Esas pequeñas cosas...

martes, 2 de diciembre de 2014

Mensaje en una caja de latón


Aunque 25 años no es nada, en lo escrito en un trozo de papel doblado entre un montón de fotografías -algunas centenarias- el tiempo ya ha podido teñir de sepia el fondo de un mensaje que no tiene más importancia que la perspectiva que puede dar el paso de los años. Una caja de latón que antes sirvió de envase a cinco kilogramos de dulce de membrillo ha sido el refugio de aquellas, algunas de tantas, que garabateaba cuando la existencia de Internet  para hacerlo más público era un futurible con una repercusión difícil de imaginar:

"Cuando lean esta historia ya habrá pasado un cuarto de siglo Acabo de leer el último renglón de los Cuentos de Eva Luna. Así comenzaban:

- Cuéntame un cuento - te digo.
- ¿Cómo lo quieres?
- Cuéntame un cuento que no le hayas contado a nadie".

Eva Luna comenzó el primero de sus mágicos e hipnóticos relatos, mientras Rolf Carlé descansaba a su lado tras haber hecho el amor.

Así fue como conocí a Belisa Crepusculario, cuyo oficio era vender palabras, que hechizó al Coronel con dos palabras redentoras que llevaba siempre consigo. El potentísimo poder secreto y callado de las palabras.

También me encontré con Elena Mejías, una niña perversa que pasaba desapercibida, en la que nada hacía sospechar la "criatura apasionada que en verdad era", que en su despertar sexual se enamoró siniestramente del amante de su madre. Los instintos más profundos no se pueden evadir).

 Me hubiese gustado ser la autora de alguno de esos cuentos y escribir muchos otros  a medio camino entre la imaginación de los grandes escritores y mi fantasías. No alcanzo a verme con la cincuentena a la puerta, y sin embargo entiendo que, si llega, habré vivido lo suficiente para aprender cosas que sólo los días pueden enseñarme...".

Tras leer las ingenuas frases en el el papel ya amarillento comenzó a sonar la melodía de Para Elisa. Flotando entre esas notas,  el retrato de un grupo de jóvenes tarareando a  Richard Clayderman, que sonreían por la proximidad de unas navidades con el matiz  diferente de la ilusión que hace estrenar una vestido de fiesta para despedir el año cuando  se tiene toda la juventud por delante. Lo de menos era que tuviéramos que regresar a casa apenas dieran las doce campanadas o que los tacones no fuesen de la altura más adecuada para evitarnos unas buenas ampollas el día después. Apenas significaba nada tampoco que la vida para muchos otros ya no tuviese tanto atractivo, porque nosotros y nosotras creíamos que la nuestra sería diferente.

La capacidad de creer en lo mágico de la realidad sigue intacta en ese arca de metal en la que conviven varias épocas: Allí siguen compartiendo moda los primeros pantalones de nuestras madres, las faldas largas de nuestras abuelas que les añadían décadas a su juventud, las camisas almidonadas de los bisabuelos con el pelo engominado y el bigote bien dibujado para la foto y los aires de progreso de las fotos de escuela de la efímera República. El color se apunta tímido en algunas "semeyas" que se confunden con las postales que se enviaban entre los amigos en épocas especiales; algunas pasadas de mano a mano porque la distancia del destinatario apenas era de diez metros.

También cartas. Ya nadie las escribe, al menos por la vía ordinaria del papel, el sello, el remitente y el destinatario.Su fecha y lugar arriba a la izquierda, aquellos encabezamientos, más o menos pomposos y las despedidas con un atentamente, con todo el cariño o el te quiero más sincero. Las de sentimientos deberíamos seguir enviándolas, aunque fuese a nuestros propios hogares. ¿Cual sería la cara que pondríamos si un martes cualquiera a nuestro buzón llegase una carta de amor o amistad en lugar del puntito chillón que esperamos encontrar en el avísame de cualquiera de nuestras redes sociales?. Se vive tan deprisa ahora que apenas sacamos la sustancia del mensaje. Las noticias se hacen viejas demasiado rápido y el olvido camina paralelo a la avalancha de información, aunque paradójicamente la capacidad de memoria de los espacios en los que en la actualidad almacenamos nuestros recuerdos sea inmensa

