Esas pequeñas cosas...

martes, 20 de noviembre de 2018

¡Cómo voy a olvidarme!

Estábamos en el comedor del internado. Recuerdo hasta el sitio que ocupé aquella mañana en la fila de mesas de formica color crema, que formaban una u; incluso me parece estar escuchando la lluvia de la cristalera que tenía frente a mí. La monja que sustituía intramuros a nuestras madres nos comunicó que Franco había muerto. Para las niñas internas la noticia suponía una semana de vacaciones en nuestros respectivos pueblos -de aquella se nos antojaban más lejos de lo que en realidad estaban porque de niño todo lo ves aumentado-, pero nuestras tutoras religiosas la noticia la vivieron como una amenaza. Las oíamos murmurar algo así como “que vienes los socialistas y los comunistas”, y santiguarse a continuación. Ahora pienso que tal vez alguna de ellas, descendientes de sangre revolucionaria, solo aparentaban aquella tristeza. Paz y yo, también de sangre minera y con predominio de damnificados por ideología en nuestras ramas familiares, pero despistadas ante si eso era bueno o malo, nos fuimos a la biblioteca a buscar en el diccionario. La Superiora nos pilló con la enciclopedia abierta en "comunismo"y os podéis imaginar las consecuencias. Nada fuera de lo que suponía un castigo escolar de aquella. Vamos, que cuando nos dio el bofetón en la segunda mejilla, ya no lo sentimos por el dolor de la primera.
Pero la vida continuó como si nada, al menos para nuestras rutinas infantiles. Tampoco hubo cambios drásticos ni venganzas crueles, después de la muerte del Dictador, como presuponían las regentes del colegio riosellano. Cuando terminamos la primaria, aún quedaba en el recibidor la carta de despedida del Generalísimo, que aún puedo recitar de memoria de tanto verla. La para algunos "temida" Democracia y la recién estrenada Constitución nos esperaban, igual que la promesas paralelas a nuestra adolescencia, tras aquellos enormes portones de castaño. Yo sabía algunas cosas sobre ellas, porque era la encargada de ir a buscar todas las mañanas el periódico. Era un privilegio sentir aquella sensación de libertad durante los únicos minutos del día que me permitían pisar sola la calle. Me imagino que la misma que sentían muchas personas adultas ante la nueva época. Creo que fue ese año en el que me enganchó la afición a la escritura para contar la vida, y que "el aleteo de la mariposa" me llevó a describir aquella situación muchos noviembres después, a través de este blog vía digital, que era en la década de los 70 un futurible lejano. Por lo demás las únicas nubes grises para nuestros pocos años era el grupo con ese nombre, que cantaba aquello de: "...sentadita junto al mar..."
Hoy escucho en la radio que solo un 5 por ciento de españoles estarían a favor de una Dictadura. Me alegro de que los pronósticos, hasta cierto punto comprensibles, de las monjas, no se hayan cumplido y de que, con sus defectos, en nuestra Constitución actual, posiblemente mejorable, quepamos todos.
Amanece oscuro este martes de noviembre; principalmente porque la primera noticia que escucho en la radio es sobre un accidente de tráfico. Saldré en breve a comprar el periódico, como cuando comenzaba la vida cada día, yendo a buscarlo en el centro de la villa marinera aunque, de aquella, con coletas y calcetines blancos.¡Cómo voy a olvidarme!, que dice la canción. La filósofa Mafalda todavía no había cumplido un año.

jueves, 15 de noviembre de 2018

La ventanina. El cuento de Noviembre

Los lugares de reunión variaban, según la estación o el trabajo a realizar por las mujeres de la quintana. Pero era rara la tarde o la noche que no se juntasen el grupo de amigas para compartir faenas y darse ese calor femenino, tan necesario fundamentalmente en las adversidades.

Hacía meses que venían notando que Carmina, su verdadero nombre es lo de menos, siempre llegaba con los ojos de haber llorado a la fuente de lavar, al corredor -el más amplio era el de la casa de Cecilia-, a la galería de junto al río, donde aprendían a hacer la ropa de la familia, lo que también ocurriía en cualquiera de sus caleyas donde llegasen los rayos del sol,  a "coyer" maíz a principios del otoño por cada uno de sus minifundios, o a  "esfabetar" en la cocina de Ángela -la más vieja y ahumada pero la más cálida-, en los anocheceres fríos del invierno. 

