jueves, 15 de noviembre de 2018

La ventanina. El cuento de Noviembre

Los lugares de reunión variaban, según la estación o el trabajo a realizar por las mujeres de la quintana. Pero era rara la tarde o la noche que no se juntasen el grupo de amigas para compartir faenas y darse ese calor femenino, tan necesario fundamentalmente en las adversidades.

Hacía meses que venían notando que Carmina, su verdadero nombre es lo de menos, siempre llegaba con los ojos de haber llorado a la fuente de lavar, al corredor -el más amplio era el de la casa de Cecilia-, a la galería de junto al río, donde aprendían a hacer la ropa de la familia, lo que también ocurriía en cualquiera de sus caleyas donde llegasen los rayos del sol,  a "coyer" maíz a principios del otoño por cada uno de sus minifundios, o a  "esfabetar" en la cocina de Ángela -la más vieja y ahumada pero la más cálida-, en los anocheceres fríos del invierno. 

Carmina era de pocas palabras, y las pocas que pronunciaba parecían estar envueltas en toda la tristeza de una mujer joven que parecía tener 30 años de más por la amargura de sus gestos. Una tarde, tenía que ser de Noviembre porque la noche llegaba rápido y había que apurar el cigarrín que furtivamente liaba alguna de las tertulianas o aquella copa de anís que solían compartir, la más callada del grupo -tal vez por que le hizo más efecto el trago o porque ya no soportaba tanto dolor-, les contó el infierno que la hacía pasar su marido, cuando cada noche llegaba borracho del chigre. "Con cualquier pretexto, me golpea: porque está el arroz duro, porque está algo pasado, porque me habló el vecino mientras partía la leña, porque me entretuve en casa de María bordando la almohada..." Eso sí, tenía la deferencia de apartarla a una bodega, separada de las estancias principales de la casa por unas paredes muy anchas y con una ventanina muy pequeña que daba a la calle, para que sus hijos no vieran los daños, aunque ello no significara que no se enterasen de todo, porque las voces de él y los llantos de ella no había piedra que los sofocase.

-"¿Qué podemos hacer por ti, Carmina?", le preguntaron aquel día sus amigas, conscientes que no les amparaba más justicia que la de su propia valentía, porque la mujer en aquellas épocas no tenía ningún derecho; mucho menos el de ser amparada en la violencia que sufría de puertas para dentro de su casa. Pero, aún desconociendo el significado de la ahora tan de moda sororidad, eran conscientes de que la solidaridad femenina podía mover montañas. Y fue entonces cuando se les ocurrió un plan solidario, orquestado por otra Carmen: -"Ea, a grandes males, grandes remedios, vamos a hacer de centineles. Caa día una de nosotres irá, con cualquier pretextu, cuando sintamos que empieza la bulla, a picái a Carmina en la ventanina de la bodega".

Y así,u n día Sara picaba a su amiga para pedirle un poco de sal, otro día iba Elena llegaba reclamando su presencia para ayudarla a atender a un hijo que se había hecho daño, otro anochecer Clara picaba en la puerta de la bodega para pedir prestada una madeja de la lana, etc. Pasó el tiempo y Carmina llegaba a los encuentros con la frente más alta, la mirada más alegre y la palabra más abundante. Las palizas habían remitido y Juan, también su verdadero nombre es lo de menos, ya no la agarraba por el brazo -en el que siempre le quedó la huella de los zarpazos-, para dirigirla a la bodega de sus tormentos.

El final de la historia, pasada ya por las palabras de tres generaciones, es algo difuso. Unas versiones dicen que el padre de los seis hijos de Carmina, emigró al otro lado del océano y que nunca se supo más de él. Otras que apareció muerto en una cabaña de un monte lejano, y algunas cuantas que se fue a vivir con otra mujer a un pueblo no muy lejano. El caso es que nadie le echó de menos, porque estaréis de acuerdo conmigo en que cuando una mala persona desaparece "que tanta gloria lleve como paz deja".

