Esas pequeñas cosas...

martes, 23 de enero de 2018

Flor


La primera vez que Flor subió a un avión ya había pasado más de la mitad de su vida. Viuda desde muy joven, no quería ni oír hablar de la posibilidad de echarse un nuevo compañero; testaruda y fiel a esa mentalidad de antaño de ser leal a un solo hombre, aunque se hubiese quedado sin pareja  a medio camino de su juventud. Pero no se negó a  la aventura de volar, porque a ella no había circunstancia que la amedrentase.

Aquel inolvidable viaje en avión, en el que atravesaría el océano -para una vez que viajaba que fuese de verdad-, Flor se reencontraría con algunos de sus familiares más cercanos que habían emigrado a la Argentina. Por San Antonio, y desde que se trasladara valle abajo, siempre regresaba a Soto dÁgues a pasar unos meses en la aldea donde se había casado, y en la que transcurrieron muchos años de su vida, cuidando de su familia y aprendiendo a coser a varias generaciones de mujeres del pueblo. Era cuando nos repetía su aventura en el vuelo a través del Atlántico. Y todos los veranos la escuchábamos con la boca abierta, aunque nos supiéramos la historia de memoria. Porque ella, mujer de palabra fácil y vehemente, tenía el poder de acaparar la atención. De este modo, sentada muchos  atardeceres de verano en el banco de madera de El Caalón, de la Plaza del Campu Xuan o en el de su anteojana de La Sapera, la costurera nos narraba por penúltima vez:

"Tocome ir sentá en el avión junto a un señor de muy buena presencia. Ensiguía entamamos conversación, porque los dos éramos entreabiertos y, como el que non quier la cosa, contei la mio vida", comenzaba su relato esta mujer que tenía algo de lo que en la era digital se le viene llamando Influencer.

Así, Flor, nacida en el pueblo casín de Coballes, y casada con un coyán de Soto, apenas despegó el vuelo comenzó la historia por el día en que ella y su más de media docena de hermanos, la mayoría hembras, se quedaron huérfanos de madre siendo muy jóvenes. Su padre, un hombre nada machista para aquellos tiempos, y convencido de que aquellas mujeres eran capaces de hacer cualquier trabajo, les dio todo el poder a sus hijas que hicieron y deshicieron a su antojo; algo así como la novela de "Mujercitas", pero en versión paterna. Flor se especializó en la costura, que sería su profesión futura. Con el tiempo, el progenitor se casó de nuevo y tuvo otro puñado más de hijos, más los comunes del matrimonio. Con lo que juntaron 18 descendientes. Por la seguridad con que la modista lo contaba, creíamos al pie de la letra que se llevaron estupendamente entre los hermanos y los hermanastros, protegiéndose y cuidándose, porque la diferencia de edad hacía que muchos de ellos hiciesen la función de padres y madres.

Cuando Flor se casó con Emilio todavía era muy "jovencina". Habían pasado muy pocos años cuando ya enviudó y se quedó con su única hija y su suegra María; una mujer de remango, que pasó por la tragedia de perder otro hijo, su nuera y una nieta en un accidente de tren en Buenos Aires. Las dos tenían un carácter fuerte y un personalidad con la que pocas personas se atrevían a jugar, pero dotadas, además, de la suficiente inteligencia emocional  para que la convivencia transcurriese en armonía hasta que la abuela murió

Con un lenguaje a medio camino entre el habla de Casu y la de Sobrescobio, y una espontaneidad propia de una mujer que había aprendido a nadar en la dura escuela de la vida, sin perder la claridad de las palabras ni la seguridad de quien lidió con tareas de todo tipo, cruzaron el charco sin que al interlocutor le hubiese acudido la fobia a volar, ni  se le hubiesen entumecido las piernas tras tantas horas de vuelo.

Al despedirse, el anfitrión les dio su dirección y su teléfono, y le hizo saber a la modista que había pasado un viaje encantado con las historias de una mujer tan auténtica y luchadora. "Bueno, yo me despidí con educación, pero segura de que non lu volvería a ver más en la vida", explicaba Flor.

Unas semanas después de su estancia en Buenos Aires, sus familiares las llevaron a un lugar muy turístico del país, y en el primer restaurante que fueron a comer se encontraron con el pasajero del avión y su mujer, "que nos miró como si hubiese visto a Dios", recalcaba la casina.

Durante los días que pasaron en aquella estancia paradisíaca, Flor y sus acompañantes tuvieron todas las atenciones y facilidades del anfitrión que conoció en el vuelo, ordenando a sus empleados que las tratasen como a  invitadas de honor. Porque resultó ser que aquel "paisano", al que contó su vida mientras volaban, era un acaudalado terrateniente, encantado con la sorprendente vida de Flor, y su peculiar manera de narrarla en positivo.

Me dio por recordar a esa mujer que tenía la risa tan contagiosa como inquisitiva la mirada, porque vi una foto que hice de su pueblo natal. un invierno de nieve. La imaginé paseando con su cojera congénita; inconveniente que no le impidió nunca "bailar como la que más en les romeríes y echame uno de los mozos más curiosos (elegantes) del pueblu".

De la manera que Flor contaba sus historia, uno se imaginaba que debían de estar deliciosas aquellas tortas de harina de maíz con leche de sus vacas casinas que preparaban para desayunar, que tenían que sentar de maravilla los pantalones que hacía para sus hermanos durante las horas que le dejaban libres las tareas de cocina y limpieza -me creo que las tablas de madera de sus casas de Coballes, primero y de Soto de Agues depués que repulían con arena , brillasen como el parqué más sofisticado-, y que los vestidos que llevaban a las fiestas patronales las chicas  de la familia, las hiciesen parecer las princesas que comenzaban a aparecer por las revistas que caían de cuando en cuando por sus manos.

No es de extrañar entonces que todos los veranos quisiéramos oír la historia de su vida, y aquella vivencia rumbo a Buenos Aires, que contaba como si tal cosa. "No niego que aquel señor tuviese munches perres, pero yo non i cambiaba lo mio vida, porque fuimos felices a pesar de los apuros económicos y de les coses males que nos tocaron", decía; recordándonos que algún verano habría de faltarnos en las tertulias porque su vida ya estaba en tiempo de descuento. En efecto, un año ya no volvió por San Antonio y, meses después, nos enteramos que se había ido para siempre. Sin embargo, algo de su "resilencia" continua pululando por aquellos lugares donde dio tantas puntadas e hilvanó tantas historias.