Carmina era de pocas palabras, y las pocas que pronunciaba parecían estar envueltas en toda la tristeza de una mujer joven que parecía tener 30 años de más por la amargura de sus gestos. Una tarde, tenía que ser de Noviembre porque la noche llegaba rápido y tenían que apurar el cigarrín que liaba alguna medio furtiva o aquella copa de anís que solían compartir alguna vez, la más callada del grupo -tal vez por que le hizo más efecto el trago o porque ya no soportaba tanto dolor-, les contó el infierno que la hacía pasar su marido, cuando cada noche llegaba borracho del chigre. "Con cualquier pretexto, me golpea: porque está el arroz duro, porque está algo pasado, porque me habló el vecino mientras partía la leña, porque me entretuve en casa de María bordando la almohada..." Eso sí, tenía la deferencia de apartarla a una bodega, separada de las estancias principales de la casa por unas paredes muy anchas y con una ventanina muy pequeña que daba a la calle, para que sus hijos no vieran los daños, aunque ello no significara que no se enterasen de todo, porque las voces de él y los llantos de ella no había piedra que los sofocase.

-"¿Qué podemos hacer por ti, Carmina?", le preguntaron aquel día sus amigas, conscientes que no les amparaba más justicia que la de su propia valentía, porque la mujer en aquellas épocas no tenía ningún derecho; mucho menos el de ser amparada en la violencia que sufría de puertas para dentro de su casa. Pero, aún desconociendo el significado de la ahora tan de moda sororidad, eran conscientes de que la solidaridad femenina podía mover montañas. Y fue entonces cuando se les ocurrió un plan solidario, orquestado por otra Carmen: -"Ea, a grandes males, grandes remedios, vamos a hacer de centineles. Caa día una de nosotres irá, con cualquier pretextu, cuando sintamos que empieza la bulla, a picái a Carmina en la ventanina de la bodega".

Y así,u n día Sara picaba a su amiga para pedirle un poco de sal, otro día iba Elena llegaba reclamando su presencia para ayudarla a atender a un hijo que se había hecho daño, otro anochecer Clara picaba en la puerta de la bodega para pedir prestada una madeja de la lana, etc. Pasó el tiempo y Carmina llegaba a los encuentros con la frente más alta, la mirada más alegre y la palabra más abundante. Las palizas habían remitido y Juan, también su verdadero nombre es lo de menos, ya no la agarraba por el brazo -en el que siempre le quedó la huella de los zarpazos-, para dirigirla a la bodega de sus tormentos.

El final de la historia, pasada ya por las palabras de tres generaciones, es algo difuso. Unas versiones dicen que el padre de los seis hijos de Carmina, emigró al otro lado del océano y que nunca se supo más de él. Otras que apareció muerto en una cabaña de un monte lejano, y algunas cuantas que se fue a vivir con otra mujer a un pueblo no muy lejano. El caso es que nadie le echó de menos, porque estaréis de acuerdo conmigo en que cuando una mala persona desaparece "que tanta gloria lleve como paz deja".

La historia, aunque ya es muy vieja, podría repetirse muy cerca de nosotras, con otros nombres, otras circunstancias y una ventanina más grande. Por eso hay que seguir estando alertos y solidarios.


En la imagen, mujeres cosiendo en una caleya de Villamayor, en 1918. Fotografía tomada de "Memoria Digital de Asturias".

domingo, 28 de octubre de 2018

Nieve de Octubre

“Cuando mi güelu Llaíñes empezaba a velo nevar tan en tiempu, eso sinificaba que, al final del inviernu, les sos vaques tendrín que comer hasta fueya de maíz y calabaces", me cuenta Bárbara al ver caer esos copos abundantes en Octubre, que nos pillaron hoy de sorpresa por el sur de Asturias. Y prosigue con los recuerdos de muchas anécdotas de "tenaes, rastroxos y retazos", que guarda en su memoria privilegiada. " Manuel, que era de los fuertes en cuantu a yerba recogía, regaloi a Marquina, un mes de Enero, de faz 60 años, los retazos -sobres- de la so tená. El ganaderu, fízo la ofrenda con un ciertu aire de fanfarronería hacia aquella muyerina que vivía sola y con escasez. Tres meses después, como el inviernu vino nevaor, tuvo que volver a comprái a María, quien a fuerza de necesidá sabía estirar los bienes, parte de los sos antiguos retazos". "Venderéte un pucu mante, y pa la próxima acuérdate de que el que come y deja, dos veces pon la mesa”, recordói la pastora, que era probe, pero más lista que la fame"

viernes, 26 de octubre de 2018

Qué distintos los miedos


En el lugar en el que antes veía la posibilidad de que se me apareciera un espíritu aterrador, sólo observo ahora un prado bordeando la iglesia de San Andrés; un sitio donde llegan fácilmente los rayos del sol, dibujado de recuerdos custodiados por montañas, lo único eterno.