La historia, aunque ya es muy vieja, podría repetirse muy cerca de nosotras, con otros nombres, otras circunstancias y una ventanina más grande. Por eso hay que seguir estando alertos y solidarios.


En la imagen, mujeres cosiendo en una caleya de Villamayor, en 1918. Fotografía tomada de "Memoria Digital de Asturias".

domingo, 28 de octubre de 2018

Nieve de Octubre

“Cuando mi güelu Llaíñes empezaba a velo nevar tan en tiempu, eso sinificaba que, al final del inviernu, les sos vaques tendrín que comer hasta fueya de maíz y calabaces", me cuenta Bárbara al ver caer esos copos abundantes en Octubre, que nos pillaron hoy de sorpresa por el sur de Asturias. 

Y prosigue con los recuerdos de muchas anécdotas de "tenaes, rastroxos y retazos", que guarda en su memoria privilegiada. " Manuel, que era de los fuertes en cuantu a yerba recogía, regaloi a Marquina, un mes de Enero, de faz 60 años, los retazos, que eren sobres de la so tená. El ganaderu, fízo la ofrenda con un ciertu aire de fanfarronería hacia aquella muyerina que vivía sola y con escasez"

Tres meses después, como el invierno vino "nevaor", tuvo que volver a comprar a María -quien a fuerza de necesiá sabía estirar los bienes- parte de sus antiguos retazos."Venderéte un pucu mante, y pa la próxima acuérdate de que el que come y dexa, dos veces pon la mesa”, lrecordoi a pastora, que era probe, pero más lista que la fame", concluyó la narradora.

viernes, 26 de octubre de 2018

Qué distintos los miedos


En el lugar en el que antes veía la posibilidad de que se me apareciera un espíritu aterrador, sólo observo ahora un prado bordeando la iglesia de San Andrés; un sitio donde llegan fácilmente los rayos del sol, dibujado de recuerdos custodiados por montañas, lo único eterno.

Qué distintas la percepciones de los miedos, según la edad que atravieses.  Cuando era una nena, miraba de reojo aquel cementerio que separaba las dos localidades que forman mi aldea: Soto y Agues. No había manera posible de no verlo porque está estratégicamente situado. En mi imaginación se mezclaban antiguas leyendas de luces que se veían deambular por allí en la noche, apariciones de ultratumba y ruidos extraños si te adentrabas en sus entrañas a horas poco recomendables. La noche de difuntos era especialmente propicia a imaginarse espectros varios, sobretodo si el viento frío de los días más cortos se colaba por las rendijas de aquellas ventanas que aún no sabían de doble acristalamiento. En la actualidad mis fantasmas son muy otros; más reales,dañinos y cercanos.,

No me gustan los camposantos, ni mucho menos las visitas preestablecidas. Aspiro a que mis recuerdos queden en algún lugar menos transitado; si acaso solamente sirvan para que la  vida de las personas que me precedan tenga una chispita más de energía positiva. . Me conformo con que sean muy pocas; el olvido forma parte de la naturaleza humana, y hay que ser muy pretencioso para aspirar a mucho más. Pero siempre he creído en la luz que se deja en la existencia de algunos seres humanos que por distintas circunstancias forman parte de nuestros días. 

Es recomendable, sin embargo, adentrarse en un cementerio alguna vez para recordar que no merece la pena tanto sufrimiento por banalidades, si al fin y al cabo todo termina en ceniza. De aquí a cien años todos calvos. Verdad verdadera. Me da risa la prepotencia, la avaricia o el espíritu de superioridad de algun@s, si por mucho que les pese tienen que acabar donde el más insignificante de los mortales. Demasiado tarde, una vez allí, para remediar esos sentimientos tóxicos, de odios y recelos infundados que mostramos hacia algún prójimo.

