Esas pequeñas cosas...

jueves, 16 de abril de 2015

El palacio de cartón

Iba sentada en  la hilera opuesta, y dos asientos por delante del suyo.Le llamó la atención su larguísima melena canosa y rizada, casi blanca, la falda de colores chillones hasta los pies, que calzaban unos zapatos asimétricos de charol negro, atados en un un lazo enorme. Tendría unos setenta y cinco años y la piel morena. Unas arrugas profundas en la parte que se dejaba ver de su rostro y unas manos huesudas sin un solo adorno. Los pendientes largos,de color azabache era toda su coquetería femenina. Se desprendía, pese a la ausencia de juventud y cuidados, una rara belleza en toda ella.

Comenzó a escribir, ajena a sus compañeros de viaje y a sus miradas. Consciente, sin embargo, de que su presencia despertaba curiosidad. "Dieciséis de Abril de 1985", adivinó, más que leyó el pasajero, en el diminuto cuaderno de tapas rojas.. Todavía le quedaban cinco paradas para llegar a su destino y la imaginación empezó a volar. Hubo de ponerse las gafas para la presbicia, y lamentó no haberse sentado dos sillones más adelante porque presentía que bajo aquellos trazos de líneas casi transparentes se fraguaba una de esas historias dignas de ser contadas.

Dos señoras cargadas de bisutería comentaban tras su asiento  lo mal que sabían esta temporada las fresas, en la emisora de la radio sintonizada en el transporte público hablaban de El libro del abrazo,de Galeano,  y en los carteles publicitarios que íban dejando atrás modelos de sonrisa perfecta y cuerpos casi andrógenos anunciaban el cambio de temporada vestidas de amarillo y rosado...

Sorprendentemente, la dama de la falda de colores había escrito las primeras frases, tras la fecha,  tan firmes y claras que hubiese leído aquellos renglones hasta el pasajero del último asiento: "Hoy hace 35 años que conocí a la persona que llenó mi vida de motivos e ilusión. Siete años después desaparecieron con él todas mis posibilidades de ser feliz. Nos encontrábamos todas las mañanas del domingo en el mismo banco del parque.Él leía el periódico y yo escribía poemas. Nunca supe su nombre, nunca supo él cómo era mi vida. Nos bastaba con saber que cada cocho días regresaríamos allí. Pero una mañana de Abril ya no volvó .Desde entonces solo deseé la muerte, pero no sé cómo se muere de amor...

Apenas le quedaba al curioso pasajero una parada para bajarse. Pero Hacienda podía esperar. No podría alejarse con la curiosidad de admirar ese caserón antiguo en el que debía de vivir aquella mujer con aires de duquesa, a pesar de la ausencia de cosas caras en su atuendo. Aquellos profundos ojos negros, bajo unas cejas de líneas perfectas no podían proceder de un sitio vulgar. Tampoco su nariz ligeramente aguileña, sobre unos labios todavía bien dibujados, que apenas dejaban entrever unos dientes blancos y bien alineados aún,  porque de vez en cuando medio sonreía mientras que mordisqueaba su lapicero.

Se bajó en la penúltima estación del recorrido. Anduvo segura los pocos metros que la separaban del soportal de la entidad bancaria y se sentó sobre un cartón, tan segura como quien conoce un lugar.  Caminó incrédulo tras ella. Se paró disimuladamente a mirar un escaparate contiguo al palacio de cartón, y por el rabillo del ojo vio cómo la mujer del cuento que surgió en un autobús continuaba escribiendo.Unos metros más abajo, sobre un banco solitario, las flores de un cerezo anunciaban un año más la primavera.