Como si de una bola de cristal se tratase, sigo rescatando de entre esas cuatro paredes de hojalata panoramas  de una  aldea donde los caminos eran de barro, convertidos en un paisaje de charco cuando llovía. Las casas se ven más bajitas y las montañas más altas. Y si miras con lupa es una esquina de la plaza nevada un niño desenvuelve el revoltijo de caramelos que los Magos le han dejado como el regalo más preciado. Más alejadas las manos curtidas de una mujer que sujeta con habilidad un enorme barreño de ropa sobre su cabeza. A poco que me esfuerce me llega el aroma a vino blanco que muchas mujeres se tomaban  calentado con azúcar para hacer más llevaderos los fríos de una época. Más cercano todavía ese otro olor a vino peleón y Anís del Mono que daban el ambiente singular a la taberna del pueblo; punto de encuentro que hacía las veces de centro comercial, donde convivían en armonía las sardinas salonas, el aceite a granel y el harina de maíz en pesados sacos. Por la calle principal, desfilan también las primeras minifaldas y aquel único coche de un indiano que regresó con artilugios nunca vistos.. Tras un ventanuco que adorna una de las casas de piedra de cimientos indestructibles, se adivinan los gritos desgarrados de una mujer condenada a un mal parto y los silbidos de un joven de la quintana llamando a sus cabras, ajeno al sufrimiento que tiene tan cercano.Tras el aserradero,  uno de tantos Juanes emplea sus brazos fibrosos, cubierta su cabeza con una boina muy gastada, en la preparación de una tabla tabla de castaño para el alero de su tejado. En un recoveco de la vereda de la montaña más cercana, se adivinan las siluetas que conformarían una de tantas historias de amores eterno, por prohibidos. No sé cuándo ni con qué pretexto,una hoja de acebo se ha colado entre esos tiempos superpuestos; señal de que la vida continúa.

Ni rastro aún de ordenadores, móviles, consolas ni bicis ultra ligeras en la memoria comprimida del mensaje de la caja de colores desdibujados. Únicamente, como nota de modernidad,  el más famoso poema de Rudyaed  Kipling -"Si"- escrito a máquina por un par de amigas para ese cumpleaños que se aproximaba tras la fiestas de invierno.

La cámara rápida que se pone en funcionamiento al abrir la lata ya algo oxidada nos cuenta el cuento que se ha hecho realidad tras cada rostro y cada mensaje. Lo que viene a demostrar que todos tenemos una buena historia si el narrador apuesta por observarla; una novela en la que hay lágrimas, secretos, éxitos y fracasos. Hijos que aún no habían sido paridos  y tantas vidas pararelas con las que algún día habíamos de cruzarnos, a la par que otras muchas que nos han rozado sin enterarnos; además de unas cuantas que apenas han dejado en nosotros las huellas de un nombre, una situación o un mero interés puntual. Nada diferente a cada ser humano; únicamente diferenciado por  el enfoque de sus circunstancias y la manera de afrontarlas.

Los próximos mensaje comprimidos ya habrán de ser rescatados de esa Nube en la que, de tanta información acumulada, nos perderemos sin remedio.Cierro por hoy la arqueta de lata , convencida de la cantidad de historias que caben en un espacio tan pequeño, rescatadas algunas tardes frías y lluviosas en que la melancolía se confunde con el deseo de rescatar instantes o viceversa.

 Paradojas de la humanidad, a pesar de que las nuevas tecnologías nos roben el tiempo a pasos agigantados, sin esta red de redes que revolucionó nuestro mundo informativo y afectivo, no hubiese sido posible que hoy saliesen  esos momentos en sepia a dar un paseo por la Aldea Global. Al fin y al cabo el continente es lo de menos porque las esencias de las cajitas con magia, independientemente de su formato, siempre quedan en el alma. 





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