jueves, 17 de enero de 2019
¿Y tú no trabajas?
La llamaré Esperanza, pero podría ser María, Sol, Rebeca, Aurora, Valeria o cualquier otra, porque la historia es real y el nombre inventado. Tiene 40 años y un trabajo sin determinar. Licenciada en Ingeniería Medioambiental, las circunstancias sociales, familiares, laborales o todas juntas a la vez no le fueron propicias para un trabajo estable y bien remunerado. Reparte su tiempo atendiendo a su familia: tres hijos, un marido y cuatro personas mayores de 80 que también requieren su atención. Se levanta a las seis de la mañana -podría levantarse a las seis y media, pero necesita ese trozo de amanecer para saborear el primer café ella sola-. A lo largo del día hace de asesora de moda, de costurera, de sicóloga, de enfermera, de mediadora, de cocinera -incluso hace unos dos años tuvo que especializarse en comida para celiacos porque la alergia del momento llegó también para algunos miembros de su familia-, de limpiadora, de maestra, y si hay suerte, se realiza en algún trabajo que le llega de cuando en cuando y mal pagado, relacionado con su profesión. Hasta hace sus pinitos, en tardes de inspiración, escribiendo poemas en una libretita rosa palo que siempre lleva en el bolso, perdida entre el amasijo de objetos que "conviven" en el mismo. Se la compró un año por las rebajas en esa tienda barata, con apariencia de cara donde solemos comprar "las que queremos pero no podemos porque gustos buenos solemos tener, aunque no dinero", que dice Pilar. Algunas veces -me cuenta como un secreto a voces que esos momentos son para ella una Religión-, Esperanza queda con sus amigas y amigos para "desembrutecer el alma", y se permite darse un capricho en forma de libro u otros objetos más mundanos, sin dejar que le cale el sentimiento de "no me lo merezco". A las diez y media de la noche, como mucho, no se va a dormir, directamente se desmaya en la cama. Está mentalizada de que cada uno debe de aprender a torear con el enfoque más positivo en la plaza que le toque en la vida, pero lo que le revienta y trata de zanjar con argumentos que no dejan duda, un día sí y otro también, es que le digan: "tú como tienes tiempo...", ¡qué bien vives!.Pero puede ser peor, sucede cuando le preguntan: "¿Tú no trabajas?", a lo que ella responde con un contundente: "¡¿Perdona?!".
lunes, 14 de enero de 2019
La bata de percal
- ¿Acuérdeste de Benjamina?, aquella muyer que estuvo unos años en Soto porque el su hombre trabayaba en les obres de la Fontona?. ¡Qué probes éramos toos de aquella!, recuerdan las más veteranasde Soto, mientras observan unos playeros de 150 Euros, que aparecen en un catálogo de Rebajas. Cayó en sus manos porque una de ellas lo había cogido a modo de sombrero, aprovechando la vida que les da los rayos de sol en invierno, pero "hay que tener cuidau,que el sol de frente en los meses que lleven R ye malo", nos aconsejan muchas veces.
-Pues si cuesten eso en rebajes, andarán solos, prosigue otra de ellas.
- Contaíme algo más de la muyer de la bata de percal, les pido, deseosa de anotar anécdotas para que no se olviden..
Y así fue cómo me enteré de que, en realidad, Benjamina apenas tendría veinte años y una sola bata de flores para vestirse durante todo el año. Por la semana la ponía por el revés y los domingos "al dereches". Cuando ya estaba muy sucia, esperaba a que cayese la noche. Se ponía encima algún trapo que la tapase, y se dirigía a la fuente a lavar su gastado vestido. Habían venido a vivir a Encima el Pueblu desde el Oriente de Asturias, hace unos 80 años, con su marido Mario, que encontró trabajo en la construcción de La Fontona,; la traída de agua que parte de Caleao y pasa por Sobrescobio y aún abastece, actualmente, a media Asturias. "Yo recuérdola con una potina colorá, y un alambre amarrau pa que nun se basculase el caldu, llevando-i la comida al su hombre. Lo de los túperes iba a tardar munchu en llegar aquí. Nun sé qué podría llevar en aquella potina, porque nun tenín ni gallines, ni huertu, ni praos, ni vaques ni ná,que era lo que los quitaba la fame a los que vivíamos en el pueblu", explica una de las que por entonces era una nena.