Os cuento que aborrezco esos lugares de lápidas frías, flores de plástico y casi siempre alguna corona reseca, sino algunos mausoleos que van quedando cubiertos por la hierba, con sus letras descolgadas y las fechas inciertas.Pero por respeto a quienes valoran una visita a sus antepasados, una vez al año me acerco a ese lugar,  "Éste es fulanito de tal, que tenía los mismos ojos azules de Manuel". "Oh, está a punto de desaparecer la tumba de Eugenio", qué gran tragedia la de sus dieciocho años truncados en un accidente en la mina". "Allí al fondo está José, podría haber sido un ilustre coyán , si un accidente de coche no hubiese truncado su carrera". "¿Os acordáis de Manolo .Aquel hombre tan cabezota?.Se casó ya de mayor con una mujer muy fina, sin embargo siempre se quisieron micho Ella está en un nicho porque tenía pavor a la tierra". "Aquellas letras irreconocibles esconden el nombre de Juan; el hombre que casi hablaba con las cabras". "¿Quién le traería las flores frescas a Celia ¿habrá encontrado aquel amor que siempre buscó?" Y así podríamos pasarnos todo un día, dando pinceladas a las vidas que ya no son porque en un pueblo pequeño, como bien dice mi padre,"ya hay muchos más muertos que vivos". Piensas también, mientras quitas algunas hierbas rebeldes que se cuelan testarudas  en busca la vida a pesar del cemento, que los recuerdos, salvo excepciones, no duran más de dos generaciones. Tres a todo lo más.

Me cuesta mucho mirar las fotografías de personas más jóvenes, próximas a mi generación, con las que compartí pupitre, acné y años de juventud. No quiero imaginármelos allí aprisionados, y alzo la cabeza un poco más para pensarlos transitando por otros lugares, libres y eternos. Nunca hubiéramos pensado en ese destino cuando recorríamos confiados los veranos de nuestra infancia. Los  dirigo a sus cosas de siempre; aquello que cada uno más amaba y que formaba parte de sus ser. Estoy convencida de que algo de ellos sigue a modo de esos desapercibidos aleteos de la mariposa que todos somos. Silenciosos compañeros, que dice Isabel Allende.

Luego, tras una de sus tapias, un lugar ya casi olvidado donde estuvieron aquellos que en una época de terror no eran considerados dignos de una tierra compartida. Las fosas comunes de la España más negra que ahora empiezan a cubrirse de flores o hierba más fresca y justa o un recuerdo a viva voz.; junto con personas totalmente anónimas al cabo del tiempo que, a la derecha o a la izquierda de esas tapias, tuvieron sueños, sufrimientos y momentos felices.

Y de vuelta a casa, tras la visita al cementerio donde están algunos de mis seres queridos,  con la sensación y la convicción de que lo esencial nos pasa la mayor parte del tiempo desapercibido por buscar algo que jamás llega y que el  hoy siempre es lo más importante que tenemos . La vida empieza cada día  y es un regalo prestado. Lo de menos será el destino de esas cenizas que nos acaban haciendo a todos iguales; allá cómo se imagine cada cual su última morada.

Tan distintos los miedos ahora, como escribía al principio, que hasta nos atrevimos a tomárnoslos con humor y sacarlos a pasear nuestro cementerio por el Río Nalón, en la 51 Edición del Descenso Folklórico. El humor siempre será la mejor tabla de salvación para cualquier temor.

Fotografía:Héctor MndzFndz

lunes, 1 de octubre de 2018

La zurcidora

“En esti conceju nació una muyer que fue la zurcidora de les camises del Secretariu de Alfonso XIII, y les sus filles trabayaron de planchaores de la ropa de toa la familia real”, me contaba ayer Mina, mientras paseábamos por “les caleyes” donde nació Lena, la experta en disimular desgarros, haciendo hincapié en que la habilidad de zurcir podía equiparase a cualquier doctorado, “porque nun ye lo mismo arreglar un rotu que un descosíu”. 

