Esas pequeñas cosas...

jueves, 20 de diciembre de 2018

Queridas mujercitas

Ya decía yo que esa vieja letanía que repito a hijos, marido, familia, amigos y extraños, provenía de alguna frase lejana que quedó en el disco duro de mis recuerdos. Sobre todo cuando se aproximan las fechas de la lotería por excelencia, les suelo repetir que son más ricos y más felices de lo que ellos se creen, o como dijo Naeole: "A menudo las cosas que deseamos y no conseguimos no son más que la forma que el destino tiene de proteger lo que tenemos y no podemos perder".
Al poco de escuchar hoy en la radio hablar del clásico Mujercitas -en la Ser harán una adaptación radiofónica del cuento la mañana del próximo 25-, aproveché la salida diaria para hacer la compra y me acerqué a la biblioteca. Dicho sea de paso, es un lugar en el que me gusta pasar un ratín muchas mañanas porque; además del ambiente tranquilo, principalmente a esas horas tempranas, y ese aroma  que desprende a fantasía, a historia, a cuentos..., la bibliotecaria siempre me recibe con una sonrisa, me llama por mi nombre y me pregunta cómo estoy .... Os parecerá que me conformo con poco, pero deteneos un momento a pensar cuántas personas hacen esas tres cosas al mismo tiempo a lo largo de vuestro día. Pues a por Mujercitas me dirigí, después  de dejar finiquitados los quehaceres cotidianos básicos. Toni Garrido me vendió  tan bien la historia de Meg, Jo,Beth y Amy, mientras sacaba la ropa de la lavadora que, en cuanto acabé de tender -el cielo prometía un rápido secado-, decidí repasarla. Aquellas vivencias de solidaridad entre una madre y cuatro hermanas que caminaban hacia la madurez en unas condiciones relativamente difíciles adornó tantas de mis tardes  cuando era una nena, primero en forma de libro y después, ya con tele en blanco y negro, en forma de película, que se me figuraba un déjà vu de lo más entrañable.

-¡Cuéntanos otra historia mamá...!.
La señora March sonrió y comenzó enseguida:
- Érase una vez... cuatro niñas a las que no faltaba la comida ni la ropa necesaria, y tenían no pocos placeres y comodidades, así como buenos amigos y unos padres que las querían mucho, pero ellas no estaban satisfechas... Esas niñas querían ser buenas (apunto que el concepto de bondad va variando con el tiempo y no es lo mismo ser una mujer buena ahora que hace más de un siglo), y se hacían magníficos propósitos, pero eran incapaces de mantenerlos y al final acababan diciendo: "solo con que  tuviéramos esto", o , "Si simplemente pudiera hacer aquello", olvidando lo mucho que tenían  y todas las cosas agradables que, de hecho, hacían. Así que le pidieron a una anciana un hechizo que las hiciera felices, y la mujer les dijo: "Cuando os sintáis desgraciadas, pensad en lo bueno que os rodea y sed agradecidas".

Pues de ese capítulo me debió de quedar grabado a fuego el consejo, dado a cuatro chicas con personalidades tan distintas y con unas vidas tan diferentes a las nuestras, pero con la esencia de las mujeres de todos los tiempos. Con el libro ya sobre mi mesa, y mientras acababa de guisar el pollo para el arroz; otro déjà vu en mis olores de infancia, ojeaba a saltos los capítulos y pensaba en mis otras Mujercitas: las de mis historias medio inventadas y medio recordadas -Constantina, Santa, Carmen, Catalina, Rosina...-, y las actuales -Ana, María, Carolina, Nuria, Sonia, María José, Beni, Amelia, Belén, Noelia, Silvia, Irene, Pilar, Rosa, Susana, Isolina, Bárbara, Paz., Suny, Aurelia, Lucía, Miriam, Marisa, Elena, Virginia, Ángeles, María Teresa, Eva, Trini, Consuelo,...-; incluso las virtuales, muchas de las cuales forman ya parte de otra de las caras de mi poliedro.

En ellas encuentro algo de la  fantasía, la bondad, la valentía, la delicadeza, la timidez, la elegancia, la sabiduría, la fuerza, la coquetería,el atrevimiento, la rabia, la rebeldía, la picardía, el inevitable pesimismo.... de la historia escrita hace siglo y medio -en un contexto mucho más condicionado por la intolerancia-, por Louisa May Alcott,  y representadas posteriormente por actrices de la talla de Katharine Hepburn, Elizabeth Taylor, Susan Sarandon o Winona Rider, entre otras grandes mujercitas.

Feliz Navidad, Mujercitas y Hombrecitos -que también tenéis vuestra réplica en otro libro-, y permitíos el lujo de volver a ser niños leyendo un cuento dulce, al pie de la chimenea. Por lo demás, si tenéis cuatro auténticos amigos, ropa y calzado cómodo, comida para entretener el hambre, una senda para caminar, una casa confortable cuando regreséis, un café al amanecer y salud para disfrutar de todo eso, ya os ha tocado la lotería...



miércoles, 28 de noviembre de 2018

Te debía un cuentín

Ella siempre dice que más importante que conocer todas las cosas es saber dónde encontrarlas. Con lo que, siguiendo esa premisa, vaya si se defiende ante cualquier obstáculo. Es habilidosa, inteligente y curiosa. Y esas cualidades, usadas en el orden que convenga en cada momento, la llevaron a convertirse en una mujer de taitantos segura de si misma, valiente, reivindicativa, y "echá p´alante".

Con ese preámbulo os podría contar que había una vez una chica muy joven, que inició su vida en pareja cuando sus amigas aún jugaban con muñecas, con lo que tuvo poco tiempo para disfrutar de la descuidada adolescencia, donde las responsabilidades todavía son de otros. Madre de un niño, cuando ella casi era otra  y una situación laboral y económica también en pañales, como suele suceder al inicio de la vida de los adultos, especialmente cuando se empieza la etapa de las cargas familiares a una edad temprana, podría decirse que la protagonista de este cuentín empezó su vida un poco al revés. Vamos, que primero fue mayor, para después ser joven.

Ejerce de  abuela moderna, de fotógrafa, de tertuliana por las redes, de cuidadora de su gran familia y de mujer de hoy en día,. Por lo que,a ser posible, no renuncia a disfrutar de esos pequeños placeres de una comida con amigos, una cena entre mujeres, la celebración de una fiesta patronal, de  una ceremonia familiar, de un viaje, de un curso para aprender algo nuevo, de un café en el corredor de su casa o de los rayos del sol de otoño en su antojana de La Canella, por poner algún ejemplo de sus momentos felices.

Cuando hablo de ella, la pongo como ejemplo de que nada se puede generalizar: uno puede casarse joven y acertar con una vida plena y viceversa; como también una puede ser madre jovencísima o con  más de cuarenta, y los resultados ser imprevisibles, pero casi nunca los que se prejuician. Al final, todo es cuestión de tener la cabeza bien amueblada, poner ilusión en cualquiera de tus empresas y de creer que la suerte hay que trabajársela. Aunque también pienso que sus astros estaban bien alineados.

Tal vez  no se acuerde, pero fue la primera persona que compartió lo que escribía en mi blog, cuando comenzábamos a circular por este mundo de Redes que tejen y atrapan. Yo, que trabajo con palabras desde que tengo uso de razón, porque para otras habilidades ya me rodean la mayoría de las personas con las que me relaciono, -qué asco, todo se os da bien, les digo muchas veces en tono cariñoso-, admiro esa su facilidad para la cocina, para las manualidades, para la decoración,  para cualquier entuerto repentino o para convertir media docena de piñas en un trozo de alma de mujer, que por supuesto domina de forma innata,  mi protagonista de hoy.

He aquí un ejemplo más de mujeres que hacen con elegancia su trabajo de amas de casa; ese de los mil oficios, imprescindibles en la vida de los demás, pero también convencidas de que su propia felicidad es importante para poder repercutirlo en su mundo. Esas congéneres anónimas, bajo cuyas vidas sencillas y cuyas historias siempre aparece lo extraordinario.

Podéis encontrárosla con una cesta buscando setas en cualquier senda del municipio coyán, pero no es Caperucita porque, como la mayoría de las mujeres de hoy en día, no tiene miedo a ningún lobo ni necesita de ningún cazador que la rescate. Eso sí, bajo el mantel rojo de su cesta, siempre llevará un tarro de algo bueno para quien pudiera merecerlo o necesitarlo. Porque las mujeres de mis cuentos suelen ser son solidarias y empáticas. Y, como dice Jordi Granet, de vez en cuando hay que escribirles a los amigos para decirles cuánto valen, aunque sea a través de un cuentín.





martes, 20 de noviembre de 2018

¡Cómo voy a olvidarme!

