Esas pequeñas cosas...

domingo, 18 de febrero de 2018

Vanidades

De la vanidad, la soberbia y la estupidez humana sabía un cuentu Xuacu, un paisano de por aquí. Fue a raíz de una experiencia vivida con quien habla sido su compañero de trabajo en la mina, y que posteriormente se fue del pueblo para dedicarse a otra profesión. Cuando regresó Colás unas vacaciones, el amigo que seguía con el lagrimal del ojo pintado de carbón fue a saludarlo con un cordial: "¿Qué tal Colás?". Ante lo que el recién llegado le respondió, mirándolo despectivamente: "Colás ya no es Colás. Compárame con un árbol al que un ebanista convierte en un mueble de lujo. Yo soy ahora ese mueble". Acto seguido, Xuacu, se ajustó incrédulo la boina, dio una paciente calada al cigarrillo que había liado y le contestó sin prisa: "Siempre fuisti tontu, pero ahora yes-lo más. Estáte tranquilu, que yo con un mueble nun vuelvo a hablar en la puta vida". Esto sucedió hace muchos años, pero la soberbia y la estupidez siguen su curso. (Puesto que lo que importa es la anécdota y el "delito" ya prescribió hace más de 70 Cuaresmas, en este caso los nombres son ficticios). Por lo demás, ahora toca el deshielo, y las aguas del Alba también siguen su curso, bajando bravas... Buen domingo

sábado, 17 de febrero de 2018

Encarnina

Cuando tienes pocos años, aunque también sucede a veces de adulto, te entra la risa en el momento menos oportuno o en el instante más solemne; fundamentalmente si la prohibición de reír en ese espacio o circunstancia es Palabra de Dios. Por eso, solamente una vez no nos causó ganas de reír -que mal lo pasábamos aguantándonos la carcajada como podíamos, esperando a que la primera en recibir la bronca del cura fuese otra de las compañeras de bancada-,  la voz potente y destacada de Encarna en la iglesia.El día que no nos salió la mueca de la cara fue el domingo, por nuestra adolescencia en la  década de los ochenta, en el que esa mujer se despidió para siempre de sus santos, vírgenes y demás iconos de San Andrés, a los que había rezado con sus cánticos desde que tuvo memoria. Partiría al otro lado del Atlántico, a pasar los últimos años en compañía de su familia, que habían emigrado a Buenos Aires.Nos dio pena -a pesar de que estábamos en una edad que todavía no daba para muchas nostalgias-, que Encarnina ya no volviese a ser la alegría de nuestros días de fiesta en la iglesia de San Andrés: "Adiós oh madre mía, adiós, adiós...", y se nos saltaron las lágrimas y se nos puso un nudo en la garganta como al resto de los presentes. Fue la última vez que la vi.

Cuando piensas en un conocido suelen aparecerte tres o cuatro pinceladas del recuerdo que guardas de esa persona. Esas imágenes no tienen por qué coincidir con las del resto de la gente ni tan siquiera con la propia identidad de ese ser. Pero tu percepción propia te acompaña de por vida. A Encarna la recuerdo siempre con sus madreñes relucientes, que la elevaban del escaso metro y medio que debía de medir, con las mejillas sonrosadas siempre adornadas por pendientes antiguos, que se movían a la par que sus cuerpo cuando bailaba el xiringüelu en la plaza, sin quitar aquel calzado tradicional. También la visualizo con la fesoria trabajando su minifundio,situado en frente de mi casa de Soto. Con una sonrisa eterna y una alegría innata en sus movimientos, parecía que en cada pozo que hacía para echar las patatas no trabajaba, sino que disfrutaba de la faena.

Encarnina vivía en la quintana de Encima el Pueblu, y su mejor amigo era su vecino Antonio, lo que viene a demostrar que un hombre y una mujer pueden ser auténticos amigos, con el que compartía penas, alegrías, problemas cotidianos y algún vasín de vino de tarde en tarde. Devota de corazón, pero de vivir progresista para aquellos tiempos en los que una mujer soltera tenía que amoldarse a unas costumbres con poco margen de libertad, lo único que le reprochaba a San Antonio, su Santo favorito, era que no le hubiese encontrado pareja. Ante esa reflexión, una de sus vecinas de silla en la Iglesia, siempre le argumentaba: "Que Dios nun te dé todo lo que desees, que tás muy bien soltera". "Sí, porque el que nun acierta en casar, ya no i queda en qué acertar",opinnaba otra de las presentes, mientras abría el misal.. Ante tales razonamientos, Encarna sonreía y abría la novena cantando a viva voz: "Glorioso y divino Antonio...". "Habrá que aprovechar lo que el destino depara para cada uno, que todo tiene su parte buena", imagino ahora que estaría pensando la cuidadora de las imágenes, mientras paseaba con garbo por los caminos que la despidieron para siempre, sin haber sabido nunca, tampoco ellos,  la edad eterna de aquella mujer independiente, pequeñina y vital.