-Pero güelita, ¿por qué nadie i-daba un vestíu?, le pregunta el nieto, de la generación de los que miden las casas por gigas, a una de las narradoras.
- "¡Ay queríu!, porque la mayoría de les muyeres nun tenín más de dos". Y sé que lo veis imposible, pero recién acabá la guerra, les coses eren así. Ahora táis refalfiaos, pero antes había families en les que se echaben lo nenos de día, pa que i-diera tiempu a secar la ropa pál día siguiente ir a la escuela.
Abro mi armario esta mañana, recuerdo la conversación, y decido que este año tal vez no vaya a las rebajas., porque lo único que no tengo es una bata bata de percal....
-Pues si cuesten eso en rebajes, andarán solos, prosigue otra de ellas.
- Contaíme algo más de la muyer de la bata de percal, les pido, deseosa de anotar anécdotas para que no se olviden..
Y así fue cómo me enteré de que, en realidad, Benjamina apenas tendría veinte años y una sola bata de flores para vestirse durante todo el año. Por la semana la ponía por el revés y los domingos "al dereches". Cuando ya estaba muy sucia, esperaba a que cayese la noche. Se ponía encima algún trapo que la tapase, y se dirigía a la fuente a lavar su gastado vestido. Habían venido a vivir a Encima el Pueblu desde el Oriente de Asturias, hace unos 80 años, con su marido Mario, que encontró trabajo en la construcción de La Fontona,; la traída de agua que parte de Caleao y pasa por Sobrescobio y aún abastece, actualmente, a media Asturias. "Yo recuérdola con una potina colorá, y un alambre amarrau pa que nun se basculase el caldu, llevando-i la comida al su hombre. Lo de los túperes iba a tardar munchu en llegar aquí. Nun sé qué podría llevar en aquella potina, porque nun tenín ni gallines, ni huertu, ni praos, ni vaques ni ná,que era lo que los quitaba la fame a los que vivíamos en el pueblu", explica una de las que por entonces era una nena.
-Pero güelita, ¿por qué nadie i-daba un vestíu?, le pregunta el nieto, de la generación de los que miden las casas por gigas, a una de las narradoras.
- "¡Ay queríu!, porque la mayoría de les muyeres nun tenín más de dos". Y sé que lo veis imposible, pero recién acabá la guerra, les coses eren así. Ahora táis refalfiaos, pero antes había families en les que se echaben lo nenos de día, pa que i-diera tiempu a secar la ropa pál día siguiente ir a la escuela.
Abro mi armario esta mañana, recuerdo la conversación, y decido que este año tal vez no vaya a las rebajas., porque lo único que no tengo es una bata bata de percal....
jueves, 20 de diciembre de 2018
Queridas mujercitas
Ya decía yo que esa vieja letanía que repito a hijos, marido, familia, amigos y extraños, provenía de alguna frase lejana que quedó en el disco duro de mis recuerdos. Sobre todo cuando se aproximan las fechas de la lotería por excelencia, les suelo repetir que son más ricos y más felices de lo que ellos se creen, o como dijo Naeole: "A menudo las cosas que deseamos y no conseguimos no son más que la forma que el destino tiene de proteger lo que tenemos y no podemos perder".
Al poco de escuchar hoy en la radio hablar del clásico Mujercitas -en la Ser harán una adaptación radiofónica del cuento la mañana del próximo 25-, aproveché la salida diaria para hacer la compra y me acerqué a la biblioteca. Dicho sea de paso, es un lugar en el que me gusta pasar un ratín muchas mañanas porque; además del ambiente tranquilo, principalmente a esas horas tempranas, y ese aroma que desprende a fantasía, a historia, a cuentos..., la bibliotecaria siempre me recibe con una sonrisa, me llama por mi nombre y me pregunta cómo estoy .... Os parecerá que me conformo con poco, pero deteneos un momento a pensar cuántas personas hacen esas tres cosas al mismo tiempo a lo largo de vuestro día. Pues a por Mujercitas me dirigí, después de dejar finiquitados los quehaceres cotidianos básicos. Toni Garrido me vendió tan bien la historia de Meg, Jo,Beth y Amy, mientras sacaba la ropa de la lavadora que, en cuanto acabé de tender -el cielo prometía un rápido secado-, decidí repasarla. Aquellas vivencias de solidaridad entre una madre y cuatro hermanas que caminaban hacia la madurez en unas condiciones relativamente difíciles adornó tantas de mis tardes cuando era una nena, primero en forma de libro y después, ya con tele en blanco y negro, en forma de película, que se me figuraba un déjà vu de lo más entrañable.