Estábamos en el comedor del internado. Recuerdo hasta el sitio que ocupé aquella mañana en la fila de mesas de formica color crema, que formaban una u; incluso me parece estar escuchando la lluvia de la cristalera que tenía frente a mí. La monja que sustituía intramuros a nuestras madres nos comunicó que Franco había muerto. Para las niñas internas la noticia suponía una semana de vacaciones en nuestros respectivos pueblos -de aquella se nos antojaban más lejos de lo que en realidad estaban porque de niño todo lo ves aumentado-, pero nuestras tutoras religiosas la noticia la vivieron como una amenaza. Las oíamos murmurar algo así como “que vienen los socialistas y los comunistas”, y santiguarse a continuación. Ahora pienso que tal vez alguna de ellas, descendientes de sangre revolucionaria, solo aparentaban aquella tristeza. Paz y yo, también de sangre minera y con predominio de damnificados por ideología en nuestras ramas familiares, pero despistadas ante si eso era bueno o malo, nos fuimos a la biblioteca a buscar en el diccionario. La Superiora nos pilló con la enciclopedia abierta en "comunismo"y os podéis imaginar las consecuencias. Nada fuera de lo que suponía un castigo escolar de aquella. Vamos, que cuando nos dio el bofetón en la segunda mejilla, ya no lo sentimos por el dolor de la primera.
Pero la vida continuó como si nada, al menos para nuestras rutinas infantiles. Tampoco hubo cambios drásticos ni venganzas crueles, después de la muerte del Dictador, como presuponían las regentes del colegio riosellano. Cuando terminamos la primaria, aún quedaba en el recibidor la carta de despedida del Generalísimo, que aún puedo recitar de memoria de tanto verla. La para algunos "temida" Democracia y la recién estrenada Constitución nos esperaban, igual que la promesas paralelas a nuestra adolescencia, tras aquellos enormes portones de castaño. Yo sabía algunas cosas sobre esas nuevas formas de Gobierno, porque era la encargada de ir a buscar todas las mañanas el periódico. Era un privilegio sentir aquella sensación de libertad durante los únicos minutos del día que me permitían pisar sola la calle. Me imagino que la misma que sentían muchas personas adultas ante la nueva época. Creo que fue ese año en el que me enganchó la afición a la escritura para contar la vida, y que "el aleteo de la mariposa" me llevó a describir aquella situación muchos noviembres después, a través de este blog vía digital, que era en la década de los 70 un futurible lejano. Por lo demás, las únicas nubes grises para nuestros pocos años era el grupo con ese nombre, que cantaba aquello de: "...sentadita junto al mar..."
Hoy escucho en la radio que solo un 5 por ciento de españoles estarían a favor de una Dictadura. Me alegro de que los pronósticos, hasta cierto punto comprensibles, de las monjas, no se hayan cumplido y de que, con sus defectos, en nuestra Constitución actual, posiblemente mejorable, quepamos todos.
Amanece oscuro este martes de noviembre; principalmente porque la primera noticia que escucho en la radio es sobre un accidente de tráfico. Saldré en breve a comprar el periódico, como cuando comenzaba la vida cada día, yendo a buscarlo en el centro de la villa marinera aunque, de aquella, con coletas y calcetines blancos.¡Cómo voy a olvidarme!, que dice la canción. La filósofa Mafalda todavía no había cumplido un año.

jueves, 15 de noviembre de 2018

La ventanina. El cuento de Noviembre

Los lugares de reunión variaban, según la estación o el trabajo a realizar por las mujeres de la quintana. Pero era rara la tarde o la noche que no se juntasen el grupo de amigas para compartir faenas y darse ese calor femenino, tan necesario fundamentalmente en las adversidades.

Hacía meses que venían notando que Carmina, su verdadero nombre es lo de menos, siempre llegaba con los ojos de haber llorado a la fuente de lavar, al corredor -el más amplio era el de la casa de Cecilia-, a la galería de junto al río, donde aprendían a hacer la ropa de la familia, lo que también ocurriía en cualquiera de sus caleyas donde llegasen los rayos del sol,  a "coyer" maíz a principios del otoño por cada uno de sus minifundios, o a  "esfabetar" en la cocina de Ángela -la más vieja y ahumada pero la más cálida-, en los anocheceres fríos del invierno. 

Carmina era de pocas palabras, y las pocas que pronunciaba parecían estar envueltas en toda la tristeza de una mujer joven que parecía tener 30 años de más por la amargura de sus gestos. Una tarde, tenía que ser de Noviembre porque la noche llegaba rápido y había que apurar el cigarrín que furtivamente liaba alguna de las tertulianas o aquella copa de anís que solían compartir, la más callada del grupo -tal vez por que le hizo más efecto el trago o porque ya no soportaba tanto dolor-, les contó el infierno que la hacía pasar su marido, cuando cada noche llegaba borracho del chigre. "Con cualquier pretexto, me golpea: porque está el arroz duro, porque está algo pasado, porque me habló el vecino mientras partía la leña, porque me entretuve en casa de María bordando la almohada..." Eso sí, tenía la deferencia de apartarla a una bodega, separada de las estancias principales de la casa por unas paredes muy anchas y con una ventanina muy pequeña que daba a la calle, para que sus hijos no vieran los daños, aunque ello no significara que no se enterasen de todo, porque las voces de él y los llantos de ella no había piedra que los sofocase.

-"¿Qué podemos hacer por ti, Carmina?", le preguntaron aquel día sus amigas, conscientes que no les amparaba más justicia que la de su propia valentía, porque la mujer en aquellas épocas no tenía ningún derecho; mucho menos el de ser amparada en la violencia que sufría de puertas para dentro de su casa. Pero, aún desconociendo el significado de la ahora tan de moda sororidad, eran conscientes de que la solidaridad femenina podía mover montañas. Y fue entonces cuando se les ocurrió un plan solidario, orquestado por otra Carmen: -"Ea, a grandes males, grandes remedios, vamos a hacer de centineles. Caa día una de nosotres irá, con cualquier pretextu, cuando sintamos que empieza la bulla, a picái a Carmina en la ventanina de la bodega".

Y así,u n día Sara picaba a su amiga para pedirle un poco de sal, otro día iba Elena llegaba reclamando su presencia para ayudarla a atender a un hijo que se había hecho daño, otro anochecer Clara picaba en la puerta de la bodega para pedir prestada una madeja de la lana, etc. Pasó el tiempo y Carmina llegaba a los encuentros con la frente más alta, la mirada más alegre y la palabra más abundante. Las palizas habían remitido y Juan, también su verdadero nombre es lo de menos, ya no la agarraba por el brazo -en el que siempre le quedó la huella de los zarpazos-, para dirigirla a la bodega de sus tormentos.

El final de la historia, pasada ya por las palabras de tres generaciones, es algo difuso. Unas versiones dicen que el padre de los seis hijos de Carmina, emigró al otro lado del océano y que nunca se supo más de él. Otras que apareció muerto en una cabaña de un monte lejano, y algunas cuantas que se fue a vivir con otra mujer a un pueblo no muy lejano. El caso es que nadie le echó de menos, porque estaréis de acuerdo conmigo en que cuando una mala persona desaparece "que tanta gloria lleve como paz deja".

La historia, aunque ya es muy vieja, podría repetirse muy cerca de nosotras, con otros nombres, otras circunstancias y una ventanina más grande. Por eso hay que seguir estando alertos y solidarios.


En la imagen, mujeres cosiendo en una caleya de Villamayor, en 1918. Fotografía tomada de "Memoria Digital de Asturias".

domingo, 28 de octubre de 2018

Nieve de Octubre

“Cuando mi güelu Llaíñes empezaba a velo nevar tan en tiempu, eso sinificaba que, al final del inviernu, les sos vaques tendrín que comer hasta fueya de maíz y calabaces", me cuenta Bárbara al ver caer esos copos abundantes en Octubre, que nos pillaron hoy de sorpresa por el sur de Asturias. 