Pero antes de ejercer su oficio en las altas estancias de Madrid, Lena hubo de pasar por un calvario de maltrato por parte de su pareja. “Mi madre, que me contó esta historia, que la dejó marcá desde que era muy nena, recordaba especialmente cómo se murmuraba que un día, los hermanos de la costurera, la encontraron sacando el cuchu del corral, la misma mañana que había dao a luz a su tercer hija, tovía con la sangre del partu arroyando bajo su saya, porque el su hombre la había obligao a levantase a trabayar”. 

Los vecinos del pueblo conocían los hechos, se conmovían con ellos y compadecían a la mujer -apenas una niña-; incluso alguna vez la cobijaron huyendo de las palizas diarias a las que la sometía el energúmeno de su marido. Pero, poco más podían hacer, porque el maltrato de género era algo privado y consentido por la costumbre social. Tampoco existía ninguna ley específica que lo castigase. “La repasadora solo una vez se atrevió a defendese “cociéndoi un sapu entre el arroz con patates que aquel bestia devoraba tóes les noches pa cenar”. Pero un día, el maltratador desapareció para siempre y nadie preguntó el quién y el cómo, aunque todos suponían, sin justificar los hechos pero entendiéndolos, el por qué. “Recuerdo que mi madre me contaba con voz de misteriu que la pareja de Lena apareció un amanecer muertu en un regatu, con señales de fesoriazos”, añadía Mina, mientras “el coruxu”, que ulula insistente en estas noches cálidas de otoño, parecía elevar su tono al escuchar el negro relato. Casi al tiempo de la tragedia, con la cara de Lena aún con moratones y un dolor que sería eterno en su pierna izquierda y en su alma, los parientes más afortunados de la víctima -con uno de esos apellidos de las familas que ponían la mesa con toda la parafernalia en el comedor de su caserón de aldea-, le consiguieron el “trabajo real”. Ni ella ni sus hijas quisieron hablar nunca de su vida cotidiana en la Corte, cuando regresaban algún verano al pueblo; como tampoco comentaron jamás aquella historia de horror que otra mujer, heredera de recuerdos lejanos, nos contó a propósito de la actualidad de crímenes de género, que parecen resucitar a las piedras que guardan memorias parecidas. Buen sábado; “la flores del Carmen” ya otoñean a pesar de este cielo de verano.

viernes, 14 de septiembre de 2018

El doble filo de las Referencias Académicas

Hace tiempo que leí, no recuerdo dónde, que un profesor de Universidad les decía a sus alumnos: "Yo no soy de mucho suspender, porque ya se encargará la vida de hacerlo". Otro maestro, ese sí lo recuerdo, ya que me dio clase en  mi adolescencia, solía repetirnos: "Si ustedes copian, al menos copien bien, que hasta para eso hay que esforzarse y ser listo". Por lo demás, en mi pueblo hay un dicho que se repite a través de las generaciones:"valeivos zanques que que en esti mundu too son trampes".

No es mi pretensión, como tampoco la es el estilo de mi blog, juzgar a nadie. Me esfuerzo,cada día más, en no hacer juicios por aquello de que es mejor intentar comprender que dictar sentencia. Pero, como la actualidad no es ajena a mis escritos, por mucho que la mayoría de las veces eche con ellos la vista al pasado, a las anécdotas más tiernas, a las vivencias más ingeniosas, a los sentimientos más amables, a mi propio día a día, trato de quedarme con el detalle pequeño, con la necesidad de preguntar cómo, y por qué de lo que más pasa desapercibido, pero quizás lo más esclarecedor para apartar el oro de la paja.

En plena vorágine de comprobación de másteres y demás títulos académicos, llega un momento que se forma tanto ruido que el gran público se pierde en el juicio de qué es verdad y a qué se le saca tajada desleal, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid. Qué son chanchullos y ventajismos, qué opiniones subjetivas y qué es la parte correcta y legal del proceso de ejecución de un trabajo.