-¡Cuéntanos otra historia mamá...!.
La señora March sonrió y comenzó enseguida:
- Érase una vez... cuatro niñas a las que no faltaba la comida ni la ropa necesaria, y tenían no pocos placeres y comodidades, así como buenos amigos y unos padres que las querían mucho, pero ellas no estaban satisfechas... Esas niñas querían ser buenas (apunto que el concepto de bondad va variando con el tiempo y no es lo mismo ser una mujer buena ahora que hace más de un siglo), y se hacían magníficos propósitos, pero eran incapaces de mantenerlos y al final acababan diciendo: "solo con que tuviéramos esto", o , "Si simplemente pudiera hacer aquello", olvidando lo mucho que tenían y todas las cosas agradables que, de hecho, hacían. Así que le pidieron a una anciana un hechizo que las hiciera felices, y la mujer les dijo: "Cuando os sintáis desgraciadas, pensad en lo bueno que os rodea y sed agradecidas".
Pues de ese capítulo me debió de quedar grabado a fuego el consejo, dado a cuatro chicas con personalidades tan distintas y con unas vidas tan diferentes a las nuestras, pero con la esencia de las mujeres de todos los tiempos. Con el libro ya sobre mi mesa, y mientras acababa de guisar el pollo para el arroz; otro déjà vu en mis olores de infancia, ojeaba a saltos los capítulos y pensaba en mis otras Mujercitas: las de mis historias medio inventadas y medio recordadas -Constantina, Santa, Carmen, Catalina, Rosina...-, y las actuales -Ana, María, Carolina, Nuria, Sonia, María José, Beni, Amelia, Belén, Noelia, Silvia, Irene, Pilar, Rosa, Susana, Isolina, Bárbara, Paz., Suny, Aurelia, Lucía, Miriam, Marisa, Elena, Virginia, Ángeles, María Teresa, Eva, Trini, Consuelo,...-; incluso las virtuales, muchas de las cuales forman ya parte de otra de las caras de mi poliedro.
En ellas encuentro algo de la fantasía, la bondad, la valentía, la delicadeza, la timidez, la elegancia, la sabiduría, la fuerza, la coquetería,el atrevimiento, la rabia, la rebeldía, la picardía, el inevitable pesimismo.... de la historia escrita hace siglo y medio -en un contexto mucho más condicionado por la intolerancia-, por Louisa May Alcott, y representadas posteriormente por actrices de la talla de Katharine Hepburn, Elizabeth Taylor, Susan Sarandon o Winona Rider, entre otras grandes mujercitas.
Feliz Navidad, Mujercitas y Hombrecitos -que también tenéis vuestra réplica en otro libro-, y permitíos el lujo de volver a ser niños leyendo un cuento dulce, al pie de la chimenea. Por lo demás, si tenéis cuatro auténticos amigos, ropa y calzado cómodo, comida para entretener el hambre, una senda para caminar, una casa confortable cuando regreséis, un café al amanecer y salud para disfrutar de todo eso, ya os ha tocado la lotería...
Al poco de escuchar hoy en la radio hablar del clásico Mujercitas -en la Ser harán una adaptación radiofónica del cuento la mañana del próximo 25-, aproveché la salida diaria para hacer la compra y me acerqué a la biblioteca. Dicho sea de paso, es un lugar en el que me gusta pasar un ratín muchas mañanas porque; además del ambiente tranquilo, principalmente a esas horas tempranas, y ese aroma que desprende a fantasía, a historia, a cuentos..., la bibliotecaria siempre me recibe con una sonrisa, me llama por mi nombre y me pregunta cómo estoy .... Os parecerá que me conformo con poco, pero deteneos un momento a pensar cuántas personas hacen esas tres cosas al mismo tiempo a lo largo de vuestro día. Pues a por Mujercitas me dirigí, después de dejar finiquitados los quehaceres cotidianos básicos. Toni Garrido me vendió tan bien la historia de Meg, Jo,Beth y Amy, mientras sacaba la ropa de la lavadora que, en cuanto acabé de tender -el cielo prometía un rápido secado-, decidí repasarla. Aquellas vivencias de solidaridad entre una madre y cuatro hermanas que caminaban hacia la madurez en unas condiciones relativamente difíciles adornó tantas de mis tardes cuando era una nena, primero en forma de libro y después, ya con tele en blanco y negro, en forma de película, que se me figuraba un déjà vu de lo más entrañable.