Y prosigue con los recuerdos de muchas anécdotas de "tenaes, rastroxos y retazos", que guarda en su memoria privilegiada. " Manuel, que era de los fuertes en cuantu a yerba recogía, regaloi a Marquina, un mes de Enero, de faz 60 años, los retazos, que eren sobres de la so tená. El ganaderu, fízo la ofrenda con un ciertu aire de fanfarronería hacia aquella muyerina que vivía sola y con escasez"

Tres meses después, como el invierno vino "nevaor", tuvo que volver a comprar a María -quien a fuerza de necesiá sabía estirar los bienes- parte de sus antiguos retazos."Venderéte un pucu mante, y pa la próxima acuérdate de que el que come y dexa, dos veces pon la mesa”, lrecordoi a pastora, que era probe, pero más lista que la fame", concluyó la narradora.

viernes, 26 de octubre de 2018

Qué distintos los miedos


En el lugar en el que antes veía la posibilidad de que se me apareciera un espíritu aterrador, sólo observo ahora un prado bordeando la iglesia de San Andrés; un sitio donde llegan fácilmente los rayos del sol, dibujado de recuerdos custodiados por montañas, lo único eterno.

Qué distintas la percepciones de los miedos, según la edad que atravieses.  Cuando era una nena, miraba de reojo aquel cementerio que separaba las dos localidades que forman mi aldea: Soto y Agues. No había manera posible de no verlo porque está estratégicamente situado. En mi imaginación se mezclaban antiguas leyendas de luces que se veían deambular por allí en la noche, apariciones de ultratumba y ruidos extraños si te adentrabas en sus entrañas a horas poco recomendables. La noche de difuntos era especialmente propicia a imaginarse espectros varios, sobretodo si el viento frío de los días más cortos se colaba por las rendijas de aquellas ventanas que aún no sabían de doble acristalamiento. En la actualidad mis fantasmas son muy otros; más reales,dañinos y cercanos.,

No me gustan los camposantos, ni mucho menos las visitas preestablecidas. Aspiro a que mis recuerdos queden en algún lugar menos transitado; si acaso solamente sirvan para que la  vida de las personas que me precedan tenga una chispita más de energía positiva. . Me conformo con que sean muy pocas; el olvido forma parte de la naturaleza humana, y hay que ser muy pretencioso para aspirar a mucho más. Pero siempre he creído en la luz que se deja en la existencia de algunos seres humanos que por distintas circunstancias forman parte de nuestros días. 

Es recomendable, sin embargo, adentrarse en un cementerio alguna vez para recordar que no merece la pena tanto sufrimiento por banalidades, si al fin y al cabo todo termina en ceniza. De aquí a cien años todos calvos. Verdad verdadera. Me da risa la prepotencia, la avaricia o el espíritu de superioridad de algun@s, si por mucho que les pese tienen que acabar donde el más insignificante de los mortales. Demasiado tarde, una vez allí, para remediar esos sentimientos tóxicos, de odios y recelos infundados que mostramos hacia algún prójimo.

Os cuento que aborrezco esos lugares de lápidas frías, flores de plástico y casi siempre alguna corona reseca, sino algunos mausoleos que van quedando cubiertos por la hierba, con sus letras descolgadas y las fechas inciertas.Pero por respeto a quienes valoran una visita a sus antepasados, una vez al año me acerco a ese lugar,  "Éste es fulanito de tal, que tenía los mismos ojos azules de Manuel". "Oh, está a punto de desaparecer la tumba de Eugenio", qué gran tragedia la de sus dieciocho años truncados en un accidente en la mina". "Allí al fondo está José, podría haber sido un ilustre coyán , si un accidente de coche no hubiese truncado su carrera". "¿Os acordáis de Manolo .Aquel hombre tan cabezota?.Se casó ya de mayor con una mujer muy fina, sin embargo siempre se quisieron micho Ella está en un nicho porque tenía pavor a la tierra". "Aquellas letras irreconocibles esconden el nombre de Juan; el hombre que casi hablaba con las cabras". "¿Quién le traería las flores frescas a Celia ¿habrá encontrado aquel amor que siempre buscó?" Y así podríamos pasarnos todo un día, dando pinceladas a las vidas que ya no son porque en un pueblo pequeño, como bien dice mi padre,"ya hay muchos más muertos que vivos". Piensas también, mientras quitas algunas hierbas rebeldes que se cuelan testarudas  en busca la vida a pesar del cemento, que los recuerdos, salvo excepciones, no duran más de dos generaciones. Tres a todo lo más.

Me cuesta mucho mirar las fotografías de personas más jóvenes, próximas a mi generación, con las que compartí pupitre, acné y años de juventud. No quiero imaginármelos allí aprisionados, y alzo la cabeza un poco más para pensarlos transitando por otros lugares, libres y eternos. Nunca hubiéramos pensado en ese destino cuando recorríamos confiados los veranos de nuestra infancia. Los  dirigo a sus cosas de siempre; aquello que cada uno más amaba y que formaba parte de sus ser. Estoy convencida de que algo de ellos sigue a modo de esos desapercibidos aleteos de la mariposa que todos somos. Silenciosos compañeros, que dice Isabel Allende.

Luego, tras una de sus tapias, un lugar ya casi olvidado donde estuvieron aquellos que en una época de terror no eran considerados dignos de una tierra compartida. Las fosas comunes de la España más negra que ahora empiezan a cubrirse de flores o hierba más fresca y justa o un recuerdo a viva voz.; junto con personas totalmente anónimas al cabo del tiempo que, a la derecha o a la izquierda de esas tapias, tuvieron sueños, sufrimientos y momentos felices.

Y de vuelta a casa, tras la visita al cementerio donde están algunos de mis seres queridos,  con la sensación y la convicción de que lo esencial nos pasa la mayor parte del tiempo desapercibido por buscar algo que jamás llega y que el  hoy siempre es lo más importante que tenemos . La vida empieza cada día  y es un regalo prestado. Lo de menos será el destino de esas cenizas que nos acaban haciendo a todos iguales; allá cómo se imagine cada cual su última morada.

Tan distintos los miedos ahora, como escribía al principio, que hasta nos atrevimos a tomárnoslos con humor y sacarlos a pasear nuestro cementerio por el Río Nalón, en la 51 Edición del Descenso Folklórico. El humor siempre será la mejor tabla de salvación para cualquier temor.

Fotografía:Héctor MndzFndz

lunes, 1 de octubre de 2018

La zurcidora

“En esti conceju nació una muyer que fue la zurcidora de les camises del Secretariu de Alfonso XIII, y les sus filles trabayaron de planchaores de la ropa de toa la familia real”, me contaba ayer Mina, mientras paseábamos por “les caleyes” donde nació Lena, la experta en disimular desgarros, haciendo hincapié en que la habilidad de zurcir podía equiparase a cualquier doctorado, “porque nun ye lo mismo arreglar un rotu que un descosíu”. 

Pero antes de ejercer su oficio en las altas estancias de Madrid, Lena hubo de pasar por un calvario de maltrato por parte de su pareja. “Mi madre, que me contó esta historia, que la dejó marcá desde que era muy nena, recordaba especialmente cómo se murmuraba que un día, los hermanos de la costurera, la encontraron sacando el cuchu del corral, la misma mañana que había dao a luz a su tercer hija, tovía con la sangre del partu arroyando bajo su saya, porque el su hombre la había obligao a levantase a trabayar”. 

Los vecinos del pueblo conocían los hechos, se conmovían con ellos y compadecían a la mujer -apenas una niña-; incluso alguna vez la cobijaron huyendo de las palizas diarias a las que la sometía el energúmeno de su marido. Pero, poco más podían hacer, porque el maltrato de género era algo privado y consentido por la costumbre social. Tampoco existía ninguna ley específica que lo castigase. “La repasadora solo una vez se atrevió a defendese “cociéndoi un sapu entre el arroz con patates que aquel bestia devoraba tóes les noches pa cenar”. Pero un día, el maltratador desapareció para siempre y nadie preguntó el quién y el cómo, aunque todos suponían, sin justificar los hechos pero entendiéndolos, el por qué. “Recuerdo que mi madre me contaba con voz de misteriu que la pareja de Lena apareció un amanecer muertu en un regatu, con señales de fesoriazos”, añadía Mina, mientras “el coruxu”, que ulula insistente en estas noches cálidas de otoño, parecía elevar su tono al escuchar el negro relato. Casi al tiempo de la tragedia, con la cara de Lena aún con moratones y un dolor que sería eterno en su pierna izquierda y en su alma, los parientes más afortunados de la víctima -con uno de esos apellidos de las familas que ponían la mesa con toda la parafernalia en el comedor de su caserón de aldea-, le consiguieron el “trabajo real”. Ni ella ni sus hijas quisieron hablar nunca de su vida cotidiana en la Corte, cuando regresaban algún verano al pueblo; como tampoco comentaron jamás aquella historia de horror que otra mujer, heredera de recuerdos lejanos, nos contó a propósito de la actualidad de crímenes de género, que parecen resucitar a las piedras que guardan memorias parecidas. Buen sábado; “la flores del Carmen” ya otoñean a pesar de este cielo de verano.

viernes, 14 de septiembre de 2018

El doble filo de las Referencias Académicas

Hace tiempo que leí, no recuerdo dónde, que un profesor de Universidad les decía a sus alumnos: "Yo no soy de mucho suspender, porque ya se encargará la vida de hacerlo". Otro maestro, ese sí lo recuerdo, ya que me dio clase en  mi adolescencia, solía repetirnos: "Si ustedes copian, al menos copien bien, que hasta para eso hay que esforzarse y ser listo". Por lo demás, en mi pueblo hay un dicho que se repite a través de las generaciones:"valeivos zanques que que en esti mundu too son trampes".

