Esas pequeñas cosas...

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Te debía un cuentín

Ella siempre dice que más importante que conocer todas las cosas es saber dónde encontrarlas. Con lo que, siguiendo esa premisa, vaya si se defiende ante cualquier obstáculo. Es habilidosa, inteligente y curiosa. Y esas cualidades, usadas en el orden que convenga en cada momento, la llevaron a convertirse en una mujer de taitantos segura de si misma, valiente, reivindicativa, y "echá p´alante".

Con ese preámbulo os podría contar que había una vez una chica muy joven, que inició su vida en pareja cuando sus amigas aún jugaban con muñecas, con lo que tuvo poco tiempo para disfrutar de la descuidada adolescencia, donde las responsabilidades todavía son de otros. Madre de un niño, cuando ella casi era otra  y una situación laboral y económica también en pañales, como suele suceder al inicio de la vida de los adultos, especialmente cuando se empieza la etapa de las cargas familiares a una edad temprana, podría decirse que la protagonista de este cuentín empezó su vida un poco al revés. Vamos, que primero fue mayor, para después ser joven.

Ejerce de  abuela moderna, de fotógrafa, de tertuliana por las redes, de cuidadora de su gran familia y de mujer de hoy en día,. Por lo que,a ser posible, no renuncia a disfrutar de esos pequeños placeres de una comida con amigos, una cena entre mujeres, la celebración de una fiesta patronal, de  una ceremonia familiar, de un viaje, de un curso para aprender algo nuevo, de un café en el corredor de su casa o de los rayos del sol de otoño en su antojana de La Canella, por poner algún ejemplo de sus momentos felices.

Cuando hablo de ella, la pongo como ejemplo de que nada se puede generalizar: uno puede casarse joven y acertar con una vida plena y viceversa; como también una puede ser madre jovencísima o con  más de cuarenta, y los resultados ser imprevisibles, pero casi nunca los que se prejuician. Al final, todo es cuestión de tener la cabeza bien amueblada, poner ilusión en cualquiera de tus empresas y de creer que la suerte hay que trabajársela. Aunque también pienso que sus astros estaban bien alineados.

Tal vez  no se acuerde, pero fue la primera persona que compartió lo que escribía en mi blog, cuando comenzábamos a circular por este mundo de Redes que tejen y atrapan. Yo, que trabajo con palabras desde que tengo uso de razón, porque para otras habilidades ya me rodean la mayoría de las personas con las que me relaciono, -qué asco, todo se os da bien, les digo muchas veces en tono cariñoso-, admiro esa su facilidad para la cocina, para las manualidades, para la decoración,  para cualquier entuerto repentino o para convertir media docena de piñas en un trozo de alma de mujer, que por supuesto domina de forma innata,  mi protagonista de hoy.

He aquí un ejemplo más de mujeres que hacen con elegancia su trabajo de amas de casa; ese de los mil oficios, imprescindibles en la vida de los demás, pero también convencidas de que su propia felicidad es importante para poder repercutirlo en su mundo. Esas congéneres anónimas, bajo cuyas vidas sencillas y cuyas historias siempre aparece lo extraordinario.

Podéis encontrárosla con una cesta buscando setas en cualquier senda del municipio coyán, pero no es Caperucita porque, como la mayoría de las mujeres de hoy en día, no tiene miedo a ningún lobo ni necesita de ningún cazador que la rescate. Eso sí, bajo el mantel rojo de su cesta, siempre llevará un tarro de algo bueno para quien pudiera merecerlo o necesitarlo. Porque las mujeres de mis cuentos suelen ser son solidarias y empáticas. Y, como dice Jordi Granet, de vez en cuando hay que escribirles a los amigos para decirles cuánto valen, aunque sea a través de un cuentín.





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