-¡Cuéntanos otra historia mamá...!.
La señora March sonrió y comenzó enseguida:
- Érase una vez... cuatro niñas a las que no faltaba la comida ni la ropa necesaria, y tenían no pocos placeres y comodidades, así como buenos amigos y unos padres que las querían mucho, pero ellas no estaban satisfechas... Esas niñas querían ser buenas (apunto que el concepto de bondad va variando con el tiempo y no es lo mismo ser una mujer buena ahora que hace más de un siglo), y se hacían magníficos propósitos, pero eran incapaces de mantenerlos y al final acababan diciendo: "solo con que tuviéramos esto", o , "Si simplemente pudiera hacer aquello", olvidando lo mucho que tenían y todas las cosas agradables que, de hecho, hacían. Así que le pidieron a una anciana un hechizo que las hiciera felices, y la mujer les dijo: "Cuando os sintáis desgraciadas, pensad en lo bueno que os rodea y sed agradecidas".
Pues de ese capítulo me debió de quedar grabado a fuego el consejo, dado a cuatro chicas con personalidades tan distintas y con unas vidas tan diferentes a las nuestras, pero con la esencia de las mujeres de todos los tiempos. Con el libro ya sobre mi mesa, y mientras acababa de guisar el pollo para el arroz; otro déjà vu en mis olores de infancia, ojeaba a saltos los capítulos y pensaba en mis otras Mujercitas: las de mis historias medio inventadas y medio recordadas -Constantina, Santa, Carmen, Catalina, Rosina...-, y las actuales -Ana, María, Carolina, Nuria, Sonia, María José, Beni, Amelia, Belén, Noelia, Silvia, Irene, Pilar, Rosa, Susana, Isolina, Bárbara, Paz., Suny, Aurelia, Lucía, Miriam, Marisa, Elena, Virginia, Ángeles, María Teresa, Eva, Trini, Consuelo,...-; incluso las virtuales, muchas de las cuales forman ya parte de otra de las caras de mi poliedro.
En ellas encuentro algo de la fantasía, la bondad, la valentía, la delicadeza, la timidez, la elegancia, la sabiduría, la fuerza, la coquetería,el atrevimiento, la rabia, la rebeldía, la picardía, el inevitable pesimismo.... de la historia escrita hace siglo y medio -en un contexto mucho más condicionado por la intolerancia-, por Louisa May Alcott, y representadas posteriormente por actrices de la talla de Katharine Hepburn, Elizabeth Taylor, Susan Sarandon o Winona Rider, entre otras grandes mujercitas.
Feliz Navidad, Mujercitas y Hombrecitos -que también tenéis vuestra réplica en otro libro-, y permitíos el lujo de volver a ser niños leyendo un cuento dulce, al pie de la chimenea. Por lo demás, si tenéis cuatro auténticos amigos, ropa y calzado cómodo, comida para entretener el hambre, una senda para caminar, una casa confortable cuando regreséis, un café al amanecer y salud para disfrutar de todo eso, ya os ha tocado la lotería...
miércoles, 28 de noviembre de 2018
Te debía un cuentín
Ella siempre dice que más importante que conocer todas las cosas es saber dónde encontrarlas. Con lo que, siguiendo esa premisa, vaya si se defiende ante cualquier obstáculo. Es habilidosa, inteligente y curiosa. Y esas cualidades, usadas en el orden que convenga en cada momento, la llevaron a convertirse en una mujer de taitantos segura de si misma, valiente, reivindicativa, y "echá p´alante".
Con ese preámbulo os podría contar que había una vez una chica muy joven, que inició su vida en pareja cuando sus amigas aún jugaban con muñecas, con lo que tuvo poco tiempo para disfrutar de la descuidada adolescencia, donde las responsabilidades todavía son de otros. Madre de un niño, cuando ella casi era otra y una situación laboral y económica también en pañales, como suele suceder al inicio de la vida de los adultos, especialmente cuando se empieza la etapa de las cargas familiares a una edad temprana, podría decirse que la protagonista de este cuentín empezó su vida un poco al revés. Vamos, que primero fue mayor, para después ser joven.
