Esas pequeñas cosas...

jueves, 19 de abril de 2018

¡Chsss, que hay ropa tendida!

"La verdadera patria del hombre es la infancia" (Rilke)

Cuando empezaba a pensar que me estaba dejando llevar demasiado por la nostalgia, ya sabéis, los cuentos de tantos recuerdos de otras épocas juveniles, infantiles; incluso historias de gente que ni siquiera conocí, más que por sus retratos en sepia o en palabras,superpuestas en "les caleyes", en "les pandes", en los montes, en las paredes de piedra, en las viejas galerías de cristales rotos ahora y en los árboles de troncos centenarios de la aldea. Cuando estaba a punto de no escribir en un tiempo sobre los recuerdos, los míos, los de mis padres, los de los amigos que ya no están, los de las personas que un día fueron leyenda sin ellas percatarse de su magnetismo, de su singularidad o de sus hazañas, de su sentido del humor, de su filosofía de vida... Cuando empezaba a plantearme si tenía algún sentido recrearse, contar, revivir las añoranzas, leo unas declaraciones de Tino Pertierra, hablando de su última novela, Para morir iguales, que dicen: "He querido hablar de la sensación de que lo que sucede en la infancia siempre es verdad, los niños solo se ocupan de lo importante... Después la vida deja de ser verdadera y se convierte en una simulación...De ese nostalgia feroz por la vida verdadera que todos hemos perdido es de lo que he intentado hablar".

Qué cosas, justo ayer había estado cogiendo agua en la fuente de lavar de Soto y mientras observaba ese manantial, que estos días baja generoso, pasaron por mis pensamientos unos años en los que el "llavaeru" se llenaba de mujeres -solo mujeres- donde iban con la ropa de su casa, la de sus padres la de sus hijos, la de sus maridos mineros o campesinos; en algunos casos los dos oficios... A veces, se peleaban por ocupar los lugares donde el agua bajaba más limpia -yo llegué primero. Sí, pero traes ropa más puerca-, otras sacaban también los trapos sucios de sus problemas personales y se enzarzaban en alguna pelea, pero abundaban las ocasiones en las que mutuamente se ofrecían para echarse una mano, ayudándose a escurrir las toallas, a llevar la pesada carga de la ropa mojada o a hacer de cuidadoras de los hijos de sus vecinas cuando a éstas les ahogaba el trabajo; incluso para ofrecerse de paño de lágrimas cuando se escapaba algún lamento.  "Toes tenemos nuestres penes, pero hay que sobrellevales, nun te aflijas tantu, que el tiempu ye muy sabiu", solían decirse tratando de sacar toda su empatía, a pesar de que no existía todavía esa palabra. "Y tú, María,a ver si espabiles, que a los hombres hay que enseñayos solo la mitá del culo" . En la parte final del "llavaeru", la reservada para la ropa sucia por excelencia, dos mujeres vestidas de riguroso negro, hablaban bajito sobre un hombre que hacía tres día que no aparecía por casa, bajo sospecha de algún asunto de faldas, y cuya mujer,que lavaba cuatro lugares más arriba había jurado echarle para siempre para el cuarto que el último tío soltero había dejado libre.. ¡Chsss, que hay ropa tendida!,decían mirándo de reojo a la más pequeña de la escena. Demasiado tarde, la criatura ya se estaba haciendo sus conjeturas desde los pocos datos infantiles, que la llevaban a pensar que el castigo no era tan malo.

Allí estaba Lola la de Lao, Amada, Soledad, Fina, María, Aleida,  Eva, Amparo la del Ruxu, Celia, Gloria, Edelmira,  Delfina, Rosita, Irene, Ángeles... También creí ver a una niña que casi siempre se le hacía interminable la espera, y que para no aburrirse, mientras enjabonaba algún calcetín que su madre le daba para que se distrajera y para que fuera aprendiendo, escuchaba historias que casi nunca comprendía. Una niña que pensaba cómo podían soportar aquellas mujeres aquel agua tan fría del mes de Febrero, y los efectos de aquellas piedras  donde frotaban los trapos con unas manos gastadas por el trabajo, el tiempo y una vida que no le parecía tan colorida como los cuentos que todos los años le dejaban los Reyes Magos.

 Luego, a la mayoría de ellas las esperaba la costumbre o el consuelo del vino blanco "calentao con azúcar" que tomaban cuando llegaban a casa con "les manes engarabellíes" y con la humedad en el alma y en el cuerpo, mientras se avivaba el fuego de la cocina de carbón y leña, que solía apagarse en su ausencia. Encima de la mesa de la cocina esperaban las  páginas de cuentas y caligrafía, que había que entregar en la escuela al día siguiente y que rara vez no recibían algún manchón de la jarra de leche recién ordeñada que estaba cerca o del trozo de manzana asada que el abuelo siempre tomaba de postre para la cena. Acababan de empezar con las multiplicaciones por un número, pero ella prefería el cuaderno de las letras. A la madre aún le quedaban muchas tareas después de tender aquel balde que traía sobre la cabeza a rebosar. Al oscurecer comenzaban a llegar los aromas a ajo "respiñao" que salía por las ventanas de la quintana. Era la antesala de sus horas favoritas del día, cuando las estancias principales de la casa ya estaban caldeadas y el frío que se adivinaba fuera invitaban a reunirse en torno a la mesa y escuchar conversaciones que venían a demostrarle que la vida no era tan simple como el hecho de enjabonar, frotar, esclarar, retorcer la ropa y tender, aunque los mayores hablasen medio en clave y repitiesen: ¡Chsss que hay ropa tendida!. Pero se sentía feliz en aquellas horas de infancia en las que la vida era simple.

Todo esto en esos minutos que tardaron en llenarse los cinco litros de la botella de agua, ese agua que más que chaporretear cuenta nostalgias de un tiempo en el que, como dice Pertierra "se vive de verdad".

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