Esas pequeñas cosas...

domingo, 20 de noviembre de 2011

Un trabajo a los cuarenta...


Comienza de nuevo. Cada vez que fracases empieza otra vez y te harás más fuerte hasta que finalmente logres tu propósito. Anne Sullivan



Salvo esporádicas ocasiones, mi primer trabajo asalariado y en buenas condiciones me llegó dos años después de haber cumplido los cuarenta. En ese tiempo ya había dejado de lado la idea de un empleo con todas sus consecuencias. El día que me comunicaron que había sido seleccionada para hacer una sustitución de verano en los informativos de la televisión autonómica, la noticia me pilló totalmente de sorpresa.

Recuerdo que la chica que me habían asignado para ser mi "maestra" las primeras jornadas estaba haciendo la pieza de la repatriación de los cadáveres de los soldados muertos en Afganistán, en mayo de 2007. Pensé que nunca lograría hacer aquella tarea. Todo era nuevo para mí. Si unimos al hecho de mi larga inactividad profesional  la circunstancia de que en mi etapa de estudiante la informática estaba en pañales, las consecuencias son previsibles. Estababa flojísima en el manejo del ordenador, a pesar de contar con algunos cursos en el tema, desconocía  el programa específico de la empresa, e ignoraba por completo el lenguaje y el ritmo de aquel medio de comunicación. Hasta se necesitaba algún conocimiento de inglés que no es, ni mucho menos, nuestro segundo idioma para los que "presumimos" de defendernos con la lengua francesa. Sobra narrar que me sentía la mamá de casi todos los que allí trabajaban, en su mayoría en los inicios de la treintena. Fue el preciso momento en que tomé realmente conciencia del paso del tiempo y de la cantidad de novedades que me había perdido de la profesión.

En una semana tuve que ponerme al día en "negros" -que no eran señores sino la parte sin imagen de un vídeo-, "colas", "piezas", "totales", "audios" ,"postpruducción" ,"documentación", "agencias", "brutos", "nevera" "vídeos" ... y "escaletas" en general; a la vez que hube de dominar el manejo rápido de la herramienta fundamental de trabajo: el ordenador. Yo que apenas pasaba del corta-pega- escribe-guarda-. Su correspondiente programa, el Dalet (file,new story,control...), se me quedó grabado a fuego.  Aunque su fonética suene parecida a galán rubio y escultural en busca de mujeres maduras, el famoso Dalet me trajo casi un mes por la calle de la amargura. Me desesperaba a diario a causa de sus complicados entresijos y, durante ese tiempo, me daban ganas de tirar la toalla cuando me veía entre las protectoras paredes de mi  casa. Pero, como decía Concepción Arenal "todas las cosas son imposibles mientras lo parecen", así que un día comencé a hacer mi trabajo más segura sin apenas preguntar a los compañeros. El sistema informático, mi talón de Aquiles, comenzaba a hacérseme familiar. El resto ya era un camino de rosas.

Para ser justa tengo que decir que no hubiera superado los quince días de prueba sin el impulso de mi marido y sin el aliento de  mis compañeros. De la mayoría de ellos guardo un agradable recuerdo. Me ayudaron en mis peleas con la edición , reconociendo con humildad que todos habían pasado por lo mismo. La elaboración de una noticia de dos minutos y medio requiere de mucho tiempo de trabajo y una gran concentración. Desde su búsqueda hasta el momento de la emisión hay un largo recorrido que ahora, al estar todo informatizado, es trabajo exclusivo del redactor. Sin comentarios  del estrés que se crea cuando ha de meterse una última hora con el informativo ya en marcha.

Quedaría esta memoria laboral incompleta sin una especial mención a la catalana-inglesa-asturiana Eli, en una situación de contrato y de circunstancias similares a las mías, aunque más avezada en esos trabajos de televisión  Su complicidad fue fundamental para que nuestro paso por la zona de las noticias del transformado convento de Las Clarisas nos dejase ganas de cotinuar allí. Durante un tiempo tuvimos la esperanza de que nos llamasen para nuevas sustituciones. Ya habíamos aprendido y empezábamos a ser productivas. Pero nuestra marcha coincidió con las vacas flacas y, por la información que tengo, no corren buenos tiempos ni para los que están fijos en plantilla.

De todos modos, mis vivencias en ese trabajo que llegó tardío a mi vida me dieron seguridad en caso de enfrentarme a otras de características parecidas. Si pude con el Dalet, con el que todavía tengo alguna que otra pesadilla, puedo con cualquier cosa. Ya no me dan ningún respeto las tareas del ordenador y, dicho sea de paso, me reconcilié con la conducción del coche. Aunque pasé mi particular calvario los primeros días que me enfrenté en soledad a la autopista, al cabo del tiempo también logré sentirme segura en el trayecto. Por aquellas fechas cuidé, además, mi alimentación. "No vamos a ser las más gordas, amén de las más viejas..."comentábamos Eli y yo, haciendo uso del sentido del humor, una de las pocas ventajas que nos aportaba tener unos añitos más que la media.

No corre pareja mi disposición laboral en la actualidad con los años ni las circunstancias. Pienso que, mientras se viva dignamente, la meta no es siempre un trabajo en nómina. La carencia del mismo nada tiene que ver con estar desocupado. Independientemente de la formación que se tenga, siempre es importante tener imquietudes por conocer cosas nuevas. Nuca se aprende en vano. Tampoco merece la pena coger una  tarea que  te trastoque la calidad de vida. Ya sabemos lo que dice la canción : "me matan si no trabajo y si trabajo me matan..."

En la despedida de aquel treinta de septiembre, los amigos que allí se quedaban trataban de extraer la parte positiva de nuestro fin de contrato: nos íbamos apenadas porque aún no nos había dado tiempo a conocer la rutina del trabajo, las luchas laborales internas  y las inevitables traiciones entre compañeros. Desde aquí, mi recuerdo y gratitud para todos ellos. Algunos/as leen mi blog y me animan, como siempre, a seguir adelante...