Ejerce de abuela moderna, de fotógrafa, de tertuliana por las redes, de cuidadora de su gran familia y de mujer de hoy en día,. Por lo que,a ser posible, no renuncia a disfrutar de esos pequeños placeres de una comida con amigos, una cena entre mujeres, la celebración de una fiesta patronal, de una ceremonia familiar, de un viaje, de un curso para aprender algo nuevo, de un café en el corredor de su casa o de los rayos del sol de otoño en su antojana de La Canella, por poner algún ejemplo de sus momentos felices.
Cuando hablo de ella, la pongo como ejemplo de que nada se puede generalizar: uno puede casarse joven y acertar con una vida plena y viceversa; como también una puede ser madre jovencísima o con más de cuarenta, y los resultados ser imprevisibles, pero casi nunca los que se prejuician. Al final, todo es cuestión de tener la cabeza bien amueblada, poner ilusión en cualquiera de tus empresas y de creer que la suerte hay que trabajársela. Aunque también pienso que sus astros estaban bien alineados.
Tal vez no se acuerde, pero fue la primera persona que compartió lo que escribía en mi blog, cuando comenzábamos a circular por este mundo de Redes que tejen y atrapan. Yo, que trabajo con palabras desde que tengo uso de razón, porque para otras habilidades ya me rodean la mayoría de las personas con las que me relaciono, -qué asco, todo se os da bien, les digo muchas veces en tono cariñoso-, admiro esa su facilidad para la cocina, para las manualidades, para la decoración, para cualquier entuerto repentino o para convertir media docena de piñas en un trozo de alma de mujer, que por supuesto domina de forma innata, mi protagonista de hoy.
He aquí un ejemplo más de mujeres que hacen con elegancia su trabajo de amas de casa; ese de los mil oficios, imprescindibles en la vida de los demás, pero también convencidas de que su propia felicidad es importante para poder repercutirlo en su mundo. Esas congéneres anónimas, bajo cuyas vidas sencillas y cuyas historias siempre aparece lo extraordinario.
Podéis encontrárosla con una cesta buscando setas en cualquier senda del municipio coyán, pero no es Caperucita porque, como la mayoría de las mujeres de hoy en día, no tiene miedo a ningún lobo ni necesita de ningún cazador que la rescate. Eso sí, bajo el mantel rojo de su cesta, siempre llevará un tarro de algo bueno para quien pudiera merecerlo o necesitarlo. Porque las mujeres de mis cuentos suelen ser son solidarias y empáticas. Y, como dice Jordi Granet, de vez en cuando hay que escribirles a los amigos para decirles cuánto valen, aunque sea a través de un cuentín.
Con ese preámbulo os podría contar que había una vez una chica muy joven, que inició su vida en pareja cuando sus amigas aún jugaban con muñecas, con lo que tuvo poco tiempo para disfrutar de la descuidada adolescencia, donde las responsabilidades todavía son de otros. Madre de un niño, cuando ella casi era otra y una situación laboral y económica también en pañales, como suele suceder al inicio de la vida de los adultos, especialmente cuando se empieza la etapa de las cargas familiares a una edad temprana, podría decirse que la protagonista de este cuentín empezó su vida un poco al revés. Vamos, que primero fue mayor, para después ser joven.
Ejerce de abuela moderna, de fotógrafa, de tertuliana por las redes, de cuidadora de su gran familia y de mujer de hoy en día,. Por lo que,a ser posible, no renuncia a disfrutar de esos pequeños placeres de una comida con amigos, una cena entre mujeres, la celebración de una fiesta patronal, de una ceremonia familiar, de un viaje, de un curso para aprender algo nuevo, de un café en el corredor de su casa o de los rayos del sol de otoño en su antojana de La Canella, por poner algún ejemplo de sus momentos felices.
Cuando hablo de ella, la pongo como ejemplo de que nada se puede generalizar: uno puede casarse joven y acertar con una vida plena y viceversa; como también una puede ser madre jovencísima o con más de cuarenta, y los resultados ser imprevisibles, pero casi nunca los que se prejuician. Al final, todo es cuestión de tener la cabeza bien amueblada, poner ilusión en cualquiera de tus empresas y de creer que la suerte hay que trabajársela. Aunque también pienso que sus astros estaban bien alineados.