Por eso, a la hora de opinar, deberíamos de conocer a fondo esas palabras que, a fuerza de ser repetidas, se convierten,de un día para otro, en normales entre las opiniones de público y expertos, o no, de los diversos campos de las sociedad, fundamentalmente oídas a través de los Medios de Comunicación, pero que pocos se detienen a analizar. Simplemente resuenan como un eco obligado.

Como para resolver un problema no hay nada como dividirlo y no generalizarlo al libre albedrío, hoy quiero hablaros de "referenciar", uno de los términos más repetidos en los últimos días por las redes sociales y demás canales de información oficial u oficiosa.

Argumento desde el punto de vista de una nacida no digital, a quienes nos asusta todo lo que tiene que ver con un nuevo programa de Internet,aunque a la larga acabemos aplicándolo por fuerza mayor. Vamos, que servidora casi tuvo que hacer una tesis para aprender a referenciar. Menuda tontería, una vez que aprendes, pero inevitable el pánico a los nuevos estilos informáticos a la par que académicos. Por otro lado, el arma de doble filo que es Internet, facilita las cosas al mismo tiempo que nos lleva a la tentación de lo fácil, de lo rápido...

Sin embargo, no nos deben asustar los conceptos, porque referenciar  no es otra cosa que citar el nombre,el autor, la fecha, el lugar... de un autor al que aludimos en una tarea académica. Vamos, los mismo de todos los trabajos de siempre, pero más rimbombante. Si seguimos la norma APA sería: Apellido autor, Iniciales nombre autor, (Año), Título en cursiva, Ciudad y país, Editorial.  ¿A que nos es para tanto?. Vas al apartado correspondiente de tu word y la presentación se te da de forma automática. Una vez que aprendí a referenciar, me convencí una vez más, que importa más la apariencia que la esencia. Por muy brillante que sea una tarea de investigación, si no está referenciada a conciencia, no vale para nota.

Pero la facilidades que nos aporta Internet son un arma de doble filo, porque caemos en la tentación de lo fácil,del corta y pega, de no estar en el lugar de los hechos, de no tener entre las manos el libro correspondiente, del plagio, de la falta de originalidad, de la ausencia de conclusiones personales, de los descubrimientos propios; en definitiva del esfuerzo. Además, la incoherencia también llama a las puertas a la hora de realizar un trabajo bien referenciado porque podemos fácilmente incurrir en el exceso o en el defecto.Y, a menudo, es difícil diferenciar entre lo copiado y lo referenciado. Como también es difícil pasar por todos los filtros de la opinión en cuanto a la calidad y no salir tocado. Por otro lado, estoy convencida de que la mayoría de vosotros habéis hecho cosas bastante más difíciles que referenciar, estéis o no en posesión de doctorados y demás titulaciones, que lo de aprender de la Universidad de la vida no es un mero slogam.

Hacedme caso, lo de referenciar es lo de menos, lo que importa es el esfuerzo personal, la honradez, el conocimiento. No nos quedemos en el tú más, en si tu padre te ayudó a hacer el poliedro en quinto de primaria o si has  copiado en Selectividad. Pocos pasaríamos la prueba de de la originalidad absoluta en cada una de los  historiales desde que un día nuestra madre nos repasara la caligrafía que se nos iba para abajo en nuestros primeros renglones de "Mi mamá me mima". Pero que no nos mime en exceso porque es conveniente cargar con el peso de los propios borrones, porque tal vez un día tengamos que rendir cuentas de eso.

miércoles, 25 de abril de 2018

¡Pobre Cristina!

A punto de echarme la crema barata de todas las mañanas -dicen que las propiedades son las mismas que las de alto standing-, para tratar de detener las inclemencias del tiempo en mis patas de gallo, escucho por la radio que circula un vídeo de 2011 por la red, de Cristina Cifuentes robando, presuntamente, unas cremas de Olay en un supermercado, ya sabéis ese potingue al  que "le gusta estar en tu piel", que dice el anuncio. En las imágenes se aprecia cómo los vigilantes de seguridad llevan a la Presidenta madrileña para pedirle explicaciones del hurto, sorprendidos sobretodo por cómo una mujer vestida de Prada puede cometer semejante acción.