Qué distintas la percepciones de los miedos, según la edad que atravieses.  Cuando era una nena, miraba de reojo aquel cementerio que separaba las dos localidades que forman mi aldea: Soto y Agues. No había manera posible de no verlo porque está estratégicamente situado. En mi imaginación se mezclaban antiguas leyendas de luces que se veían deambular por allí en la noche, apariciones de ultratumba y ruidos extraños si te adentrabas en sus entrañas a horas poco recomendables. La noche de difuntos era especialmente propicia a imaginarse espectros varios, sobretodo si el viento frío de los días más cortos se colaba por las rendijas de aquellas ventanas que aún no sabían de doble acristalamiento. En la actualidad mis fantasmas son muy otros; más reales,dañinos y cercanos.,

No me gustan los camposantos, ni mucho menos las visitas preestablecidas. Aspiro a que mis recuerdos queden en algún lugar menos transitado; si acaso solamente sirvan para que la  vida de las personas que me precedan tenga una chispita más de energía positiva. . Me conformo con que sean muy pocas; el olvido forma parte de la naturaleza humana, y hay que ser muy pretencioso para aspirar a mucho más. Pero siempre he creído en la luz que se deja en la existencia de algunos seres humanos que por distintas circunstancias forman parte de nuestros días. 

Es recomendable, sin embargo, adentrarse en un cementerio alguna vez para recordar que no merece la pena tanto sufrimiento por banalidades, si al fin y al cabo todo termina en ceniza. De aquí a cien años todos calvos. Verdad verdadera. Me da risa la prepotencia, la avaricia o el espíritu de superioridad de algun@s, si por mucho que les pese tienen que acabar donde el más insignificante de los mortales. Demasiado tarde, una vez allí, para remediar esos sentimientos tóxicos, de odios y recelos infundados que mostramos hacia algún prójimo.

Os cuento que aborrezco esos lugares de lápidas frías, flores de plástico y casi siempre alguna corona reseca, sino algunos mausoleos que van quedando cubiertos por la hierba, con sus letras descolgadas y las fechas inciertas.Pero por respeto a quienes valoran una visita a sus antepasados, una vez al año me acerco a ese lugar,  "Éste es fulanito de tal, que tenía los mismos ojos azules de Manuel". "Oh, está a punto de desaparecer la tumba de Eugenio", qué gran tragedia la de sus dieciocho años truncados en un accidente en la mina". "Allí al fondo está José, podría haber sido un ilustre coyán , si un accidente de coche no hubiese truncado su carrera". "¿Os acordáis de Manolo .Aquel hombre tan cabezota?.Se casó ya de mayor con una mujer muy fina, sin embargo siempre se quisieron micho Ella está en un nicho porque tenía pavor a la tierra". "Aquellas letras irreconocibles esconden el nombre de Juan; el hombre que casi hablaba con las cabras". "¿Quién le traería las flores frescas a Celia ¿habrá encontrado aquel amor que siempre buscó?" Y así podríamos pasarnos todo un día, dando pinceladas a las vidas que ya no son porque en un pueblo pequeño, como bien dice mi padre,"ya hay muchos más muertos que vivos". Piensas también, mientras quitas algunas hierbas rebeldes que se cuelan testarudas  en busca la vida a pesar del cemento, que los recuerdos, salvo excepciones, no duran más de dos generaciones. Tres a todo lo más.

Me cuesta mucho mirar las fotografías de personas más jóvenes, próximas a mi generación, con las que compartí pupitre, acné y años de juventud. No quiero imaginármelos allí aprisionados, y alzo la cabeza un poco más para pensarlos transitando por otros lugares, libres y eternos. Nunca hubiéramos pensado en ese destino cuando recorríamos confiados los veranos de nuestra infancia. Los  dirigo a sus cosas de siempre; aquello que cada uno más amaba y que formaba parte de sus ser. Estoy convencida de que algo de ellos sigue a modo de esos desapercibidos aleteos de la mariposa que todos somos. Silenciosos compañeros, que dice Isabel Allende.

