Esas pequeñas cosas...

miércoles, 8 de febrero de 2012

Palabras para Emy



"La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado"
(
Gabriel García Márquez)









Muchas veces sueño que aún andas por aquí. Será porque los rincones que todavía siguen en pie me llevan inevitablemente a la memoria de nuestras aventuras infantiles, de nuestra adolescencia y de las primeras vivencias de juventud. Esas etapas de nuestras vidas pusieron un sello inolvidable a las memorias comunes paseando por los caminos de Soto y Agues, y por los senderos de esos montes que rodean nuestro pueblín, en los que tanto nos gustaba aventurarnos. "Mañana vamos a subir  a Picu Cuitu, el próximu sábado a Feleches, pa el mes que vien a Prieya y en Semana santa vamos llegar hasta Llaímu", solíamos programar para nuestros itinerarios de excursiones juveniles.

Tengo presentes de forma especial los años cargados de ilusiones, primeros amores y proyectos futuros de aquella crédula juventud, cuando los rasgos de cada personalidad comenzaban a definirse. La tuya era segura e imaginativa, pero al mismo tiempo ingenua y confiada, algo así como tu piel blanca -que te empeñabas en oscurecer con cada rayo de sol- y tus ojos claros, que contrastaban con una forma de ser directa y contundente.

Por los datos que tengo habías logrado muchos de los sueños que poblaban tu imaginación cuando siendo niñas jugábamos a que éramos aquellas mujeres perfectas  que nos seducían desde las revistas juveniles que tanto nos gustaba leer. No hay nadie perfecto te diría ahora, ni siquiera ellas, sólo personas que intentan volver del revés los contratiempos para retomar la vida y las que no son capaces de lograrlo. En la televisión de tu casa del corredor azul vimos los primeros programas del novedoso aparato, embelesadas con los Chiripitifláuticos, Crónicas de un Pueblo y el Un, Dos, Tres. Fuiste nuestra pionera con los Lois, los entrañables discos de Cecilia, Los Pecos y Miguel Bosé.  Muchas veces me sorprendo ahora mirando de reojo la ventana de tu habitación  en la que todavía me parece percibir las notas de aquella balada tantas veces escuchada en tu "deseado" tocadiscos (...libertad mi sola amiga cuando era un inocente y pensaba que la gente era toda amiga mía. Mi libertad...). Eras también quien nos acercaba a los aires urbanos que traías de la capital cuando los fines de semana nos encontrábamos en aquel banco de piedra que aún sigue en pie, donde comenzábamos a formar la pandilla de adolescentes que buscaban rincones alejados de las otras generaciones que nos vigilaban de cerca .

De la psicóloga y la mujer en la que te convertiste han hablado ya quienes compartieron tu presente más cercano. Los que te apreciábamos nos sentimos orgullosos de los numerosos elogios póstumos hacia tu vida personal y profesional. ¡Cuántas palabras de aprecio y admiración quedan por decir a quienes amamos!.

Paseabas cogida del brazo de tu madre la última vez que nos vimos; un soleado día de las fiestas del Carmen. El orgullo  y el amor que esta mujer menuda y afable reflejaba en su cara corre proporcional ahora al terrible sufrimiento que le provoca tu ausencia. Parecías feliz y el mágico color rojizo que saca la puesta de sol a la peña Cuyargayos para nada hacía presagiar el trágico final; que marcó un antes y un después en mi percepción de la violencia de género. Se te veía guapa con aquella melena rubia aún juvenil, tu pantalón blanco y tu camisa rosada.

De la mejor forma que sé te rindo mi sentido homenaje. A él  me han conducido los testimonios fieles que aún conservo de épocas irrepetibles: las cartas que me enviabas desde tu internado en  Oviedo y algunas fotos de instantes atrapados en el tiempo; así como las anécdotas compartidas con las amigas comunes, que en estos días de duelo nos reconforta rememorar.


Al final, tu príncipe fue tu verdugo, pero me quedo con tu añoranza en alguno de esos lugares exóticos a los que tanto te gustaba viajar,  descubriendo Xanas por las aguas cristalinas del paraíso fantasioso de nuestros primeros años o, tal vez, en las notas de aquella guitarra de la que también fuiste nuestra precursora. Ahora miro de reojo la ventana de tu habitación, pintada de rosa chicle, y me parece que el tiempo sigue ahí detenido. A modo de oración repito una popular frase de Esplendor en la hierba, aquella  película que a ti te encantaba: "aunque ya nada pueda devolver la hora de esplendor en la hierba y de la gloria en las flores, no hay que afligirse, porque la belleza pervive siempre en el recuerdo". Hasta siempre, Amiga, "qué dulce y qué sencilla esa palabra suena hoy", que dice la canción.