Dada mi tendencia a hacer de abogada del diablo, que nunca mejor dicho, a juzgar por las informaciones, estos días se viste de Prada, y esa mi manía de compadecer al árbol caído, aunque el leñador tenga toda la fuerza y la razón, lo primero que pensé fue que a Cristina le empiezan a crecer los enanos, típico de quien de un día para otro pasa de princesa a mendiga,es posible que por méritos propios. Muy mal por añadir Másteres falsos, muy mal por un hurto que no es precisamente  para dar de comer a tus hijos, muy mal por mentir, pienso. Si tenéis oportunidad de hablar con trabajadores y trabajadoras de supermercados y grandes superficies comerciales os contarán cantidad de casos de gentes con perfiles de ricos y honrados que han sorprendido hurtando: desde un solomillo hasta un bolígrado, pasando por una pastilla de avecrén, unas bragas o un sobre de azafrán.

A propósito del caso, mi amiga Pilar se pregunta: "Perfumase en la tienda de Isidoro Álvarez  conla excusa de probar la colonia será delitu", a lo que Rosa le contesta: "Por si acasu,  perfúmate en casa". Por otro lado, cuidado con el fuego amigo; se comenta que en caso del vídeo de Cristina Cifuentes,que estuvo siete años bajo llave, el delator no anda lejos. Esto también me lleva a pensar, una vez más, que el undécimo Mandamiento debería de ser: "No traicionarás".

También se me ocurre, mientras corto el bote de crema para aprovechar los últimos residuos -lo postreroo caargao o lixero-, que también conozco casos de honestidad suprema, que compensan las malas prácticas, y que es una suerte tener la crema rejuvenecedora de una conciencia tranquila, aún con remedios de belleza baratos porque, al fin y al cabo, lo que da frescura a la piel, a la mirada, a la vida...  nada tiene que ver con las apariencias.






jueves, 19 de abril de 2018

¡Chsss, que hay ropa tendida!

"La verdadera patria del hombre es la infancia" (Rilke)

Cuando empezaba a pensar que me estaba dejando llevar demasiado por la nostalgia, ya sabéis, los cuentos de tantos recuerdos de otras épocas juveniles, infantiles; incluso historias de gente que ni siquiera conocí, más que por sus retratos en sepia o en la historia oral, superpuesta en "les caleyes", en "les pandes", en los montes, en las paredes de piedra, en las viejas galerías de cristales rotos ahora y en los árboles de troncos centenarios de la aldea. Cuando estaba a punto de no escribir en un tiempo sobre los recuerdos, los míos, los de mis padres, los de los amigos que ya no están, los de las personas que un día fueron leyenda sin ellas percatarse de su magnetismo, de su singularidad o de sus hazañas, de su sentido del humor, de su filosofía de vida... Cuando empezaba a plantearme si tenía algún sentido recrearse, contar, revivir las añoranzas, leo unas declaraciones de Tino Pertierra, hablando de su última novela "Para morir iguales",diciendo: "He querido hablar de la sensación de que lo que sucede en la infancia siempre es verdad, los niños solo se ocupan de lo importante... Después la vida deja de ser verdadera y se convierte en una simulación... De esa nostalgia feroz por la vida verdadera que todos hemos perdido es de lo que he intentado hablar".