Luego, tras una de sus tapias, un lugar ya casi olvidado donde estuvieron aquellos que en una época de terror no eran considerados dignos de una tierra compartida. Las fosas comunes de la España más negra que ahora empiezan a cubrirse de flores o hierba más fresca y justa o un recuerdo a viva voz.; junto con personas totalmente anónimas al cabo del tiempo que, a la derecha o a la izquierda de esas tapias, tuvieron sueños, sufrimientos y momentos felices.

Y de vuelta a casa, tras la visita al cementerio donde están algunos de mis seres queridos,  con la sensación y la convicción de que lo esencial nos pasa la mayor parte del tiempo desapercibido por buscar algo que jamás llega y que el  hoy siempre es lo más importante que tenemos . La vida empieza cada día  y es un regalo prestado. Lo de menos será el destino de esas cenizas que nos acaban haciendo a todos iguales; allá cómo se imagine cada cual su última morada.

Tan distintos los miedos ahora, como escribía al principio, que hasta nos atrevimos a tomárnoslos con humor y sacarlos a pasear nuestro cementerio por el Río Nalón, en la 51 Edición del Descenso Folklórico. El humor siempre será la mejor tabla de salvación para cualquier temor.

Fotografía:Héctor MndzFndz

lunes, 1 de octubre de 2018

La zurcidora

“En esti conceju nació una muyer que fue la zurcidora de les camises del Secretariu de Alfonso XIII, y les sus filles trabayaron de planchaores de la ropa de toa la familia real”, me contaba ayer Mina -ya octogenaria pero de memoria privilegiada-, mientras paseábamos por “les caleyes” donde nació Lena, la experta en disimular desgarros, haciendo hincapié en que la habilidad de zurcir podía equiparase a cualquier doctorado, “porque nun ye lo mismo arreglar un rotu que un descosíu”. Pero antes de ejercer su oficio en las altas estancias de Madrid, Lena hubo de pasar por un calvario de maltrato por parte de su pareja. “Mi madre, que me contó esta historia, que la dejó marcá desde que era muy nena, recordaba especialmente cómo se murmuraba que un día, los hermanos de la costurera, la encontraron sacando el cuchu del corral, la misma mañana que había dao a luz a su tercer hija, tovía con la sangre del partu arroyando bajo su saya, porque el su hombre la había obligao a levantase a trabayar”. Los vecinos del pueblo conocían los hechos, se conmovían con ellos y compadecían a la mujer -apenas una niña-; incluso alguna vez la cobijaron huyendo de las palizas diarias a las que la sometía el energúmeno de su marido. Pero, poco más podían hacer, porque el maltrato de género era algo privado y consentido por la costumbre social. Tampoco existía ninguna ley específica que lo castigase. “La repasadora solo una vez se atrevió a defendese “cociéndoi un sapu entre el arroz con patates que aquel bestia devoraba tóes les noches pa cenar”. Pero un día, el maltratador desapareció para siempre y nadie preguntó el quién y el cómo, aunque todos suponían, sin justificar los hechos pero entendiéndolos, el por qué. “Recuerdo que mi madre me contaba con voz de misteriu que la pareja de Lena apareció un amanecer muertu en un regatu, con señales de fesoriazos”, añadía Mina, mientras “el coruxu”, que ulula insistente en estas noches cálidas de otoño, parecía elevar su tono al escuchar el negro relato. Casi al tiempo de la tragedia, con la cara de Lena aún con moratones y un dolor que sería eterno en su pierna izquierda y en su alma, los parientes más afortunados de la víctima -con uno de esos apellidos de las familas que ponían la mesa con toda la parafernalia en el comedor de su caserón de aldea-, le consiguieron el “trabajo real”. Ni ella ni sus hijas quisieron hablar nunca de su vida cotidiana en la Corte, cuando regresaban algún verano al pueblo; como tampoco comentaron jamás aquella historia de horror que otra mujer, heredera de recuerdos lejanos, nos contó a propósito de la actualidad de crímenes de género, que parecen resucitar a las piedras que guardan memorias parecidas. Buen sábado; “la flores del Carmen” ya otoñean a pesar de este cielo de verano.

viernes, 14 de septiembre de 2018

El doble filo de las Referencias Académicas

Hace tiempo que leí, no recuerdo dónde, que un profesor de Universidad les decía a sus alumnos: "Yo no soy de mucho suspender, porque ya se encargará la vida de hacerlo". Otro maestro, ese sí lo recuerdo, ya que me dio clase en  mi adolescencia, solía repetirnos: "Si ustedes copian, al menos copien bien, que hasta para eso hay que esforzarse y ser listo". Por lo demás, en mi pueblo hay un dicho que se repite a través de las generaciones:"valeivos zanques que que en esti mundu too son trampes".

