Esas pequeñas cosas...

martes, 5 de junio de 2012

Cuando los estrógenos se repliegan: esa segunda adolescencia.


"La edad madura es aquella en la que todavía se es joven pero con mucho más esfuerzo" (J.L. Barrault)

Ante las inevitables transformaciones que acarrea la madurez se nos presentan dos opciones: deprimirnos o aprovechar esas nuevas energías desconocidas para encarar etapas distintas. La ginecóloga Beatriz Literat afirma que " en el umbral de la menopausia tenemos la oportunidad de volver a vivir una segunda adolescencia, parecida, y a la vez diferente de la que hemos vivido". Es tiempo de compartir, desear y vivir.

Me di de bruces con los efectos colaterales de los taitantos la mañana que me disponía a coger en el supermercado una cajita de ensalada en conserva, y no pude ver sus ingredientes. Para evitar la molestia de que alguien me leyera si llevaba o no cebolla, introduje las dos en la cesta de la compra -mediterránea y milanesa-. Desde entonces incluyo, entre los múltiples objetos de mi bolso, gafas para deletrear -nada nuevo eso de la presbicia una vez pasados los cuarenta- siempre que me acuerde de guardarlas. Esos despistes que van en aumento ya empiezan a preocuparme también por mucho que el médico diga que suelen ser gajes de quien tiene muchas cosas en qué pensar, o mucha vida interior como me dice, a modo de consuelo, una amiga. 

He hablado con varias personas sobre los cambios más importantes que han experimentado en su vida una vez desembarcadas en esas etapas en las que no podemos zafarnos de unas variaciones físicas o síquicas , si no ambas a la vez, a las que enfrentarse desde muchos puntos de vista. Dos veces veinte años abundantes te hace replantearte tu vida. Es el ahora o nunca. El sentimiento de que el sol pasa por delante de tu puerta por última vez te lleva algunas veces a volverte esa o ese adolescente que un día soñaba con imposibles historias de película. Escenas que, a fuerza de mobiola, unas veces se aproximan a nuestro ideal de paraíso y otras nos decepcionan hasta la desilusión más profunda. Con todo un bagaje de experiencia de todo tipo, las de pareja son quizás las que más nos vayan marcando. Pequeñas decepciones que minan la convivencia y que nos hacen cómplices conocedoras de quienes elegimos para compartirlo todo. "Los defectos de mi marido nadie los sabe si yo no los digo",o a la inversa, son ya lemas de sabiduría para la etapa de palpitaciones extrañas que encaramos las de taitantos... La reflexión de mi amiga Maite es muy otra: "casar yo me casaría si la vida del casado fuera como el primer días". Soltera,por supuesto.

Son los temas de café mañanero  que solemos tener; puntos comunes sobre esos compañeros de fatigas  e incondicionales apoyos en momentos verdaderamente delicados, a los que "por lo bajini" confesamos querer unas veces más que otras. Cosas de mujeres seguras de que el sentido del humor y la fina ironía es la tabla de salvación para muchos inevitables desasosiegos que la realidad va imponiendo. "Lloran de rabia, envejecen haciéndose más sabias, saben coger el toro por los cuernos,pero también correr para no caer en el infierno... Que transforman lo eterno en cotidiano... Y como todos quieren que las quieran más...", canta como nadie Ana Belén.

A los desgastes de la convivencia se unen los rechazos para la mayoría de los trabajos, con lo que la sensación de que se te escapa de las manos la juventud va en aumento. Desde luego que no es necesario llegar a los extremos de una de las protagonistas de la película de protesta social cuyo nombre no recuerdo ahora, en la que la madura mujer metió bajo el brazo un paquete de compresas para que en la selección de personal para un trabajo "comprendiesen"  que aún era joven, a pesar del DNI. Sin embargo por la coquetería en unas ocasiones , en otras por el desfase entre cuerpo y mente, junto con una tercera posibilidad en la que se juntan ambos argumentos, el cuerpo y el alma femeninas mutan en auténticas explosiones de acaloramientos, sentimientos a flor de piel, insomnios injustificados y anhelos de los más variopintos que pasan a ser auténticas obsesiones.   

