Esas pequeñas cosas...

sábado, 21 de enero de 2012

A veces mirando nubes...


"La vida sería imposible si todo se recordase. El secreto está en saber elegir qué debe olvidarse" (Roger Martin du Gard)



Nevaba como en los cuentos de hadas aquel atardecer de enero. Fui la última persona del pueblo que nació en casa. Lidia, una habilidosa mujer de la familia, que hacía las veces de matrona, atendió mi parto. Cuando llegó la atención médica  -Alejandro, "el  praticante", valía por todo un equipo sanitario-, el trabajo ya estaba hecho. Mi madre asegura que le di poca guerra en el alumbramiento, que sería para ella el primero y el último. Estoy segura de que esos tres hechos fueron premonitorios de lo que sería mi vida: de imaginación fantasiosa, siempre con la sensación de llegar un poco a destiempo a todas las circunstancias y procurando molestar lo menos posible aunque, de cuando en cuando, lo haga.

Mi primera infancia son recuerdos de inviernos helados, donde el aire húmedo se colaba por las rendijas de nuestras viejas ventanas, aunque protegidos por el calor de un hogar sencillo, en compañía de gente entrañable que contaba historias pasadas que ahora me sirven de archivo de mis cuentos antiguos. Las primeras primaveras las recuerdo con mediodías soleados,  ventanas abiertas y cánticos que se colaban por balcones y haciendas cercanas. "Ahora ya nun se oye cantar a nadie", dice muchas veces mi progenitora, a quien imagino entonando al idolatrado Gardel: "volver con la frente marchita , las nieves del tiempo platearon mi sien. Sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada...". Los veranos transcurrían en mi aldea entre faenas de los mayores en el campo, reencuentros con familiares que se habían marchado lejos, niños alborotando  alegres por cualquier rincón y el sonido de grillos, cigarras y búhos en los anocheceres; preludios de un otoño más recogido que sabía a manzanas maduras, vientos cálidos y escenas varias, con aromas a "ablanes curaes", a "fabes seques", a "hierbatos medicinales", al "fumu" que salía por todas chimeneas...

Largas lecturas de tanto libro de Los Cinco condicionó mi segunda etapa infantil. Me empeñé en ir a un internado -tampoco nada raro en aquella época-, y antes de que pudiera arrepentirme me encontré con la maleta de skai roja encima de una camita con la colcha de lunares verdes, a juego con las cortinas de la camarilla que habría de ocupar durante cinco años. No tengo una mala experiencia de la etapa en esa villa costera del oriente asturiano, pero aún puedo palpar la nostalgia por la lejanía de las montañas que rodeaban mi otro mundo, y que se me antojaban más distantes de lo que estaban geográficamente cuando ni la camaradería de las compañeras ni el empeño de la monja responsable del internado en ser como una segunda madre, compensaban el calor familiar, que en la separación aún se extrañaba más.Me deprimían especialmente los anocheceres en el colegio ubicado en el centro de Ribadesella, precioso lugar por otro lado, cuando acudíamos a la capilla a rezar y cantar. "Cansados de trabajar, una noche entera en el mar. Con hambre y pena,con sueño vienen, los amigos de Jesús...". Cómo olvidar la letra. Me marcó tanto esa etapa, que aún sueño que regreso nuevamente a ese pasado; no necesariamente malo, pero algo triste por las largas separaciones. Allí dejé también nombres y apellidos de niñas que aún recuerdo como si estuviésemos ahora en el pupitre del aula de E.G.B. aprendiendo francés con la Hermana Carmen -"Bonjour, Jacques, bonjour Catherine... Ah voilà un voiture devant la porte... Vite, dix avenue, Víctor Hugo"-. Incluso de algunas de mis compaeras de internado conservo la amistad, lo que me reafirma en aquello de que "nuestra patria es nuestra infancia"

