Esas pequeñas cosas...

jueves, 15 de febrero de 2018

Celia

Celia Carballo vivía en Soto, con la única compañía de sus gallinas y sus gatos -nunca tenía menos de tres felinos-, en una casa pequeña, con portal y corredor. Tenía una parcela en Vayau donde sembraba maíz, patatas, ajos puerros, cebollas y alguna berza, con lo que iban subsistiendo todos los miembros de su atípica familia. También hacía de lavandera cuando alguien la solicitaba. Asimismo formaba parte imprescindible de su vida el imaginario Adolfo, su gran amor y el motor de su existir, con el que se comunicaba vía telepática, y de quien siempre aseguró que habitaba en la luna. Por eso, a la luna miraba mientras le contaba qué había soñado, qué había comido, cuánta cosecha había recogido, los huevos que habían puesto las aves del corral, lo poco que le gustaba la persistente lluvia o lo triste que estaba "Cuquina", la gata blanca y negra con la que más congeniaba. Con una dignidad que se confundía con el orgullo propio de quien no estaba bien del tarro, nunca quiso dar lástima ni recibir limosnas. Traía el bajo de la falda casi siempre descosido, los jerséis raídos, las alpargatas gastadas y las manos agrietadas, pero había en ella un porte diferente. A su manera, Celia era elegante; con esa elegancia que da el ser único. Ademá, era alta y estilizada, y cuando se le veía casi la pierna entera por descuido de su vestimenta, se le adivinaban unas extremidades que nada tenían que envidiar a las de los cuerpos perfectos. Ahora pienso que Celia Carballo no estaba "chiflada", como así lo creíamos sus vecinos y los niños que íbamos a escucharla charlar sola y mandar mensajes de amor al satélite natural. Lo que pasaba era que no la entendíamos. Sospecho que Celia, tras un gran desengaño que se comenta que sufrió en la ciudad en su juventud, decidió protegerse con su soledad, su imaginación y sus únicas herramientas para sobrevivir: sus dos brazos. Aprendió a no necesitar del prójimo, a no hablar de sus problemas, a prescindir de adornos materiales, a hablar el idioma de otras dimensiones y se hizo un paraíso incomprensible para el gran público. Empiezo a pensar que tal vez fuésemos más infelices el resto de los habitantes del pueblo porque ella no esperaba nada de nadie, al tiempo que tenía muy poco que perder. Aprendió a sacarle jugo a la soledad. Le perdió el miedo a los juicios, a las burlas, a las opiniones ajenas, a los fracasos... Incluso se permitía mirar y hablar con cierto desdén e ironía a quien osaba cuestionarla. Algunas noches claras, miro a la luna y le digo, mientras mis gatos me observan: Ya te entiendo.