No es mi pretensión, como tampoco la es el estilo de mi blog, juzgar a nadie. Me esfuerzo,cada día más, en no hacer juicios por aquello de que es mejor intentar comprender que dictar sentencia. Pero, como la actualidad no es ajena a mis escritos, por mucho que la mayoría de las veces eche con ellos la vista al pasado, a las anécdotas más tiernas, a las vivencias más ingeniosas, a los sentimientos más amables, a mi propio día a día, trato de quedarme con el detalle pequeño, con la necesidad de preguntar cómo, y por qué de lo que más pasa desapercibido, pero quizás lo más esclarecedor para apartar el oro de la paja.

En plena vorágine de comprobación de másteres y demás títulos académicos, llega un momento que se forma tanto ruido que el gran público se pierde en el juicio de qué es verdad y a qué se le saca tajada desleal, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid. Qué son chanchullos y ventajismos, qué opiniones subjetivas y qué es la parte correcta y legal del proceso de ejecución de un trabajo.

Por eso, a la hora de opinar, deberíamos de conocer a fondo esas palabras que, a fuerza de ser repetidas, se convierten,de un día para otro, en normales entre las opiniones de público y expertos, o no, de los diversos campos de las sociedad, fundamentalmente oídas a través de los Medios de Comunicación, pero que pocos se detienen a analizar. Simplemente resuenan como un eco obligado.

Como para resolver un problema no hay nada como dividirlo y no generalizarlo al libre albedrío, hoy quiero hablaros de "referenciar", uno de los términos más repetidos en los últimos días por las redes sociales y demás canales de información oficial u oficiosa.

Argumento desde el punto de vista de una nacida no digital, a quienes nos asusta todo lo que tiene que ver con un nuevo programa de Internet,aunque a la larga acabemos aplicándolo por fuerza mayor. Vamos, que servidora casi tuvo que hacer una tesis para aprender a referenciar. Menuda tontería, una vez que aprendes, pero inevitable el pánico a los nuevos estilos informáticos a la par que académicos. Por otro lado, el arma de doble filo que es Internet, facilita las cosas al mismo tiempo que nos lleva a la tentación de lo fácil, de lo rápido...

Sin embargo, no nos deben asustar los conceptos, porque referenciar  no es otra cosa que citar el nombre,el autor, la fecha, el lugar... de un autor al que aludimos en una tarea académica. Vamos, los mismo de todos los trabajos de siempre, pero más rimbombante. Si seguimos la norma APA sería: Apellido autor, Iniciales nombre autor, (Año), Título en cursiva, Ciudad y país, Editorial.  ¿A que nos es para tanto?. Vas al apartado correspondiente de tu word y la presentación se te da de forma automática. Una vez que aprendí a referenciar, me convencí una vez más, que importa más la apariencia que la esencia. Por muy brillante que sea una tarea de investigación, si no está referenciada a conciencia, no vale para nota.

Pero la facilidades que nos aporta Internet son un arma de doble filo, porque caemos en la tentación de lo fácil,del corta y pega, de no estar en el lugar de los hechos, de no tener entre las manos el libro correspondiente, del plagio, de la falta de originalidad, de la ausencia de conclusiones personales, de los descubrimientos propios; en definitiva del esfuerzo. Además, la incoherencia también llama a las puertas a la hora de realizar un trabajo bien referenciado porque podemos fácilmente incurrir en el exceso o en el defecto.Y, a menudo, es difícil diferenciar entre lo copiado y lo referenciado. Como también es difícil pasar por todos los filtros de la opinión en cuanto a la calidad y no salir tocado. Por otro lado, estoy convencida de que la mayoría de vosotros habéis hecho cosas bastante más difíciles que referenciar, estéis o no en posesión de doctorados y demás titulaciones, que lo de aprender de la Universidad de la vida no es un mero slogam.

Hacedme caso, lo de referenciar es lo de menos, lo que importa es el esfuerzo personal, la honradez, el conocimiento. No nos quedemos en el tú más, en si tu padre te ayudó a hacer el poliedro en quinto de primaria o si has  copiado en Selectividad. Pocos pasaríamos la prueba de de la originalidad absoluta en cada una de los  historiales desde que un día nuestra madre nos repasara la caligrafía que se nos iba para abajo en nuestros primeros renglones de "Mi mamá me mima". Pero que no nos mime en exceso porque es conveniente cargar con el peso de los propios borrones, porque tal vez un día tengamos que rendir cuentas de eso.

miércoles, 25 de abril de 2018

¡Pobre Cristina!

A punto de echarme la crema barata de todas las mañanas -dicen que las propiedades son las mismas que las de alto standing-, para tratar de detener las inclemencias del tiempo en mis patas de gallo, escucho por la radio que circula un vídeo de 2011 por la red, de Cristina Cifuentes robando, presuntamente, unas cremas de Olay en un supermercado, ya sabéis ese potingue al  que "le gusta estar en tu piel", que dice el anuncio. En las imágenes se aprecia cómo los vigilantes de seguridad llevan a la Presidenta madrileña para pedirle explicaciones del hurto, sorprendidos sobretodo por cómo una mujer vestida de Prada puede cometer semejante acción.

Dada mi tendencia a hacer de abogada del diablo, que nunca mejor dicho, a juzgar por las informaciones, estos días se viste de Prada, y esa mi manía de compadecer al árbol caído, aunque el leñador tenga toda la fuerza y la razón, lo primero que pensé fue que a Cristina le empiezan a crecer los enanos, típico de quien de un día para otro pasa de princesa a mendiga,es posible que por méritos propios. Muy mal por añadir Másteres falsos, muy mal por un hurto que no es precisamente  para dar de comer a tus hijos, muy mal por mentir, pienso. Si tenéis oportunidad de hablar con trabajadores y trabajadoras de supermercados y grandes superficies comerciales os contarán cantidad de casos de gentes con perfiles de ricos y honrados que han sorprendido hurtando: desde un solomillo hasta un bolígrado, pasando por una pastilla de avecrén, unas bragas o un sobre de azafrán.

A propósito del caso, mi amiga Pilar se pregunta: "Perfumase en la tienda de Isidoro Álvarez  conla excusa de probar la colonia será delitu", a lo que Rosa le contesta: "Por si acasu,  perfúmate en casa". Por otro lado, cuidado con el fuego amigo; se comenta que en caso del vídeo de Cristina Cifuentes,que estuvo siete años bajo llave, el delator no anda lejos. Esto también me lleva a pensar, una vez más, que el undécimo Mandamiento debería de ser: "No traicionarás".

También se me ocurre, mientras corto el bote de crema para aprovechar los últimos residuos -lo postreroo caargao o lixero-, que también conozco casos de honestidad suprema, que compensan las malas prácticas, y que es una suerte tener la crema rejuvenecedora de una conciencia tranquila, aún con remedios de belleza baratos porque, al fin y al cabo, lo que da frescura a la piel, a la mirada, a la vida...  nada tiene que ver con las apariencias.






jueves, 19 de abril de 2018

¡Chsss, que hay ropa tendida!