La adolescencia me pilló de nuevo recorriendo los caminos del lugar donde nací. Ese ciclo lo recuerdo plagada de los típicos complejos e inseguridades de la pubertad; de amistades nuevas y momentos de sueños imposibles, con la melodía de fondo de las canciones de moda de entonces: "Con la paz de las montañas, te amaré..." De las cosas del colegio lo que más me gustaban eran las asignaturas que contaban historias, por eso, en cuanto pude perder de vista las de los números, me sumergí en las letras puras. Rebeca, una compañera de entonces y ahora una gran médica, me recordaba hace poco el análisis de dos pruebas, de los que no se dijo el nombre, que el profesor de literatura, el Padre Hoyos, hizo públicamente en Primero de BUP: "Aquí tengo dos exámenes; en el primero de ellos se nota que la alumna estudió mucho y está impecable en cuanto al contenido. Merece un sobresaliente. Del otro no me atrevería a asegurar que la alumna estudió tanto, pero lo cuenta tan bien... que le pondré otro". Rebeca es ahora una estupenda hematóloga, servidora sigue contando historias...

Fueron los años de Universidad los que perfilaron definitivamente mi personalidad y mi modo de percibir las cosas más mundanas; porque la ideología la llevaba sabida desde el día que descubrí el sufrimiento de muchas generaciones que me antecedieron, resumida en una cicatriz que tenía mi padre en la frente por la brutalidad de un maestro. "Si eras probe y de izquierdas, la cosa pintaba fea pa nenos y grandes"; lo que me generó una rabia por las injusticias, que me fue creciendo paralela a  esa rebeldía de la sangre minera, en forma de tantos símbolos que rodeaban al trabajo de mi familia paterna.  Las coyunturas del paso por la capital de mi país supuso un punto de inflexión en la manera de entender la vida y significó la despedida a unas actitudes que irremediablemente me habían dejado una educación un tanto mojigata y un ambiente excesivamente protector. La convivencia con una excepcional familia -mitad madrileña-mitad coyana-, fue crucial para dejar definitivamente atrás mi parte más infantil. Recuerdo claramente mi primera noche en el barrio de Chamberí. Había pizza y morcillitas de Burgos para cenar, acompañadas de un ambiente alegre y juvenil al que aún me transportan las canciones de Aute ("...Fue en ese cine ¿te acuerdas?, en una mañana al Este del Edén...").

En el terreno más personal es donde he conseguido mis mayores triunfos -mis hijos-. Por otro lado,.cuando hago esa lista de lo bueno y lo malo que recomiendan los expertos en inteligencia emocional, incluyo los amigos que conservo; también el amor; a pesar de los pesares. Cuando lo negativo que me rodea me impide respirar con tranquilidad, me empeño en echar de mi memoria aquello que me hiere o me ha herido. A pesar de ello, en más momentos de lo que quisiera, sigo cayendo en el pozo negro de las angustias, de los miedos y de las frustraciones. Y hasta eso intento positivizarlo porque "cuando va todo demasiado bien, empiezo a sospechar", como dice mi amiga Pilar. Por lo demás, entiendo mejor cada año la letra de ese poema que tanto me gusta: "Y con cada día uno aprende".

Mi vocación  por la escritura y por la comunicación ha hecho que me cueste poco desnudar el alma, aunque siempre quede un trocito que sólo nosotros mismos conoceremos. Tómenlo como un  esbozo más de lo que hasta ahora ha sido mi supervivencia. Siempre a vueltas con los recuerdos. Algo tendrá que ver aquello de que "en la primera parte de la vida se escribe el texto y en la segunda el comentario" Nieva de nuevo esta tarde de Enero. Renazco mirando esas nubes que me han llevado hasta mi cordón umbilical. Pero es posible que ni tan siquiera sea yo, porque "lo que se recuerda es siempre mucho más de lo que se vive".

Foto: Soto de Agues, el pueblo donde nieva como el los cuentos de hadas...