Esas pequeñas cosas...

domingo, 10 de diciembre de 2017

Aires de Advientu

En las fechas cercanas a la Navidad, Dulia se ponía a "frañir ablanes turraes" para hacer "les casadielles". Poco importaba que no supiese leer ni escribir, ni siquiera entender el reloj de pulsera que le habían enviado unos parientes desde México. Con mirar al cielo sabía que eran las siete de la mañana, y que faltaban unas dos semanas para que llegara la Noche de juntarse toda la familia. Tampoco se equivocaba si la dirección del viento anunciaba lluvia, nieve o sol. Por lo demás, no estaba del todo convencida de que, en la medianoche de otro Diciembre, una mujer hubiese parido un niño que sería el hijo de Dios, porque su experiencia le decía que los milagros tenían siempre trampa.  

Además, Pelayo, de los pocos que sabían leer en la aldea a finales de 1800, y con quien compartía colchón de "fueya" alguna madrugada, le había explicado que en Belén ni siquiera nevaba. Sí, el amigo erudito había sido su verdadero amante, a pesar de que era la única persona que no le adjudicaban las malas lenguas; las mismas que suponían, entre dimes y diretes, que bañarse en la Plana de Sabina ligera en enagua, conversar con amigos hasta la madrugada o beberse un vasín de vino dulce en el chigre,  no era propio de una mujer decente. Aquellas opiniones a la lavandera, que tenía las yemas de los dedos gastadas de tanto frotar en las piedras de la Riega de Limueria, por lavar la ropa de varias generaciones de familias numerosas, le importaban más bien poco, y seguramente suscribiría la famosa frase de Bob Marley: "Si te hizo feliz, no cuenta como error".

Aún así, entre incredulidades e incoherencias, la mujer que dejaba la ropa impoluta por míseros salarios, admitía que era guapo lo del Nacimiento cubierto de escarcha, con ricos y pobres conducidos por una misma estrella, que se presumía que brillaba igual para todos. Ella, cuyas hábiles manos sí que eran capaces de convertir el agua en vino, hacía su propia decoración de la liturgia con paja y "panoyes". Era la única tía soltera de una gran familia, y se empeñaban en reunirse en su casa porque decían que olía a "Navidá". Tal vez el motivo del preciado aroma fuese que su chimenea -tan vieja como las piedras "afumaes" de toda la estancia-, jamás se apagaba en invierno, porque cocinaba el arroz con pollo tan lento como exquisito o porque contaba las historias más mágicas. Pero quienes ahora nos cuentan lo que les contaron, resaltan el atractivo de su risa franca, espantadora de penas, y su compañía seductora.

Dulia solía decir que a las tristezas -es posible que almacenara tantas como arrugas es su cara tempranamente envejecida- no había que alimentarlas. Enfín, fácil de imaginar a Obdulia Iglesias entre esa clase de seres humanos "que te abraza y te reinicia" -haciendo uso del actual lenguaje digital-, con el mismo poder fantástico que los aires eternos de "advientu". Por eso, todos reservaban "tayuela" alrededor de su fuego, al menos una vez al año.