En algunas mujeres los "adornos" exteriores para semejarse a esa hija en la pubertad  pueden llegar a ser extremadamente patentes. De ahí la repentina necesidad por adelgazar, lucir vistosos modelitos, teñirse el cabello o ponerse tetas, entre otros artilugios de coqueta rebeldía. "..Te diré que tengo 47 años y que en mi caso no he sentido todavía la tentación  que sí he visto en alguna amiga, de volver a las minifaldas o al gimnasio "in extremis", ja,ja. Pero sí que es verdad que estoy pasando por una etapa complicada donde me planteo a menudo las opciones que tomé o dejé a lo largo de mi vida. Algunas veces me enfado conmigo misma por lo que pude hacer y no hice. Y en el fondo me da rabia porque estoy traicionando mi filosofía de vida. Yo siempre he sido de pensar: estoy aquí, estoy viva, pues no me equivoqué, porque en realidad siempre creemos que lo que no hicimos hubiera sido lo correcto, lo bueno o lo que nos hubiera dado una vida llena de éxitos y eso no tiene por qué ser así. Quien sabe, tal vez hubiese tenido un accidente mortal yendo de camino a ese trabajo maravilloso que perdí o se hubiera hundido mi velero, ese que me hubiera comprado con el billete de lotería que no tocó...", escribió Mamen para mi blog.

Por su parte, Suny comenta que se casó muy jovencita y, tal vez esa circunstancial la haya conducido a disfrutar de una juventud más plena con el medio siglo. " Ahora, con la madurez de los cincuenta, me apetecen hacer muchas cosas que no hice en la edad de la juventud. Quiero pintar, bailar, salir de excursión, reunirme con amigas y cenar, alguna vez, para intercambiar conversaciones de "mujeres maduras". Todo esto me hace sentirme bien y joven. Cuando veo fotos de mis hijos, me doy cuenta de la realidad", 
explica esta polifacética mujer que lo mismo pinta que cultiva una camelia.

En el caso de algunos varones, esa segunda juventud se refleja en una necesidad imperiosa por demostrar que aún son buenos "machitos"; y también emprenden nuevas visitas al gimnasio, disimulan las entradas de su frente o intentan competir en músculos con sus cachorros. Otro grupo de ellos abandona el nido familiar y rompe con toda su vida anterior, en busca de esa otra juventud que a la que se niegan a renunciar. En la en la mayoría de los caso, acaben por comprender que el paraíso es preciso buscarlo dentro de uno mismo. Al final, por mucho que huyan se encontrarán con más de lo mismo. Es lo que ahora llaman el síndrome del viejazo. Esta búsqueda de estimulación hace que durante un tiempo se sientan a gusto con un estilo de vida lejos del compromiso y asociado a la libertad ya consumida por las responsabilidades y exigencias de la vida madura, pero a largo plazo, será uno de los mayores errores cometidos porque se pone en juego la verdadera estructura emocional y social que tanto sacrificio ha costado conseguir y todo por un momento pasajero de confusión”, explica la socióloga y catedrática norteamericana Barbara Weiss Hewitt

Las mujeres, más sutiles para casi todo, suelen vivir el espejismo de esas ilusiones de una manera menos exteriorizada. Para los sentimientos solemos ser más intensas, pero asimismo más reflexivas. Si alguna tentación de hacer locuras llama a nuestra puerta siempre sopesaremos más las consecuencias de las decisiones que pueden acarrear los impulsos hormonales. . Una larga herencia genética nos ha aprendido a vivir sin que los sueños nos dominen. "Ya no tiene veinte años, aunque a veces lo parezca. Sus ojeras maquilladas son azules como el alba.. Ayúdala. Pon sus pies sobre la tierra, sin que apenas se de cuenta, pero no quiebres sus alas, hoy teñidas de esperanzas", recuerdo que cantaba Mari Trini por aquellos años en los que yo pensaba que nunca tendría que tapar esas señales delatoras.

Como siempre, el sentido del humor vendrá a salvarnos de los augurios más dramáticos. Tomarse las cosas  con esa inteligencia emocional que debería aportarnos el paso del tiempo nos llevará a desdramatizar situaciones. Una de mis amigas,a la que le dijeron un día: "¡vaya pedazo de culo que tienes!", se dio media vuelta con su mejor cara y les espetó contundente: "¡De algo hay que fardar!". "A los quince me hubiera pillado una perreta por llamarme gorda, pero a estas alturas, me lo tomo con humor e icluso tenía una respuesta más fuerte que me reservé para no pecar de  ordinaria", nos argumentaba. El pudor es una virtud relativa, según se tengan veinte,treinta o cuarenta y cinco años. Eso sí, la subsodicha siempre se quita un año -sólo uno-. Ya es cuestión de principios.

Tomemos la opción de recibir con naturalidad las etapas que nos va deparando nuestro futuro. Nada tan positivo como aceptarse y vivir cada momento como único que es. Ni pasados ni futuros. Aquí os dejo un fragmento del cortometraje titulado "Las Esperas": "Atesora momentos de tu vida... Trabaja como si no necesitaras el dinero, ama como si nunca te hubieran herido, y baila como si nadie te estuviese viendo...". 


Imagen: Pintura "Las mujeres azules", de Marc Jesús