Tal vez no se acuerde, pero fue la primera persona que compartió lo que escribía en mi blog, cuando comenzábamos a circular por este mundo de Redes que tejen y atrapan. Yo, que trabajo con palabras desde que tengo uso de razón, porque para otras habilidades ya me rodean la mayoría de las personas con las que me relaciono, -qué asco, todo se os da bien, les digo muchas veces en tono cariñoso-, admiro esa su facilidad para la cocina, para las manualidades, para la decoración, para cualquier entuerto repentino o para convertir media docena de piñas en un trozo de alma de mujer, que por supuesto domina de forma innata, mi protagonista de hoy.
He aquí un ejemplo más de mujeres que hacen con elegancia su trabajo de amas de casa; ese de los mil oficios, imprescindibles en la vida de los demás, pero también convencidas de que su propia felicidad es importante para poder repercutirlo en su mundo. Esas congéneres anónimas, bajo cuyas vidas sencillas y cuyas historias siempre aparece lo extraordinario.
Podéis encontrárosla con una cesta buscando setas en cualquier senda del municipio coyán, pero no es Caperucita porque, como la mayoría de las mujeres de hoy en día, no tiene miedo a ningún lobo ni necesita de ningún cazador que la rescate. Eso sí, bajo el mantel rojo de su cesta, siempre llevará un tarro de algo bueno para quien pudiera merecerlo o necesitarlo. Porque las mujeres de mis cuentos suelen ser son solidarias y empáticas. Y, como dice Jordi Granet, de vez en cuando hay que escribirles a los amigos para decirles cuánto valen, aunque sea a través de un cuentín.
martes, 20 de noviembre de 2018
¡Cómo voy a olvidarme!
Estábamos en el comedor del internado. Recuerdo hasta el sitio que ocupé aquella mañana en la fila de mesas de formica color crema, que formaban una u; incluso me parece estar escuchando la lluvia de la cristalera que tenía frente a mí. La monja que sustituía intramuros a nuestras madres nos comunicó que Franco había muerto. Para las niñas internas la noticia suponía una semana de vacaciones en nuestros respectivos pueblos -de aquella se nos antojaban más lejos de lo que en realidad estaban porque de niño todo lo ves aumentado-, pero nuestras tutoras religiosas la noticia la vivieron como una amenaza. Las oíamos murmurar algo así como “que vienen los socialistas y los comunistas”, y santiguarse a continuación. Ahora pienso que tal vez alguna de ellas, descendientes de sangre revolucionaria, solo aparentaban aquella tristeza. Paz y yo, también de sangre minera y con predominio de damnificados por ideología en nuestras ramas familiares, pero despistadas ante si eso era bueno o malo, nos fuimos a la biblioteca a buscar en el diccionario. La Superiora nos pilló con la enciclopedia abierta en "comunismo"y os podéis imaginar las consecuencias. Nada fuera de lo que suponía un castigo escolar de aquella. Vamos, que cuando nos dio el bofetón en la segunda mejilla, ya no lo sentimos por el dolor de la primera.
Pero la vida continuó como si nada, al menos para nuestras rutinas infantiles. Tampoco hubo cambios drásticos ni venganzas crueles, después de la muerte del Dictador, como presuponían las regentes del colegio riosellano. Cuando terminamos la primaria, aún quedaba en el recibidor la carta de despedida del Generalísimo, que aún puedo recitar de memoria de tanto verla. La para algunos "temida" Democracia y la recién estrenada Constitución nos esperaban, igual que la promesas paralelas a nuestra adolescencia, tras aquellos enormes portones de castaño. Yo sabía algunas cosas sobre esas nuevas formas de Gobierno, porque era la encargada de ir a buscar todas las mañanas el periódico. Era un privilegio sentir aquella sensación de libertad durante los únicos minutos del día que me permitían pisar sola la calle. Me imagino que la misma que sentían muchas personas adultas ante la nueva época. Creo que fue ese año en el que me enganchó la afición a la escritura para contar la vida, y que "el aleteo de la mariposa" me llevó a describir aquella situación muchos noviembres después, a través de este blog vía digital, que era en la década de los 70 un futurible lejano. Por lo demás, las únicas nubes grises para nuestros pocos años era el grupo con ese nombre, que cantaba aquello de: "...sentadita junto al mar..."
