Esas pequeñas cosas...

martes, 25 de octubre de 2011

Las casas con alma


"Para el hombre, como para el pájaro, el mundo ofrece muchos sitios donde posarse, pero nidos solamente uno: su hogar..."
Oliver  Wendel Holm.

Se nota que es tiempo de manzanas maduras en el "refugio" de Maite. Continúa abriendo temprano los amplios huecos de su fachada que mira hacia el sol, y el olor a cosecha nueva que entra por ellos nos transporta a otoños de niñez. En su terraza florece el tomillo y cuando cae la lluvia se nos antoja aún pasajera, como para curar las heridas que diría Carlos Baute.. Me gustan las casas con alma. Las viviendas , al igual que el resto de objetos inanimados, llegan a tener espíritu propio. La energía de las personas que habitan en ellas las imprime de un carácter particular: no es lo mismo la silla de forja de nuestra amiga Ana que la de Claudia,  la vecina del segundo. Cada cual convierte sus objetos en el reflejo de su vida y su personalidad. Una vez que el sillón color avellana traspasa las puertas de un domicilio, se impregnará del ambiente del rincón a él destinado y ya no será nunca más un asiento cualquiera.

Huele a brezo y a jara en el "caparazón" de Laura. Siempre parece primavera  a través de las grandes ventanas de su sólido caserón, desde donde se divisa un tranquilo paisaje manchego. La  primera impresión que recibes, tras cruzar el umbral de los Buelga, es de ambiente de  librería de las de toda la vida; sabe ese lugar a papel nuevo y a libros bien conservados. En el luminoso piso de Antonio y Lucía el olor a guiso fino se detecta apenas pones los pies en el portal, mientras que en la casita de planta baja de Natalia y familia lo que predomina es la música de fondo de juegos infantiles y risas de adultos. Ni un sólo día se le olvida a mi amiga Estela encender las velas con aroma de vainilla; todo un icono de su nueva casa, donde también se mezcla el olor a rosas en las estaciones más cálidas y a violetas de los alpes cuando llega el frío.

Es posible que me quedara un largo tiempo en la casona familiar del Llano Alto. Perenne su  ambiente a leña recién quemada en la enorme chimenea que ofrece la calidez del fuego durante casi todo el año. El amplio salón de tabiques de piedra autóctona, estratégicamente ubicado para custodiar el resto de la residencia, invita en cualquier momento a disfrutar de una lumbre de hogar. Todo es noble en esa gran casa, en la que se superponen las vivencias de varias generaciones de hombres y mujeres auténticos. Paredes con historia que dan a la vivienda los caracteres de quienes la habitan y la  han habitado o viceversa. Huele a fruta de temporada, a lilas, a libros en uso, a comidas hechas con dedicación  Hay vida en cada rincón del Llano; invita el lugar a plácidas conversaciones y entrañables reencuentros.

Me transmite energías positivas el entorno desordenado del adosado de unos veteranos amigos. El límite de la desorganización del chalecito respeta siempre la regla báisca de dejar perpetuamente libre de "trastos" el cómodo sofá de seis plazas donde todos se pelean por sentarse, así como un hueco disponible en la amplia mesa de castaño macizo, en la que puedes encontrarte todo tipo de objetos de uso diario. Un desorden ordenado que habla de niños en edad escolar, de adolescentes con múltiples aficiones, de amor por los animales y las plantas y, en definitiva, de una residencia vivida, con energías positivas. Para que se hagan una idea les contaré que el más valioso de sus objetos, situado en uno de los puntos más vistosos del domicilio, es un cuadro del primer dibujo de su hijo mayor. Cuatro garabatos infantiles hechos con una manita que apenas podía sostener el lapicero.

Hay paz, a pesar de las bullas, en las casas con entrañas. Parecen tener un corazón que late al unísono de sus habitantes. Son los hogares donde todos queremos volver. En esos rincones, tan distintos como cada ser humano, hay un denominador común: uno se aproxima a la felicidad. En algún sitio he leído que "aquel que encuentra la paz en su hogar  ya sea rey o aldeano, es de todos los seres humanos el más feliz".

A donde no volverá jamás una vieja amiga es al céntrico piso de ciudad de unos conocidos. En la que sería su primera y última visita al lujoso dúplex , pusieron unos plásticos sobre la alfombra de pura lana, justo en el lugar donde ella depositaría sus pies, que apenas calzan un treinta y cinco en la numeración americana.  "Ni que llevase los zapatos recién sacados de la granja..." comentaba María a cuantos querían escuchar su peculiar experiencia. Incluía en su anécdota el posterior temor por si dejaba sus huellas en la taza de porcelana china del café, o rozaba alguna de las figuritas de cristal de Murano ordenadas al milímetro. Si hubiese ido a un museo tal vez no hubiese tenido tanto protocolo", argumentaba la visitante, una mujer tan cálida como la casa de color rojo inglés que ella habita.

Casas grandes, pequeñitas, pisos de recorrido interminable, diminutos apartamentos, chalets individuales, adosados; incluso cabañas o  mansiones. Basta con ponernos en el lugar de una tortuga, para quien su caparazón es la mejor de las viviendas. Nada tiene que ver el tamaño, ni tan siquiera la calidad de muebles y materiales de construcción. Apenas es importante el valor de los objetos decorativos o el precio de la ropa para el hogar. Una casa y sus componentes más tangibles se impregnan del calor de quienes la habitan, y parecen volverse humanas. Nos hablan de sus inquilinos y nos transmiten aquello imperceptible a los ojos. En ellas se aprecian corrientes de tranquilidad, de alegría; alguna que otra vez mutadas en desencuentros, frustraciones y soledades.

Me gustan las casas que saben a vida.  "Hay soledad en un hogar  sin bulla, sin noticias, sin niñez..." (César Vallejo). Hasta pronto. Voy a poner un poco de orden en el "alma" de los taitantos metros cuadrados de mi hogar.