"La verdadera patria del hombre es la infancia" (Rilke)

Cuando empezaba a pensar que me estaba dejando llevar demasiado por la nostalgia, ya sabéis, los cuentos de tantos recuerdos de otras épocas juveniles, infantiles; incluso historias de gente que ni siquiera conocí, más que por sus retratos en sepia o en la historia oral, superpuesta en "les caleyes", en "les pandes", en los montes, en las paredes de piedra, en las viejas galerías de cristales rotos ahora y en los árboles de troncos centenarios de la aldea. Cuando estaba a punto de no escribir en un tiempo sobre los recuerdos, los míos, los de mis padres, los de los amigos que ya no están, los de las personas que un día fueron leyenda sin ellas percatarse de su magnetismo, de su singularidad o de sus hazañas, de su sentido del humor, de su filosofía de vida... Cuando empezaba a plantearme si tenía algún sentido recrearse, contar, revivir las añoranzas, leo unas declaraciones de Tino Pertierra, hablando de su última novela "Para morir iguales",diciendo: "He querido hablar de la sensación de que lo que sucede en la infancia siempre es verdad, los niños solo se ocupan de lo importante... Después la vida deja de ser verdadera y se convierte en una simulación... De esa nostalgia feroz por la vida verdadera que todos hemos perdido es de lo que he intentado hablar".

Qué cosas, justo ayer había estado cogiendo agua en la fuente de lavar de Soto y mientras me hipnotizaba ese manantial, que estos días baja generoso, pasaron por mis pensamientos unos años en los que el "llavaeru" se llenaba de mujeres -solo mujeres- donde iban con la ropa de su casa, la de sus padres la de sus hijos, la de sus maridos mineros o campesinos; en algunos casos los dos oficios... A veces, se peleaban por ocupar los lugares donde el agua bajaba más limpia. "Yo llegué primero",decía María. -Sí, pero traes ropa más puerca",le contestaba Julia. Otras sacaban también los trapos sucios de sus problemas personales y se enzarzaban en alguna pelea, pero abundaban las ocasiones en las que mutuamente se ofrecían para echarse una mano. Así, se ayudaban a escurrir las toallas, a llevar la pesada carga de la ropa mojada o a hacer de cuidadoras de los hijos de sus vecinas cuando a éstas les ahogaba el trabajo; incluso para ofrecerse de paño de lágrimas cuando se escapaba algún lamento.  "Toes tenemos nuestres penes, pero hay que sobrellevales, nun te aflijas tantu, que el tiempu ye muy sabiu", solían decirse tratando de sacar toda su empatía, a pesar de que no existía todavía esa palabra. "Y tú, María,a ver si espabiles, que a los hombres hay que enseñayos solo la mitá del culo" . En la parte final del "llavaeru", la reservada para la ropa sucia por excelencia, dos mujeres vestidas de riguroso negro, hablaban bajito sobre un hombre que hacía tres día que no aparecía por casa, bajo sospecha de algún asunto de faldas, y cuya mujer,que lavaba cuatro lugares más arriba había jurado echarle para siempre para el cuarto que el último tío soltero había dejado libre.. ¡Chsss, que hay ropa tendida!,decían mirándo de reojo a la más pequeña de la escena. Demasiado tarde, la criatura ya se estaba haciendo sus conjeturas desde los pocos datos infantiles, que la llevaban a pensar que el castigo no era tan malo.

Allí estaba Lola la de Lao, Amada, Soledad, Fina, María, Aleida,  Eva, Amparo la del Ruxu, Celia, Gloria, Edelmira,  Delfina, Rosita, Irene, Ángeles... También creí ver a una niña que casi siempre se le hacía interminable la espera, y que para no aburrirse, mientras enjabonaba algún calcetín que su madre le daba para que se distrajera y para que fuera aprendiendo, escuchaba historias que casi nunca comprendía. Una niña que pensaba cómo podían soportar aquellas mujeres aquel agua tan fría del mes de Febrero, y los efectos de aquellas piedras  donde frotaban los trapos con unas manos gastadas por el trabajo, el tiempo y una vida que no le parecía tan colorida como los cuentos que todos los años le dejaban los Reyes Magos.

 Luego, a la mayoría de ellas las esperaba la costumbre o el consuelo del vino blanco "calentao con azúcar" que tomaban cuando llegaban a casa con "les manes engarabellíes" y con la humedad en el alma y en el cuerpo, mientras se avivaba el fuego de la cocina de carbón y leña, que solía apagarse en su ausencia. Encima de la mesa del "escañu" esperaban las  páginas de cuentas y caligrafía, que había que entregar en la escuela al día siguiente y que rara vez no recibían algún manchón de la jarra de leche recién "catá" o del trozo de manzana asada que el abuelo siempre tomaba de postre para la cena. Acababan de empezar con las multiplicaciones por un número, pero ella prefería el cuaderno de las letras. A la madre aún le quedaban muchas tareas después de tender aquel balde que traía sobre la cabeza a rebosar. Al oscurecer comenzaban a llegar los aromas a ajo "respiñao" que salía por las ventanas de la quintana. Era la antesala de sus horas favoritas del día, cuando las estancias principales de la casa ya estaban caldeadas y el frío que se adivinaba fuera invitaban a reunirse en torno a la mesa y escuchar conversaciones que venían a demostrarle que la vida no era tan simple como el hecho de enjabonar, frotar, esclarar, retorcer la ropa y tender, aunque los mayores hablasen medio en clave y repitiesen: ¡Chsss que hay ropa tendida!. Pero se sentía feliz en aquellas horas de infancia en las que la vida era simple.

Todo esto en esos minutos que tardaron en llenarse los cinco litros de la botella de agua, ese agua que más que chaporretear cuenta nostalgias de un tiempo en el que, como dice Pertierra "se vive de verdad".

miércoles, 21 de marzo de 2018

Andrés, cartero y poeta

Andresón -así era conocido por los vecinos, no en tono insultante sino por su corpulencia- era el poeta oficial de la aldea, además de cartero de profesión. Se sabía de memoria cientos de poesías ajenas, y tenía otras tantas de su propia cosecha. En unos tiempos en los que Internet era un futurible, vamos, "obra del diablu", como dice la expresión autóctona, Andrés era el deseado transmisor de noticias entre amigos y familiares. Algunas de las cartas que repartía llegaban de muy lejos, pero también se recibían informaciones vía postal de los vecinos que vivían a golpe de voz; fundamentalmente las misivas de felicitación y las cartas de amor, disfrazadas, en su mayoría, con la metáfora de un poema. La imagen que pego a continuación, rescatada de la caja de latón, testigo de un tiempo del dulce a granel, de postales impresas y de instantáneas en sepia, es posible que llegara a su destinataria a través de la cartera que colgaba de su espalda el poeta inédito. Los que nacieron en Soto d’Agues antes de mediados del siglo pasado coinciden en recordar los versos favoritos del cartero Andrés: “En esti mundu traidor, ná ya verdá ni mentira; tó depende del color del cristal con que se mira”. Feliz #Díadelapoesía, tan denostada por muchos como necesaria para otros, al fin y al cabo: “¿quién no escribió un poema, huyendo de la soledad...?”, que escribió otro poeta. De tener que elegir, uno de mis versos preferidos empieza así: “Después de un tiempo...”

domingo, 18 de marzo de 2018

Hombres buenos

"No todos los hombres pueden ser ilustres, pero pueden ser buenos" (Confucio)

El municipio de Sobrescobio se ha quedado este fin de semana sin dos hombres buenos: Luis y Manuel. Aunque la percepción de las cualidades de los demás nos es igual para todos, hay un denominador común para aquellos que pusieron bálsamo, no tormento, en les caleyes cercanes. Como ser bueno es de valientes, cada vez que se va para siempre una persona buena, nos quedamos algo más desamparados y con un trozo menos de buena memoria; la de aquellos valientes silenciosos. Por los lugares pequeños se notan especialmente las ausencias porque, en la misma proporción que se viven más intensamente los problemas, se acrecienta también la nobleza y la parte más entrañable de la vecindad que se comparte, más a menudo que en las grandes poblaciones, de puertas para afuera.

Luis "el de Marianita" tenía la mirada azul y risueña. Los últimos años de su vida lo veíamos más porque paseaba desde Rioseco hasta Soto todas las mañanas; me imagino que por esas recomendaciones saludables de las bondades del caminar. Era quinto de mi madre; y eso hacía que tuviesen un especial lazo de cariño.No hace tanto que se vieron en el médico, y de algún modo se despidieron para siempre. "Luis ya nun taba bien, le faltaba la energía. Tuvo que coger el ascensor para subir un pisu, él que caminaba como un galgo", me contaba Bárbara. Luis también siempre forma  parte de otros recuerdos más lejanos: cuando lo veía  los domingos que bajaba  con mi padre, asiduo del juego de las cartas en el bar de Arturo, de Rioseco, el suegro de aquel hombre del que era imposible no quedarse con sus ojos del color del mejor cielo. Ni siquiera teníamos coche de aquella. Solo una vespa, que me trae recuerdos de los aires de primavera de la niñez; arropada por unos brazos que en esa época de tu vida representa al héroe protector de todos tus problemas vitales. De ahí que al pensar en Luis también me acuerde de lejanas tardes de tiempos infantiles en que la vida se ve otro color, además de esas mañanas, más actuales, de caminante y del abrazo cariñoso que siempre daba a mi madre con la camaradería y la solidaridad del paso de ochenta largos años, que les enseñaron a valorar lo que de verdad importa.

