Esas pequeñas cosas...

domingo, 20 de mayo de 2012

¿A dónde irán las cosas que se pierden?


"Dichas que se pierden son desdichas más grandes". (Calderón de la Barca)

Hay quien dice que son los trasgos, aunque  tal vez solo sea que hay temporadas en las que te dispersas de manera especial con las cosas materiales. Ya sabéis, los estrógenos, las hormonas, las circunstancias, el tiempo... Yo que sé, el caso es buscar un culpable para el despiste.  Llevo tres días buscando un zapato del pasado verano. Estoy a punto de desistir porque no me queda ningún rincón de mi pequeño piso donde mirar. Dada como soy a deshacerme de lo inservible seguramente se habrá ido en alguna bolsa del reciclaje. Pudiera ser que al mismo lugar que la camiseta de algodón azul de mi hijo mayor, ya tres meses desaparecida, o el  penúltimo recogedor de mano que adquirí en la tienda oriental.  Mi amiga Marta anda buscando todavía el huevo cocido que perdió hace unos días en su cocina de muebles metalizados. Por su parte Ana continúa boquiabierta tras el hallazgo de su monedero destinado a la calderilla ligera el día que descongeló su frigorífico. Tarea que lleva a cabo meticulosamente el primer lunes de cada tres meses. 

Me consuela saber que mi casa no es el único hogar donde desparecen objetos varios: prendas íntimas, cucharillas, llaves, tapas de los recipientes herméticos, facturas, tickets de compra, cortauñas, pinzas de depilar, gafas... Una larga lista de enseres, de entre los que se llevan la palma los calcetines .Quien no tenga o haya tenido algún calcetín desparejado que tire la primera piedra. Se les va apartando en un ladito de la cajonera por si llegara aparecer su otro gemelo. Hasta que llega el momento de retirarles definivamente de la circulación. El capítulo de hoy se centra en los bienes que fundamentalmente perdemos dentro de nuestros domicilios particulares porque la lista se haría interminable si atendemos a lo que se extravía en general. "¿Vienes tú?",suele preguntarme el padre de mis hijos cuando emprendemos viaje. A buen seguro que algo menos humano he de perder siempre para alimentar mi fama.

En esa edad madura en la que algunos hombres y otras tantas mujeres sucumben a la necesidad de atrapar la atención  sexual de alguien con bastante menos años, el tío carnal de una de mis confidentes llegó a casa sin su dentadura postiza. En didícil, si no imposible, se convirtió la película inventada para narrar la pérdida a su atónita familia. El verdadero guión fue que había estado pasando una juerga con un amigo y dos jovencitas en la playa, mientras su esposa confiaba en que estaba trabajando. El azar de una ola enrevesada le marchó con su carísimos dientes que, lógicamente, nunca aparecieron.  

Santos, seres mitológicos (en Asturias los trasgos se llevan muchas de las culpas de los extravíos del material casero) y otros entes a medias entre las creencias y la imaginación, son invocados cuando la búsqueda de bien se vuelve una misión imposible.  "Cinco euros a San Antonio si me aparece el abanico".  "Al calvario subiste, el breviario perdiste, Jesucristo se lo halló y tres voces te dio ¡Antonio!, ¡Antonio!, ¡Antonio!, da tres pasos para atrás y al niño Dios te encontrarás, y tres cosas le pedirás: que lo perdido sea encontrado, lo olvidado sea acordado y lo ausente que sea presente". "San Cucufato, San Cucufato, te ato los huevos al trapo. Hasta que no me encuentres (nombras el objeto perdido) no te los desato", son algunas de las letanías procedentes de la tradición, a  las que nos agarramos como a un hierro ardiendo ante la necesidad de localizar algo.

Es posible que pasado el tiempo un buen día se encuentre el anillo de compromiso con nuestra primera pareja la soleada tarde en que estamos desmotando la casa que durante unos años se ha compartido con la segunda. Un alto porcentaje de "desparecidos"  no volverán a caer jamás en nuestras manos. La parte positiva de su infructífera búsqueda será que aprovecharemos para organizar aquellos rincones en los que hemos husmeado; abandonados a su suerte desde tiempos indefinidos. Y en ellos tal vez encontremos algún tesoro de cuya búsqueda habíamos desistido. Se celebra como si te hubiese tocado una cifra importante en la lotería  cuando encuentras un billete de 50 bien dobladito en el bolso de una chaqueta pasada de moda que se moría de aburrimiento en el fondo del armario. Y,además, no  tienes que pagar el 20 por ciento al Estado

Hasta el olvido más inexplicable tiene recorrido y destino cierto. Por eso no tomemos a la ligera cuando alguien nos diga: "si me pierdo que me busquen aquí". Al igual que nuestras prendas y esas otras pertenencias materiales, muchas personas necesitamos perdernos de cuando en cuando, aunque volvamos rápido para no dejar nuestro calcetín desparejado. Me viene a la memoria una canción sobre esas otras pequeñas cosas no contables que se pierden por no haber sabido protegerlas en el momento adecuado: " ...A  dónde se va ese abrazo si no llegas nunca a darlo. Dónde irán tantas cosas que juramos un verano....". 

No se me pierdan.