jueves, 15 de febrero de 2018

Celia

Celia Carballo vivía en Soto, con la única compañía de sus gallinas y sus gatos -nunca tenía menos de tres felinos-, en una casa pequeña, con portal y corredor. Tenía una parcela en Vayau donde sembraba maíz, patatas, ajos puerros, cebollas y alguna berza, con lo que iban subsistiendo todos los miembros de su atípica familia. También hacía de lavandera cuando alguien la solicitaba. Asimismo formaba parte imprescindible de su vida el imaginario Adolfo, su gran amor y el motor de su existir, con el que se comunicaba vía telepática, y de quien siempre aseguró que habitaba en la luna. Por eso, a la luna miraba mientras le contaba qué había soñado, qué había comido, cuánta cosecha había recogido, los huevos que habían puesto las aves del corral, lo poco que le gustaba la persistente lluvia o lo triste que estaba "Cuquina", la gata blanca y negra con la que más congeniaba. Con una dignidad que se confundía con el orgullo propio de quien no estaba bien del tarro, nunca quiso dar lástima ni recibir limosnas. Traía el bajo de la falda casi siempre descosido, los jerséis raídos, las alpargatas gastadas y las manos agrietadas, pero había en ella un porte diferente. A su manera, Celia era elegante; con esa elegancia que da el ser único. Ademá, era alta y estilizada, y cuando se le veía casi la pierna entera por descuido de su vestimenta, se le adivinaban unas extremidades que nada tenían que envidiar a las de los cuerpos perfectos. Ahora pienso que Celia Carballo no estaba "chiflada", como así lo creíamos sus vecinos y los niños que íbamos a escucharla charlar sola y mandar mensajes de amor al satélite natural. Lo que pasaba era que no la entendíamos. Sospecho que Celia, tras un gran desengaño que se comenta que sufrió en la ciudad en su juventud, decidió protegerse con su soledad, su imaginación y sus únicas herramientas para sobrevivir: sus dos brazos. Aprendió a no necesitar del prójimo, a no hablar de sus problemas, a prescindir de adornos materiales, a hablar el idioma de otras dimensiones y se hizo un paraíso incomprensible para el gran público. Empiezo a pensar que tal vez fuésemos más infelices el resto de los habitantes del pueblo porque ella no esperaba nada de nadie, al tiempo que tenía muy poco que perder. Aprendió a sacarle jugo a la soledad. Le perdió el miedo a los juicios, a las burlas, a las opiniones ajenas, a los fracasos... Incluso se permitía mirar y hablar con cierto desdén e ironía a quien osaba cuestionarla. Algunas noches claras, miro a la luna y le digo, mientras mis gatos me observan: Ya te entiendo. 

jueves, 8 de febrero de 2018

Carmen la de Santos

Cuando llegó la noche del mismo día en que Carmen, que vivía en la quintana de El Caalón, se casó con el casín Santos, éste le dijo: "Carmen, yo voy hasta el chigre a tomar daqué con to padre. Tú vete pa la cama cuando acabes de fregar los cacíos". Carmen, mujer de carácter festivo y fuerte, exclamó para sus adentros: "¡En eso taba yo pensando!". Terminó de secar el último plato de la media vajilla, de segunda mano, que le habían regalado para su boda, volvió a adornarse con los recién estrenados pendientes de azabache, se puso por los hombros la toquilla negra, calzó "les madreñes", y salió rumbo a la taberna. 

Cuando llegó al destino prohibido para las hembras de entonces, una docena de paisanos, entre ellos padre y yerno, la miraron boquiabiertos. Se sentó en el único taburete libre, en una esquina donde divisaba el paisaje de dentro y de fuera, y pidió una copina de anís. La bebió despacio, opinó del tiempo que amenazaba tormenta, ayudó al tabernero -algo rudo- (un pucu pollín, que diría Carmen),  a echar una cuenta que se le había trabado, descalzó el pie derecho para sacar unos reales que llevaba escondidos en las zapatillas de fieltro con pompones negros y pagó su consumición. "Padre, Santos, cuando queráis marchamos pa casa", dijo con naturalidad. "Vamos, vamos", respondieron al unísono los dos paisanos. 

Desde aquel día, su marido, con el que tuvo una vida bastante feliz a pesar de los preámbulos, la invitaba siempre a acompañarle a los lugares de ocio. Ella, haciendo uso de la libertad que había conquistado, iba o no.