A Manuel Torre lo conocía menos, aunque sí a muchos de su familia. Sus noventa y tres años le obligaban a una vida menos activa, por lo que se veía ya poco por los caminos del concejo. Pero su nieta, Liliana, con la que más contacto tengo, hablaba  tanto de  "mi güelu", que me hago una idea de cuánto lo estarán echando ya de menos. Por otro lado,  el hecho de que Manuel siempre llevase en su cartera la foto de un amigo, muerto trágicamente en la juventud -hermano de mi padre-, me hace pensar que alguien que no olvida a un amigo después de tanto tiempo era una gran persona.

Por lo demás, hoy es el Día del Padre. "Sácame la licencia de pesca", me decía siempre el mío cuando se aproximaba San José. Y, aunque los dos sabíamos en los últimos años que no la estrenaría, porque los achaques se iban acrecentando y el pescador que se conocía cada pozo y cada piedra del Alba y otros ríos cercanos ya no era el mismo, yo le llevaba su licencia para que la vida pareciese casi igual. Para que aún pudiese soñar con la posibilidad de calzar las botas, amarrar el cesto a la cintura,coger la caña y volver temprano con el botín del pescador experto y agradecido que siempre fue. Primero por necesidad: "¡La de fame que nos quitaron les truches de jóvenes!, decía años después, en el tiempo que ya lo de pescar era para él un encuentro religioso con lo más puro del deshielo, cuando la naturaleza comienza a subir su sangre por cualquier recoveco.

Feliz Día a todos los padres; de los que pocas veces seguimos los consejos, hasta que ese día que nos faltan pensamos: "¡Cuánta razón tenía mi padre!" o "¿qué opinaría mi padre de esto ?". Disfrutadlos aquellos que los tenéis; los que no, habremos de conformarnos con ese puñado de recuerdos que nos hacen conservarlos con vida en nuestros pensamientos y en todos esos lugares por donde quedaron sus huellas de identidad. Las de los hombres nobles no se borran jamás;  se nos aparecen cada día a través de cualquier camino, bajo la piedra de un río, en las margaritas que asoman tempranas por los minifundios coyanes o en otras miradas que nos los recuerdan.Vaya para ellos ese ramo de flores virtual en el que podría escribirse: "A esos hombres buenos".


domingo, 18 de febrero de 2018

Vanidades

De la vanidad, la soberbia y la estupidez humana sabía un cuentu Xuacu, un paisano de por aquí. Fue a raíz de una experiencia vivida con quien habla sido su compañero de trabajo en la mina, y que posteriormente se fue del pueblo para dedicarse a otra profesión. Cuando regresó Colás unas vacaciones, el amigo que seguía con el lagrimal del ojo pintado de carbón fue a saludarlo con un cordial: "¿Qué tal Colás?". Ante lo que el recién llegado le respondió, mirándolo despectivamente: "Colás ya no es Colás. Compárame con un árbol al que un ebanista convierte en un mueble de lujo. Yo soy ahora ese mueble". Acto seguido, Xuacu, se ajustó incrédulo la boina, dio una paciente calada al cigarrillo que había liado y le contestó sin prisa: "Siempre fuisti tontu, pero ahora yes-lo más. Estáte tranquilu, que yo con un mueble nun vuelvo a hablar en la puta vida". Esto sucedió hace muchos años, pero la soberbia y la estupidez siguen su curso. (Puesto que lo que importa es la anécdota y el "delito" ya prescribió hace más de 70 Cuaresmas, en este caso los nombres son ficticios). Por lo demás, ahora toca el deshielo, y las aguas del Alba también siguen su curso, bajando bravas... Buen domingo

sábado, 17 de febrero de 2018

Encarnina

Cuando tienes pocos años, aunque también sucede a veces de adulto, te entra la risa en el momento menos oportuno o en el instante más solemne; fundamentalmente si la prohibición de reír en ese espacio o circunstancia es Palabra de Dios. Por eso, solamente una vez no nos causó ganas de reír -que mal lo pasábamos aguantándonos la carcajada como podíamos, esperando a que la primera en recibir la bronca del cura fuese otra de las compañeras de bancada-,  la voz potente y destacada de Encarna en la iglesia.El día que no nos salió la mueca de la cara fue el domingo, por nuestra adolescencia en la  década de los ochenta, en el que esa mujer se despidió para siempre de sus santos, vírgenes y demás iconos de San Andrés, a los que había rezado con sus cánticos desde que tuvo memoria. Partiría al otro lado del Atlántico, a pasar los últimos años en compañía de su familia, que habían emigrado a Buenos Aires.Nos dio pena -a pesar de que estábamos en una edad que todavía no daba para muchas nostalgias-, que Encarnina ya no volviese a ser la alegría de nuestros días de fiesta en la iglesia de San Andrés: "Adiós oh madre mía, adiós, adiós...", y se nos saltaron las lágrimas y se nos puso un nudo en la garganta como al resto de los presentes. Fue la última vez que la vi.

Cuando piensas en un conocido suelen aparecerte tres o cuatro pinceladas del recuerdo que guardas de esa persona. Esas imágenes no tienen por qué coincidir con las del resto de la gente ni tan siquiera con la propia identidad de ese ser. Pero tu percepción propia te acompaña de por vida. A Encarna la recuerdo siempre con sus madreñes relucientes, que la elevaban del escaso metro y medio que debía de medir, con las mejillas sonrosadas siempre adornadas por pendientes antiguos, que se movían a la par que sus cuerpo cuando bailaba el xiringüelu en la plaza, sin quitar aquel calzado tradicional. También la visualizo con la fesoria trabajando su minifundio,situado en frente de mi casa de Soto. Con una sonrisa eterna y una alegría innata en sus movimientos, parecía que en cada pozo que hacía para echar las patatas no trabajaba, sino que disfrutaba de la faena.

Encarnina vivía en la quintana de Encima el Pueblu, y su mejor amigo era su vecino Antonio, lo que viene a demostrar que un hombre y una mujer pueden ser auténticos amigos, con el que compartía penas, alegrías, problemas cotidianos y algún vasín de vino de tarde en tarde. Devota de corazón, pero de vivir progresista para aquellos tiempos en los que una mujer soltera tenía que amoldarse a unas costumbres con poco margen de libertad, lo único que le reprochaba a San Antonio, su Santo favorito, era que no le hubiese encontrado pareja. Ante esa reflexión, una de sus vecinas de silla en la Iglesia, siempre le argumentaba: "Que Dios nun te dé todo lo que desees, que tás muy bien soltera". "Sí, porque el que nun acierta en casar, ya no i queda en qué acertar",opinnaba otra de las presentes, mientras abría el misal.. Ante tales razonamientos, Encarna sonreía y abría la novena cantando a viva voz: "Glorioso y divino Antonio...". "Habrá que aprovechar lo que el destino depara para cada uno, que todo tiene su parte buena", imagino ahora que estaría pensando la cuidadora de las imágenes, mientras paseaba con garbo por los caminos que la despidieron para siempre, sin haber sabido nunca, tampoco ellos,  la edad eterna de aquella mujer independiente, pequeñina y vital.

