Esas pequeñas cosas...

jueves, 15 de noviembre de 2018

La ventanina. El cuento de Noviembre

Los lugares de reunión variaban, según la estación o el trabajo a realizar por las mujeres de la quintana. Pero era rara la tarde o la noche que no se juntasen el grupo de amigas para compartir faenas y darse ese calor femenino, tan necesario fundamentalmente en las adversidades.

Hacía meses que venían notando que Carmina, su verdadero nombre es lo de menos, siempre llegaba con los ojos de haber llorado a la fuente de lavar, al corredor -el más amplio era el de la casa de Cecilia-, a la galería de junto al río, donde aprendían a hacer la ropa de la familia, lo que también ocurriía en cualquiera de sus caleyas donde llegasen los rayos del sol,  a "coyer" maíz a principios del otoño por cada uno de sus minifundios, o a  "esfabetar" en la cocina de Ángela -la más vieja y ahumada pero la más cálida-, en los anocheceres fríos del invierno. 

Carmina era de pocas palabras, y las pocas que pronunciaba parecían estar envueltas en toda la tristeza de una mujer joven que parecía tener 30 años de más por la amargura de sus gestos. Una tarde, tenía que ser de Noviembre porque la noche llegaba rápido y había que apurar el cigarrín que furtivamente liaba alguna de las tertulianas o aquella copa de anís que solían compartir, la más callada del grupo -tal vez por que le hizo más efecto el trago o porque ya no soportaba tanto dolor-, les contó el infierno que la hacía pasar su marido, cuando cada noche llegaba borracho del chigre. "Con cualquier pretexto, me golpea: porque está el arroz duro, porque está algo pasado, porque me habló el vecino mientras partía la leña, porque me entretuve en casa de María bordando la almohada..." Eso sí, tenía la deferencia de apartarla a una bodega, separada de las estancias principales de la casa por unas paredes muy anchas y con una ventanina muy pequeña que daba a la calle, para que sus hijos no vieran los daños, aunque ello no significara que no se enterasen de todo, porque las voces de él y los llantos de ella no había piedra que los sofocase.

-"¿Qué podemos hacer por ti, Carmina?", le preguntaron aquel día sus amigas, conscientes que no les amparaba más justicia que la de su propia valentía, porque la mujer en aquellas épocas no tenía ningún derecho; mucho menos el de ser amparada en la violencia que sufría de puertas para dentro de su casa. Pero, aún desconociendo el significado de la ahora tan de moda sororidad, eran conscientes de que la solidaridad femenina podía mover montañas. Y fue entonces cuando se les ocurrió un plan solidario, orquestado por otra Carmen: -"Ea, a grandes males, grandes remedios, vamos a hacer de centineles. Caa día una de nosotres irá, con cualquier pretextu, cuando sintamos que empieza la bulla, a picái a Carmina en la ventanina de la bodega".

Y así,u n día Sara picaba a su amiga para pedirle un poco de sal, otro día iba Elena llegaba reclamando su presencia para ayudarla a atender a un hijo que se había hecho daño, otro anochecer Clara picaba en la puerta de la bodega para pedir prestada una madeja de la lana, etc. Pasó el tiempo y Carmina llegaba a los encuentros con la frente más alta, la mirada más alegre y la palabra más abundante. Las palizas habían remitido y Juan, también su verdadero nombre es lo de menos, ya no la agarraba por el brazo -en el que siempre le quedó la huella de los zarpazos-, para dirigirla a la bodega de sus tormentos.

El final de la historia, pasada ya por las palabras de tres generaciones, es algo difuso. Unas versiones dicen que el padre de los seis hijos de Carmina, emigró al otro lado del océano y que nunca se supo más de él. Otras que apareció muerto en una cabaña de un monte lejano, y algunas cuantas que se fue a vivir con otra mujer a un pueblo no muy lejano. El caso es que nadie le echó de menos, porque estaréis de acuerdo conmigo en que cuando una mala persona desaparece "que tanta gloria lleve como paz deja".

La historia, aunque ya es muy vieja, podría repetirse muy cerca de nosotras, con otros nombres, otras circunstancias y una ventanina más grande. Por eso hay que seguir estando alertos y solidarios.


En la imagen, mujeres cosiendo en una caleya de Villamayor, en 1918. Fotografía tomada de "Memoria Digital de Asturias".