Hoy escucho en la radio que solo un 5 por ciento de españoles estarían a favor de una Dictadura. Me alegro de que los pronósticos, hasta cierto punto comprensibles, de las monjas, no se hayan cumplido y de que, con sus defectos, en nuestra Constitución actual, posiblemente mejorable, quepamos todos.
Amanece oscuro este martes de noviembre; principalmente porque la primera noticia que escucho en la radio es sobre un accidente de tráfico. Saldré en breve a comprar el periódico, como cuando comenzaba la vida cada día, yendo a buscarlo en el centro de la villa marinera aunque, de aquella, con coletas y calcetines blancos.¡Cómo voy a olvidarme!, que dice la canción. La filósofa Mafalda todavía no había cumplido un año.
Pero la vida continuó como si nada, al menos para nuestras rutinas infantiles. Tampoco hubo cambios drásticos ni venganzas crueles, después de la muerte del Dictador, como presuponían las regentes del colegio riosellano. Cuando terminamos la primaria, aún quedaba en el recibidor la carta de despedida del Generalísimo, que aún puedo recitar de memoria de tanto verla. La para algunos "temida" Democracia y la recién estrenada Constitución nos esperaban, igual que la promesas paralelas a nuestra adolescencia, tras aquellos enormes portones de castaño. Yo sabía algunas cosas sobre esas nuevas formas de Gobierno, porque era la encargada de ir a buscar todas las mañanas el periódico. Era un privilegio sentir aquella sensación de libertad durante los únicos minutos del día que me permitían pisar sola la calle. Me imagino que la misma que sentían muchas personas adultas ante la nueva época. Creo que fue ese año en el que me enganchó la afición a la escritura para contar la vida, y que "el aleteo de la mariposa" me llevó a describir aquella situación muchos noviembres después, a través de este blog vía digital, que era en la década de los 70 un futurible lejano. Por lo demás, las únicas nubes grises para nuestros pocos años era el grupo con ese nombre, que cantaba aquello de: "...sentadita junto al mar..."
Hoy escucho en la radio que solo un 5 por ciento de españoles estarían a favor de una Dictadura. Me alegro de que los pronósticos, hasta cierto punto comprensibles, de las monjas, no se hayan cumplido y de que, con sus defectos, en nuestra Constitución actual, posiblemente mejorable, quepamos todos.
Amanece oscuro este martes de noviembre; principalmente porque la primera noticia que escucho en la radio es sobre un accidente de tráfico. Saldré en breve a comprar el periódico, como cuando comenzaba la vida cada día, yendo a buscarlo en el centro de la villa marinera aunque, de aquella, con coletas y calcetines blancos.¡Cómo voy a olvidarme!, que dice la canción. La filósofa Mafalda todavía no había cumplido un año.
jueves, 15 de noviembre de 2018
La ventanina. El cuento de Noviembre
Los lugares de reunión variaban, según la estación o el trabajo a realizar por las mujeres de la quintana. Pero era rara la tarde o la noche que no se juntasen el grupo de amigas para compartir faenas y darse ese calor femenino, tan necesario fundamentalmente en las adversidades.
Hacía meses que venían notando que Carmina, su verdadero nombre es lo de menos, siempre llegaba con los ojos de haber llorado a la fuente de lavar, al corredor -el más amplio era el de la casa de Cecilia-, a la galería de junto al río, donde aprendían a hacer la ropa de la familia, lo que también ocurriía en cualquiera de sus caleyas donde llegasen los rayos del sol, a "coyer" maíz a principios del otoño por cada uno de sus minifundios, o a "esfabetar" en la cocina de Ángela -la más vieja y ahumada pero la más cálida-, en los anocheceres fríos del invierno.