jueves, 15 de febrero de 2018

Celia

Celia Carballo vivía en Soto, con la única compañía de sus gallinas y sus gatos -nunca tenía menos de tres felinos-, en una casa pequeña, con portal y corredor. Tenía una parcela en Vayau donde sembraba maíz, patatas, ajos puerros, cebollas y alguna berza, con lo que iban subsistiendo todos los miembros de su atípica familia. También hacía de lavandera cuando alguien la solicitaba. Asimismo formaba parte imprescindible de su vida el imaginario Adolfo, su gran amor y el motor de su existir, con el que se comunicaba vía telepática, y de quien siempre aseguró que habitaba en la luna. Por eso, a la luna miraba mientras le contaba qué había soñado, qué había comido, cuánta cosecha había recogido, los huevos que habían puesto las aves del corral, lo poco que le gustaba la persistente lluvia o lo triste que estaba "Cuquina", la gata blanca y negra con la que más congeniaba. Con una dignidad que se confundía con el orgullo propio de quien no estaba bien del tarro, nunca quiso dar lástima ni recibir limosnas. Traía el bajo de la falda casi siempre descosido, los jerséis raídos, las alpargatas gastadas y las manos agrietadas, pero había en ella un porte diferente. A su manera, Celia era elegante; con esa elegancia que da el ser único. Ademá, era alta y estilizada, y cuando se le veía casi la pierna entera por descuido de su vestimenta, se le adivinaban unas extremidades que nada tenían que envidiar a las de los cuerpos perfectos. Ahora pienso que Celia Carballo no estaba "chiflada", como así lo creíamos sus vecinos y los niños que íbamos a escucharla charlar sola y mandar mensajes de amor al satélite natural. Lo que pasaba era que no la entendíamos. Sospecho que Celia, tras un gran desengaño que se comenta que sufrió en la ciudad en su juventud, decidió protegerse con su soledad, su imaginación y sus únicas herramientas para sobrevivir: sus dos brazos. Aprendió a no necesitar del prójimo, a no hablar de sus problemas, a prescindir de adornos materiales, a hablar el idioma de otras dimensiones y se hizo un paraíso incomprensible para el gran público. Empiezo a pensar que tal vez fuésemos más infelices el resto de los habitantes del pueblo porque ella no esperaba nada de nadie, al tiempo que tenía muy poco que perder. Aprendió a sacarle jugo a la soledad. Le perdió el miedo a los juicios, a las burlas, a las opiniones ajenas, a los fracasos... Incluso se permitía mirar y hablar con cierto desdén e ironía a quien osaba cuestionarla. Algunas noches claras, miro a la luna y le digo, mientras mis gatos me observan: Ya te entiendo. 

jueves, 8 de febrero de 2018

Carmen la de Santos

Cuando llegó la noche del mismo día en que Carmen, que vivía en la quintana de El Caalón, se casó con el casín Santos, éste le dijo: "Carmen, yo voy hasta el chigre a tomar daqué con to padre. Tú vete pa la cama cuando acabes de fregar los cacíos". Carmen, mujer de carácter festivo y fuerte, exclamó para sus adentros: "¡En eso taba yo pensando!". Terminó de secar el último plato de la media vajilla, de segunda mano, que le habían regalado para su boda, volvió a adornarse con los recién estrenados pendientes de azabache, se puso por los hombros la toquilla negra, calzó "les madreñes", y salió rumbo a la taberna. 

Cuando llegó al destino prohibido para las hembras de entonces, una docena de paisanos, entre ellos padre y yerno, la miraron boquiabiertos. Se sentó en el único taburete libre, en una esquina donde divisaba el paisaje de dentro y de fuera, y pidió una copina de anís. La bebió despacio, opinó del tiempo que amenazaba tormenta, ayudó al tabernero -algo rudo- (un pucu pollín, que diría Carmen),  a echar una cuenta que se le había trabado, descalzó el pie derecho para sacar unos reales que llevaba escondidos en las zapatillas de fieltro con pompones negros y pagó su consumición. "Padre, Santos, cuando queráis marchamos pa casa", dijo con naturalidad. "Vamos, vamos", respondieron al unísono los dos paisanos. 

Desde aquel día, su marido, con el que tuvo una vida bastante feliz a pesar de los preámbulos, la invitaba siempre a acompañarle a los lugares de ocio. Ella, haciendo uso de la libertad que había conquistado, iba o no.

miércoles, 31 de enero de 2018

Si buscas milagros mira: San Antonio el del Campu Xuan

Continuando con las pérdidas, con los milagros, con los deseos... sí, a veces, somos tan incoherentes que, aún declarándonos ateos convencidos, nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena o de San Antonio cuando no hay forma de encontrar algo perdido. Por eso, nos delatamos pidíendole a nuestro vecino más milagrero, cada quince días más o menos, que nos encuentre las llaves del coche, una sortija, las gafas que la presbicia no perdona, unos impresos para presentar en la administración pública o una camisa del invierno pasado que no aparece por ningún armario. Por eso, pedmitidme confensar que creo que San Antonio, concretamente en el que vive en la capilla del Campu Xuan, hace milagros.

Después de buscar media tarde una cosa, acabo sucumbiendo e implorando al cielo:"Cinco euros a San Antonio si me encuentra el DNI" .La oferta monetaria suele ir en proporción con el valor de lo perdido.Por ello, los despistados, entre los que me incluyo porque llevo el gen de los Hevia, casi que tenemos que dedicar una renta a lo encontrado por "el glorioso Antonio", que dice la canción que le dedican en la procesión que le pasea desde San Andrés hasta su capilla habitual, previo viaje en coche (hasta los santos se acomodan)  una semana antes a la iglesia para ofrecerle la novena anual.

No os engaño si cuento que una lista considerable de objetos aparecieron por casa pocos minutos después de la oferta al Santo. Llevábamos buscando todo la mañana el mando de la tele, imposible de programar sin él. Durante la tarde lo buscamos otro rato más y, ya llegada la noche, nos rendimos y recurrimos al Santo. "Dos euros a a SaAntonio (así se dice en el idioma autóctono) si aparece el mando. Un segundo después, meto la mano en una esquina tras el cojín del sofá, por donde ya habían pasado dedos, y allí estaba el objeto extraviado. Esta es una de tantas anécdotas que tengo entre los hallazgos pedidos al nacido en Padua, pero del epicentro de Soto de Agues de toda la vida (cosas del don de la ubicuidad de los divinos). Sin embargo, el favor más agradecido fue cuando recuperé una sortija de oro; el primer regalo, y por eso el más especial, de ese ingenuo e incondicional amor de juventud, que en la actualidad sigue siendo mi otro "santo". Había ido con mi madre y una amiga a llevar unas ovejas a una finca cercana al pueblo. De vuelta noté que se me había caído el anillo. Retomamos de nuevo el camino a la inversa, pero nada relucía por allí.A punto de tirar la toalla, Bárbara -mi madre- jugó la última baza, ofreciéndole no sé que pesetas (A San Antonio no le quedó otra que adaptarse ahora a la nueva moneda, como anteriormente hubo de aprender a convertir los reales), removió un poco la hierba del prado y allí estaba mi sortija con su perlina azul.

Podría estar enumerando muchos más hallazgos, previa oferta favor por nuestra parte a San Antonio. Porque, eso sí, tienes que darle lo ofrecido; de lo contrario te arriesgas a que vuelva desaparecer. De ahí que en Soto digan que "ye muy interesau". Por ese motivo, hace apenas tres semanas, le aconsejé al encargado de una obra que buscaba su móvil-oficina, desesperado desde hacía día y medio, que le ofreciese algo de valor a San Antonio. Al llegar a casa esa misma tarde, me contó que tenía un aviso a su teléfono fijo de que el teléfono había sido depositado en la comisaría más cercana.

De cuando en cuando también se nos cae el mito. Si no que se lo digan a Rosario la Coxa, una vecina del pueblo, que hace mucho tiempo fue la encargada de cuidar una vaca que le habían dado en ofrenda a San Antonio. Pero el animal acabó muriéndose. Ante el acontecimiento, no se le ocurrió otra cosa que dar "unos gillaazos" al patrón. "Mentecatu, si nun cuides lo tuyo cómo vas a cuidar lo de los demás", dijo la mujer según cuenta  la historia oral de los cuentos antiguos de mi aldea.

El caso es que poder bajado del cielo, sugestión, casualidad, destino, telekinesia o aleteo de la mariposa, cuando pides algo a San Antonio al tiempo que le ofreces otra cosa, lo perdido suele aparecer de inmediato. Aunque seguramente habrá personas, cosas o hechos que no queramos volver a encontrar jamas... Entonces habrá que recurrir a la Santa Rita, la de Boroñes,  abogada de los imposibles; quien tampoco concede nada gratis por aquello de que no hay rosa sin espinas.O quizás al Cristo de Tanes ante el que, con la Magdalena tan cerca, confirmando aquello de que "detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer", no hay incrédulo que se resista.

En definitiva, que pocos se escapan a "la fe del carbonero", que es la del por si acaso o la del por pedir que no quede, porque a veces sucede lo extraordinario...




martes, 23 de enero de 2018

Flor


La primera vez que Flor subió a un avión ya había pasado más de la mitad de su vida. Viuda desde muy joven, no quería ni oír hablar de la posibilidad de echarse un nuevo compañero; testaruda y fiel a esa mentalidad de antaño de ser leal a un solo hombre, aunque se hubiese quedado sin pareja  a medio camino de su juventud. Pero no se negó a  la aventura de volar, porque a ella no había circunstancia que la amedrentase.