No es mi pretensión, como tampoco la es el estilo de mi blog, juzgar a nadie. Me esfuerzo,cada día más, en no hacer juicios por aquello de que es mejor intentar comprender que dictar sentencia. Pero, como la actualidad no es ajena a mis escritos, por mucho que la mayoría de las veces eche con ellos la vista al pasado, a las anécdotas más tiernas, a las vivencias más ingeniosas, a los sentimientos más amables, a mi propio día a día, trato de quedarme con el detalle pequeño, con la necesidad de preguntar cómo, y por qué de lo que más pasa desapercibido, pero quizás lo más esclarecedor para apartar el oro de la paja.

En plena vorágine de comprobación de másteres y demás títulos académicos, llega un momento que se forma tanto ruido que el gran público se pierde en el juicio de qué es verdad y a qué se le saca tajada desleal, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid. Qué son chanchullos y ventajismos, qué opiniones subjetivas y qué es la parte correcta y legal del proceso de ejecución de un trabajo.

Por eso, a la hora de opinar, deberíamos de conocer a fondo esas palabras que, a fuerza de ser repetidas, se convierten,de un día para otro, en normales entre las opiniones de público y expertos, o no, de los diversos campos de las sociedad, fundamentalmente oídas a través de los Medios de Comunicación, pero que pocos se detienen a analizar. Simplemente resuenan como un eco obligado.

Como para resolver un problema no hay nada como dividirlo y no generalizarlo al libre albedrío, hoy quiero hablaros de "referenciar", uno de los términos más repetidos en los últimos días por las redes sociales y demás canales de información oficial u oficiosa.

Argumento desde el punto de vista de una nacida no digital, a quienes nos asusta todo lo que tiene que ver con un nuevo programa de Internet,aunque a la larga acabemos aplicándolo por fuerza mayor. Vamos, que servidora casi tuvo que hacer una tesis para aprender a referenciar. Menuda tontería, una vez que aprendes, pero inevitable el pánico a los nuevos estilos informáticos a la par que académicos. Por otro lado, el arma de doble filo que es Internet, facilita las cosas al mismo tiempo que nos lleva a la tentación de lo fácil, de lo rápido...

Sin embargo, no nos deben asustar los conceptos, porque referenciar  no es otra cosa que citar el nombre,el autor, la fecha, el lugar... de un autor al que aludimos en una tarea académica. Vamos, los mismo de todos los trabajos de siempre, pero más rimbombante. Si seguimos la norma APA sería: Apellido autor, Iniciales nombre autor, (Año), Título en cursiva, Ciudad y país, Editorial.  ¿A que nos es para tanto?. Vas al apartado correspondiente de tu word y la presentación se te da de forma automática. Una vez que aprendí a referenciar, me convencí una vez más, que importa más la apariencia que la esencia. Por muy brillante que sea una tarea de investigación, si no está referenciada a conciencia, no vale para nota.

Pero la facilidades que nos aporta Internet son un arma de doble filo, porque caemos en la tentación de lo fácil,del corta y pega, de no estar en el lugar de los hechos, de no tener entre las manos el libro correspondiente, del plagio, de la falta de originalidad, de la ausencia de conclusiones personales, de los descubrimientos propios; en definitiva del esfuerzo. Además, la incoherencia también llama a las puertas a la hora de realizar un trabajo bien referenciado porque podemos fácilmente incurrir en el exceso o en el defecto.Y, a menudo, es difícil diferenciar entre lo copiado y lo referenciado. Como también es difícil pasar por todos los filtros de la opinión en cuanto a la calidad y no salir tocado. Por otro lado, estoy convencida de que la mayoría de vosotros habéis hecho cosas bastante más difíciles que referenciar, estéis o no en posesión de doctorados y demás titulaciones, que lo de aprender de la Universidad de la vida no es un mero slogam.