Qué cosas, justo ayer había estado cogiendo agua en la fuente de lavar de Soto y mientras me hipnotizaba ese manantial, que estos días baja generoso, pasaron por mis pensamientos unos años en los que el "llavaeru" se llenaba de mujeres -solo mujeres- donde iban con la ropa de su casa, la de sus padres la de sus hijos, la de sus maridos mineros o campesinos; en algunos casos los dos oficios... A veces, se peleaban por ocupar los lugares donde el agua bajaba más limpia. "Yo llegué primero",decía María. -Sí, pero traes ropa más puerca",le contestaba Julia. Otras sacaban también los trapos sucios de sus problemas personales y se enzarzaban en alguna pelea, pero abundaban las ocasiones en las que mutuamente se ofrecían para echarse una mano. Así, se ayudaban a escurrir las toallas, a llevar la pesada carga de la ropa mojada o a hacer de cuidadoras de los hijos de sus vecinas cuando a éstas les ahogaba el trabajo; incluso para ofrecerse de paño de lágrimas cuando se escapaba algún lamento.  "Toes tenemos nuestres penes, pero hay que sobrellevales, nun te aflijas tantu, que el tiempu ye muy sabiu", solían decirse tratando de sacar toda su empatía, a pesar de que no existía todavía esa palabra. "Y tú, María,a ver si espabiles, que a los hombres hay que enseñayos solo la mitá del culo" . En la parte final del "llavaeru", la reservada para la ropa sucia por excelencia, dos mujeres vestidas de riguroso negro, hablaban bajito sobre un hombre que hacía tres día que no aparecía por casa, bajo sospecha de algún asunto de faldas, y cuya mujer,que lavaba cuatro lugares más arriba había jurado echarle para siempre para el cuarto que el último tío soltero había dejado libre.. ¡Chsss, que hay ropa tendida!,decían mirándo de reojo a la más pequeña de la escena. Demasiado tarde, la criatura ya se estaba haciendo sus conjeturas desde los pocos datos infantiles, que la llevaban a pensar que el castigo no era tan malo.

Allí estaba Lola la de Lao, Amada, Soledad, Fina, María, Aleida,  Eva, Amparo la del Ruxu, Celia, Gloria, Edelmira,  Delfina, Rosita, Irene, Ángeles... También creí ver a una niña que casi siempre se le hacía interminable la espera, y que para no aburrirse, mientras enjabonaba algún calcetín que su madre le daba para que se distrajera y para que fuera aprendiendo, escuchaba historias que casi nunca comprendía. Una niña que pensaba cómo podían soportar aquellas mujeres aquel agua tan fría del mes de Febrero, y los efectos de aquellas piedras  donde frotaban los trapos con unas manos gastadas por el trabajo, el tiempo y una vida que no le parecía tan colorida como los cuentos que todos los años le dejaban los Reyes Magos.

 Luego, a la mayoría de ellas las esperaba la costumbre o el consuelo del vino blanco "calentao con azúcar" que tomaban cuando llegaban a casa con "les manes engarabellíes" y con la humedad en el alma y en el cuerpo, mientras se avivaba el fuego de la cocina de carbón y leña, que solía apagarse en su ausencia. Encima de la mesa del "escañu" esperaban las  páginas de cuentas y caligrafía, que había que entregar en la escuela al día siguiente y que rara vez no recibían algún manchón de la jarra de leche recién "catá" o del trozo de manzana asada que el abuelo siempre tomaba de postre para la cena. Acababan de empezar con las multiplicaciones por un número, pero ella prefería el cuaderno de las letras. A la madre aún le quedaban muchas tareas después de tender aquel balde que traía sobre la cabeza a rebosar. Al oscurecer comenzaban a llegar los aromas a ajo "respiñao" que salía por las ventanas de la quintana. Era la antesala de sus horas favoritas del día, cuando las estancias principales de la casa ya estaban caldeadas y el frío que se adivinaba fuera invitaban a reunirse en torno a la mesa y escuchar conversaciones que venían a demostrarle que la vida no era tan simple como el hecho de enjabonar, frotar, esclarar, retorcer la ropa y tender, aunque los mayores hablasen medio en clave y repitiesen: ¡Chsss que hay ropa tendida!. Pero se sentía feliz en aquellas horas de infancia en las que la vida era simple.

Todo esto en esos minutos que tardaron en llenarse los cinco litros de la botella de agua, ese agua que más que chaporretear cuenta nostalgias de un tiempo en el que, como dice Pertierra "se vive de verdad".