Aquel inolvidable viaje en avión, en el que atravesaría el océano -para una vez que viajaba que fuese de verdad-, Flor se reencontraría con algunos de sus familiares más cercanos que habían emigrado a la Argentina. Por San Antonio, y desde que se trasladara valle abajo, siempre regresaba a Soto dÁgues a pasar unos meses en la aldea donde se había casado, y en la que transcurrieron muchos años de su vida, cuidando de su familia y aprendiendo a coser a varias generaciones de mujeres del pueblo. Era cuando nos repetía su aventura en el vuelo a través del Atlántico. Y todos los veranos la escuchábamos con la boca abierta, aunque nos supiéramos la historia de memoria. Porque ella, mujer de palabra fácil y vehemente, tenía el poder de acaparar la atención. De este modo, sentada muchos  atardeceres de verano en el banco de madera de El Caalón, de la Plaza del Campu Xuan o en el de su anteojana de La Sapera, la costurera nos narraba por penúltima vez:

"Tocome ir sentá en el avión junto a un señor de muy buena presencia. Ensiguía entamamos conversación, porque los dos éramos entreabiertos y, como el que non quier la cosa, contei la mio vida", comenzaba su relato esta mujer que tenía algo de lo que en la era digital se le viene llamando Influencer.

Así, Flor, nacida en el pueblo casín de Coballes, y casada con un coyán de Soto, apenas despegó el vuelo comenzó la historia por el día en que ella y su más de media docena de hermanos, la mayoría hembras, se quedaron huérfanos de madre siendo muy jóvenes. Su padre, un hombre nada machista para aquellos tiempos, y convencido de que aquellas mujeres eran capaces de hacer cualquier trabajo, les dio todo el poder a sus hijas que hicieron y deshicieron a su antojo; algo así como la novela de "Mujercitas", pero en versión paterna. Flor se especializó en la costura, que sería su profesión futura. Con el tiempo, el progenitor se casó de nuevo y tuvo otro puñado más de hijos, más los comunes del matrimonio. Con lo que juntaron 18 descendientes. Por la seguridad con que la modista lo contaba, creíamos al pie de la letra que se llevaron estupendamente entre los hermanos y los hermanastros, protegiéndose y cuidándose, porque la diferencia de edad hacía que muchos de ellos hiciesen la función de padres y madres.

Cuando Flor se casó con Emilio todavía era muy "jovencina". Habían pasado muy pocos años cuando ya enviudó y se quedó con su única hija y su suegra María; una mujer de remango, que pasó por la tragedia de perder otro hijo, su nuera y una nieta en un accidente de tren en Buenos Aires. Las dos tenían un carácter fuerte y un personalidad con la que pocas personas se atrevían a jugar, pero dotadas, además, de la suficiente inteligencia emocional  para que la convivencia transcurriese en armonía hasta que la abuela murió

Con un lenguaje a medio camino entre el habla de Casu y la de Sobrescobio, y una espontaneidad propia de una mujer que había aprendido a nadar en la dura escuela de la vida, sin perder la claridad de las palabras ni la seguridad de quien lidió con tareas de todo tipo, cruzaron el charco sin que al interlocutor le hubiese acudido la fobia a volar, ni  se le hubiesen entumecido las piernas tras tantas horas de vuelo.

Al despedirse, el anfitrión les dio su dirección y su teléfono, y le hizo saber a la modista que había pasado un viaje encantado con las historias de una mujer tan auténtica y luchadora. "Bueno, yo me despidí con educación, pero segura de que non lu volvería a ver más en la vida", explicaba Flor.

Unas semanas después de su estancia en Buenos Aires, sus familiares las llevaron a un lugar muy turístico del país, y en el primer restaurante que fueron a comer se encontraron con el pasajero del avión y su mujer, "que nos miró como si hubiese visto a Dios", recalcaba la casina.

Durante los días que pasaron en aquella estancia paradisíaca, Flor y sus acompañantes tuvieron todas las atenciones y facilidades del anfitrión que conoció en el vuelo, ordenando a sus empleados que las tratasen como a  invitadas de honor. Porque resultó ser que aquel "paisano", al que contó su vida mientras volaban, era un acaudalado terrateniente, encantado con la sorprendente vida de Flor, y su peculiar manera de narrarla en positivo.

Me dio por recordar a esa mujer que tenía la risa tan contagiosa como inquisitiva la mirada, porque vi una foto que hice de su pueblo natal. un invierno de nieve. La imaginé paseando con su cojera congénita; inconveniente que no le impidió nunca "bailar como la que más en les romeríes y echame uno de los mozos más curiosos (elegantes) del pueblu".

De la manera que Flor contaba sus historia, uno se imaginaba que debían de estar deliciosas aquellas tortas de harina de maíz con leche de sus vacas casinas que preparaban para desayunar, que tenían que sentar de maravilla los pantalones que hacía para sus hermanos durante las horas que le dejaban libres las tareas de cocina y limpieza -me creo que las tablas de madera de sus casas de Coballes, primero y de Soto de Agues depués que repulían con arena , brillasen como el parqué más sofisticado-, y que los vestidos que llevaban a las fiestas patronales las chicas  de la familia, las hiciesen parecer las princesas que comenzaban a aparecer por las revistas que caían de cuando en cuando por sus manos.

No es de extrañar entonces que todos los veranos quisiéramos oír la historia de su vida, y aquella vivencia rumbo a Buenos Aires, que contaba como si tal cosa. "No niego que aquel señor tuviese munches perres, pero yo non i cambiaba lo mio vida, porque fuimos felices a pesar de los apuros económicos y de les coses males que nos tocaron", decía; recordándonos que algún verano habría de faltarnos en las tertulias porque su vida ya estaba en tiempo de descuento. En efecto, un año ya no volvió por San Antonio y, meses después, nos enteramos que se había ido para siempre. Sin embargo, algo de su "resilencia" continua pululando por aquellos lugares donde dio tantas puntadas e hilvanó tantas historias.



domingo, 14 de enero de 2018

La llamaré Esperanza

La llamaré Esperanza, pero podría ser María, Sol, Rebeca, Aurora, Valeria o cualquier otra, porque la historia es real y el nombre inventado. Tiene 40 años y un trabajo sin determinar. Licenciada en Ingeniería Medioambiental, las circunstancias sociales, familiares, laborales o todas juntas a la vez no le fueron propicias para un trabajo estable y bien remunerado. Reparte su tiempo atendiendo a su familia: tres hijos, un marido y cuatro personas mayores de 80 que también requieren su atención. Se levanta a las seis de la mañana -podría levantarse a las seis y media, pero necesita ese trozo de amanecer para saborear el primer café ella sola-. A lo largo del día hace de asesora de moda, de costurera, de sicóloga, de enfermera, de mediadora, de cocinera -incluso hace unos dos años tuvo que especializarse en comida para celiacos porque la alergia del momento llegó también para algunos miembros de su familia-, de limpiadora, de maestra, y si hay suerte, se realiza en algún trabajo que le llega de cuando en cuando y mal pagado, relacionado con su profesión. Hasta hace sus pinitos, en tardes de inspiración, escribiendo poemas en una libretita rosa palo que siempre lleva en el bolso, perdida entre el amasijo de objetos que "conviven" en el mismo. Se la compró un año por las rebajas en esa tienda barata, con apariencia de cara donde solemos comprar "las que queremos pero no podemos porque gustos buenos solemos tener, aunque no dinero", que dice Pilar. Algunas veces -me cuenta como un secreto a voces que esos momentos son para ella una Religión-, Esperanza queda con sus amigas y amigos para "desembrutecer el alma", y se permite darse un capricho en forma de libro u otros objetos más mundanos, sin dejar que le cale el sentimiento de "no me lo merezco". A las diez y media de la noche, como mucho, no se va a dormir, directamente se desmaya en la cama. Está mentalizada de que cada uno debe de aprender a torear con el enfoque más positivo en la plaza que le toque en la vida, pero lo que le revienta y trata de zanjar con argumentos que no dejan duda, un día sí y otro también, es que le digan: "tú como tienes tiempo...", o puede ser peor, sucede cuando le oreguntan: "¿Tú no trabajas?", a lo que ella responde con un contundente: "¡¿Perdona?!". Buen sábado, por aquí dicen que "esta inverná espera otra". Por lo demás, Esperanza nunca libra de fin de semana, pero entre sus propósitos especiales para 2018 está el negociarlo.