Hacedme caso, lo de referenciar es lo de menos, lo que importa es el esfuerzo personal, la honradez, el conocimiento. No nos quedemos en el tú más, en si tu padre te ayudó a hacer el poliedro en quinto de primaria o si has  copiado en Selectividad. Pocos pasaríamos la prueba de de la originalidad absoluta en cada una de los  historiales desde que un día nuestra madre nos repasara la caligrafía que se nos iba para abajo en nuestros primeros renglones de "Mi mamá me mima". Pero que no nos mime en exceso porque es conveniente cargar con el peso de los propios borrones, porque tal vez un día tengamos que rendir cuentas de eso.

miércoles, 9 de mayo de 2018

Semeyes

No me canso de mirar las fotos en blanco y negro de la vieja caja de dulce de membrillo, ya muy oxidada por el paso del tiempo,de los traslados, de los olvidos. A veces, nos reunimos los de la quintana para observarlas en comunidad, mientras nos dejamos cortejar por los días largos de Mayo. Cada cierto tiempo la busco, como si quisiera encontrar algo que aún no he descubierto. Extiendo las fotografías y siempre hay un nuevo detalle para mirar. Me fijo en la ropa, en los peinados, en los fondos, en las manos, en el calzado. Pero sobretodo en las miradas. Las presiento de muchas formas: tristes, ausentes, melancólicas, obligadas, tímidas, intensas,desafiantes, cálidas, dulces, humildes. Me imagino entonces las vidas que se pudieran esconder detrás de tantos ojos que un domingo de fiesta posaron para transformarse en un imagen eterna en sepia. Algunas historias las conozco, bien personalmente o bien por las fuentes de información cercanas. -"¿Quién era esti mozu del pelu tan rapao?".  Me dicen que tenía ideas de progreso tan radicales que se enfrentó duramente con más de la mitad de su familia conservadora, que hubiese sido un gran político de no haber tenido un trágico destino. -"El vestiu de Lourdes,con el escote en picu y la falda de tables ye como pa llevar a una boda de hoy en día". Ante lo que la fuente de información recuerda a su amiga que emigró muy joven y muy lejos, y se murió sin poder volver. -"Me encanten eses chaquetines tan fines que os poníais por los hombros les tardes de veranu". Igual les duraban diez temporadas impecables porque había poca ropa y había que esmerarse en el cuidado de los nuevo.

Pero me detengo especialmente en aquellas fotos que ahora casi sería un pillado; imágenes a través de las cuáles traspasa la miseria. Mujeres de apenas treinta años que parecen viejecitas en sus faenas de labranza. Casas tan humildes, animales tan flacos como sus amos. Manos estropeadas, en las que el sepia no disimula las grietas ni el destrozo de sus dedos. -"¿Estos son mi tartaragüelu y mi tartaragüela, los de Llaíñes?. -"Sí, parecen muy mayores, pero acababan de casase".-"¡Qué mirada tan tímida la de la muyer!. -"Bueno, tal vez esi día habría dao el primer besu al su hombre". Y vuelvo a entrar en sus miradas y llego hasta un mundo tan lejano que estuvo ahí mismo, sobre el mismo suelo donde nos recreamos con sus memorias visuales. -"Mirái, en ésta estábamos bailando con unos fugaos. Nosotres pensábamos que eren ganaderos del conceju de Aller. Un tiempu después los mataron, y quedómos muy mala impresión durante años. Probes families, cuántu sufrieron".

Tengo otras dos cajas de la otra orilla de mi vida, la de mi pareja. A fuerza de mirarlas tantas veces, ya están algo mezcladas. Como nuestras vidas. En unas y en otras veo algo de la sonrisa de mis hijos, de los ojos de mis primos y primas, de la nariz de algún conocido, del pelo rizado de una amiga, de las cejas de otra, de la manera de poner las manos de algún pariente lejano, en la forma de arrugar la nariz de un hermano... Vamos, que nos "asemeyamos" a los antepasados más de lo que pensamos.

Algunas de ellas están tan deterioradas que cuesta reconocer los rostros. En la actualidad, con las aplicaciones del móvil las acercamos, e intentamos conseguir la mayor nitidez posible, pero ya hay caras que ni la memoria ni la vista de los más veteranos consiguen ponerles nombre. "-Si viviera Rosaura, fijo que los conocía. Pero ya falta tanta gente para eso...". Y la nostalgia recorre de un soplo los retratos desparramados al azar. Es hora de volverlas a su recinto de latón., donde habita el olvido, como escribió Luis Cernuda.