Esas pequeñas cosas...

jueves, 6 de febrero de 2014

UNA DE BRUJAS

"Que te acaricien el cabello es hermoso. A menos que sean las 3 de la mañana, estés dormido, con todas las luces apagadas y vivas solo".

Ayer recibí la última de las llamadas que todos los días, sobre las siete de la tarde, suena en mi teléfono fijo: "Hola, te llamo porque las cartas me han dicho que debo protegerte. Alguien está ejerciendo una mala influencia sobre ti. Si quieres saber más llama al...", fue la última advertencia porque, a veces, me puede la curiosidad y caigo en la tentación de escuchar. 

Busqué por el sabelotodo de Google y lo cierto es que hay testimonios de muchas personas que desesperan con la insistencia de estas llamadas, a las que las compañías de teléfono les dan poca solución; más que nada porque "presuntamente" hay un negocio implícito del que se beneficiarán en caso de que optes por devolver el toque. Ningún misterio entonces si no fuera porque el otro número que también aporrea mi celular en días alternos se queda en silencio cuando descolgamos. "La hora de la bruja", decimos en casa tomándonoslo con humor.

"Ciertos fenómenos inquietantes son magnéticos para la emoción y nos rodean más de lo que parece a primera vista", me hace llegar un amigo tan real como virtual -ese que siempre me llama como la protagonista de la novela de Clarín que acabó convenciéndose de que los sueños nunca se cumplen- al que le había hablado del tema que estaba escribiendo. Curiosamente él había puesto en su muro la cita de la cabecera  al tiempo paralelo en que yo tramaba una de brujas. Y tan bien relató una "inquietante" experiencia suya que tal parecía un fragmento sacado de una novela del realismo mágico: "En una pequeña estancia del palacio vienés de Schönbrunn quedé una vez solo. Es infrecuente porque las salas están siempre recorridas por turistas. De repente comenzó a sonar una melodía dulce, como el recuerdo de una felicidad ida. Era un violín solo quebrando el silencio, temblando en el aire. Al principio no la reconocí. Luego comprendí que era la Meditación de Thais, de Massenet. Supuse que alguien a quien no veía tocaba en el jardín exterior, o que algún guarda había puesto un CD más alto de lo normal para combatir el tedio de otra jornada monótona. Pregunté a un guía que llegaba de dónde procedía la música enigmática. Se mostró sorprendido. Dijo que no había escuchado nada, y que fuera los paseos de grava estaban recubiertos de escarcha. un azote para la madera noble de un violín. Repetí la pregunta, suponiendo que mi alemán pedregoso confundía las palabras. Pasó de la perplejidad a una cierta irritación: estaban prohibidos los reproductores musicales en el palacio y, en Viena, herr besucher, las órdenes se cumplen, sugiriendo una cierta indolencia latina para respetar las normas. Estará la melodía en su imaginación, concluyó. Pensé que no: hubiera podido casi acariciar con la mano aquellos acordes. Tal vez no estaba en mi cerebro; tal vez había sonado de verdad, tal vez emanaba de las paredes revestidas de raso dorado, fluyendo desde otro tiempo. Cuando me disponía a salir y arrojaba la entrada cortada en una papelera volvió a sonar. Apresuré el paso sin mirar atrás".  Nos atrae pensar en que "algo hay", a sabiendas de que todos los mundos están en éste. La magia rompe las cadenas de la rutina diaria y nos transporta a universos más sutiles. Nadie se queda indiferente ante las historias de lunas, brujas, espíritus, hadas, brujos. demonios varios o acordes de violín salidos de las paredes de raso de un palacio vienés. La imaginación o la necesidad de visualizar un recuerdo echa el resto.

De un modo u otro lo contrario a las leyes naturales siempre está implícito en nuestra propia realidad, y habrá quien siempre vea un duende bajo una seta, una xana oculta chiscando bajo el manantial, un diañu escondiéndonos la otra pareja del calcetín rayado o una bruja de mejor o peor intención planificándonos el destino; incluso una luna llena manejando hilos invisibles. Lo mismo pensaba Reinaldo Arenas al escribir: "realmente el mundo está poblado de brujas; unas más benignas otras más implacables, pero el reino, no solo de la fantasía sino también de la realidad, pertenece a las brujas".

¡Quién no tiene en su haber una historia que vivió o que le han contado sobre sorprendentes hechos didíciles de explicar!. Esas otras dimensiones que se hacen más palpables cuanto más echemos la fantasía a volar. Amén de que nos gusta creer que en nuestras limitadas vivas siempre pueden vivir de otro modo las historias imposibles, ya sean de miedo, de amor o de amistad. "Vamos a contar historias de miedo", me dice mi hijo pequeño, y acabamos todos tapándonos hasta la nariz a medida que el misterio de la trama aumenta porque el miedo crece cuanto más se alimenta.

Luego, está el tema de la edad para eso de las intuiciones, los presentimientos y las artes adivinatorias. Un chiste de esos facilones dice que "las féminas son magas porque levantan las cosas sin tocarlas". Lo cierto es que a medida que vas cumpliendo años, aunque no practiques las artes levitatorias, sientes que te vuelves un poco brujita o brujito, al tiempo que se multiplican las lunares y las verrugas en los sitios que menos falta hace. A fuerza de vivir, las historias no hacen más que repetirse y lo que para unos es casualidad rara y sospechosa, para otros no es más que la lógica de la naturaleza humana.

La mayor y más sorprendente magia es, al fin y al cabo, la ifluencia que la vida de unas personas ejerce sobre otras. Quedémonos con las buenas. Para las malas, una velita de esos aromas irresistibles. Que haberlas haylas y haylos...


Fotografía: Paniceres (Laviana) un atardecer de vientos misteriosos. Autor: Cases de Arriba