpuesta en los pétalos de cada flor, y entendió definitivamente que los sueños y los recuerdos apuntalan los naufragios.

Su gran amor había cumplido el trato de reencontrarse, burlando el destino.

Por su parte, ella le había jurado verle en todo cuanto amó. Sonrieron cada cual desde su orilla. Siempre les quedaría su promesa y  los senderos tantas veces recorridos en común, con el eco de un bolero (hoy he vuelto a pasar por aquel camino verde…); el olor a las flores del xaugu, a la hierba de julio recién cortada y a las sombras del verano al pie de las fuentes.