miércoles, 2 de septiembre de 2026
Refraneras
Llegado septiembre con refranes de cosecha, me dio por recordar la historia de Gelina, que tenía un refrán para cada momento de la vida. En la Asturias rural de mediados del siglo XX, aquella mujer de rutinas caóticas y pensamientos desbordados convirtió los proverbios en una forma de entender el mundo y, sobre todo, de resistir sus injusticias. Para cada verdad popular parecía existir otra capaz de contradecirla, pero siempre había un dicho al que aferrarse.
En su aldea del centro suroriental asturiano, marcada por las estrecheces, la solidaridad entre mujeres ayudaba a sostener a las familias. Un abrazo, unas palabras de ánimo, un pan de escanda o un refrán compartido podían convertirse en pequeños salvavidas. Su tía abuela Luisa lo resumía así: “Fai máis el que quer que el que pode.”
Gelina, que conservaba además algo del habla eonaviega de su infancia, aunque atea había aprendido otro refrán materno que terminaría interpretando a su manera: “Dios tou ye remedios.” Para ella, aquello podía significar karma, azar, dimensiones invisibles o simplemente algo que escapaba a la comprensión humana.
Una fría tarde de enero, con la nieve cubriendo los montes y casi una decena de bocas que alimentar, la despensa estaba prácticamente vacía. En la cocina, un pote hervía con apenas unas patatas y algo de tocino. Desesperada, Gelina subió por tercera vez al desván en busca de algún resto de la cosecha.
Allí, un relámpago iluminó un rincón y reveló un montón de patatas suficiente para alimentar a toda la familia hasta la primavera. El misterio tuvo pronto una explicación: unos ratones de campo habían transportado parte de la cosecha de la casa vecina a través de un agujero del tabique.
La vecina llegada del Occidente, consciente de que sus vecinos nunca habían conocido el hambre, dudó entre devolverlas o aprovechar aquel inesperado regalo. Su honradez, sin embargo, tuvo que enfrentarse a la necesidad. Finalmente, decidió quedarse con las patatas.
Sonrió y, sin remordimientos, recordó su refrán de cabecera: “Dios tou ye remedios, madre.” O el karma o las dimensiones invisibles o los roedores… o una incógnita que la vida se empeñaba en dejar sin resolver.
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