Carmina era de pocas palabras, y las pocas que pronunciaba parecían estar envueltas en toda la tristeza de una mujer joven que parecía tener 30 años de más por la amargura de sus gestos. Una tarde, tenía que ser de Noviembre porque la noche llegaba rápido y había que apurar el cigarrín que furtivamente liaba alguna de las tertulianas o aquella copa de anís que solían compartir, la más callada del grupo -tal vez por que le hizo más efecto el trago o porque ya no soportaba tanto dolor-, les contó el infierno que la hacía pasar su marido, cuando cada noche llegaba borracho del chigre. "Con cualquier pretexto, me golpea: porque está el arroz duro, porque está algo pasado, porque me habló el vecino mientras partía la leña, porque me entretuve en casa de María bordando la almohada..." Eso sí, tenía la deferencia de apartarla a una bodega, separada de las estancias principales de la casa por unas paredes muy anchas y con una ventanina muy pequeña que daba a la calle, para que sus hijos no vieran los daños, aunque ello no significara que no se enterasen de todo, porque las voces de él y los llantos de ella no había piedra que los sofocase.
-"¿Qué podemos hacer por ti, Carmina?", le preguntaron aquel día sus amigas, conscientes que no les amparaba más justicia que la de su propia valentía, porque la mujer en aquellas épocas no tenía ningún derecho; mucho menos el de ser amparada en la violencia que sufría de puertas para dentro de su casa. Pero, aún desconociendo el significado de la ahora tan de moda sororidad, eran conscientes de que la solidaridad femenina podía mover montañas. Y fue entonces cuando se les ocurrió un plan solidario, orquestado por otra Carmen: -"Ea, a grandes males, grandes remedios, vamos a hacer de centineles. Caa día una de nosotres irá, con cualquier pretextu, cuando sintamos que empieza la bulla, a picái a Carmina en la ventanina de la bodega".
Y así,u n día Sara picaba a su amiga para pedirle un poco de sal, otro día iba Elena llegaba reclamando su presencia para ayudarla a atender a un hijo que se había hecho daño, otro anochecer Clara picaba en la puerta de la bodega para pedir prestada una madeja de la lana, etc. Pasó el tiempo y Carmina llegaba a los encuentros con la frente más alta, la mirada más alegre y la palabra más abundante. Las palizas habían remitido y Juan, también su verdadero nombre es lo de menos, ya no la agarraba por el brazo -en el que siempre le quedó la huella de los zarpazos-, para dirigirla a la bodega de sus tormentos.
El final de la historia, pasada ya por las palabras de tres generaciones, es algo difuso. Unas versiones dicen que el padre de los seis hijos de Carmina, emigró al otro lado del océano y que nunca se supo más de él. Otras que apareció muerto en una cabaña de un monte lejano, y algunas cuantas que se fue a vivir con otra mujer a un pueblo no muy lejano. El caso es que nadie le echó de menos, porque estaréis de acuerdo conmigo en que cuando una mala persona desaparece "que tanta gloria lleve como paz deja".
La historia, aunque ya es muy vieja, podría repetirse muy cerca de nosotras, con otros nombres, otras circunstancias y una ventanina más grande. Por eso hay que seguir estando alertos y solidarios.
En la imagen, mujeres cosiendo en una caleya de Villamayor, en 1918. Fotografía tomada de "Memoria Digital de Asturias".
En la imagen, mujeres cosiendo en una caleya de Villamayor, en 1918. Fotografía tomada de "Memoria Digital de Asturias".
domingo, 28 de octubre de 2018
Nieve de Octubre
“Cuando mi güelu Llaíñes empezaba a velo nevar tan en tiempu, eso sinificaba que, al final del inviernu, les sos vaques tendrín que comer hasta fueya de maíz y calabaces", me cuenta Bárbara al ver caer esos copos abundantes en Octubre, que nos pillaron hoy de sorpresa por el sur de Asturias.
Y prosigue con los recuerdos de muchas anécdotas de "tenaes, rastroxos y retazos", que guarda en su memoria privilegiada. " Manuel, que era de los fuertes en cuantu a yerba recogía, regaloi a Marquina, un mes de Enero, de faz 60 años, los retazos, que eren sobres de la so tená. El ganaderu, fízo la ofrenda con un ciertu aire de fanfarronería hacia aquella muyerina que vivía sola y con escasez"
Tres meses después, como el invierno vino "nevaor", tuvo que volver a comprar a María -quien a fuerza de necesiá sabía estirar los bienes- parte de sus antiguos retazos."Venderéte un pucu mante, y pa la próxima acuérdate de que el que come y dexa, dos veces pon la mesa”, lrecordoi a pastora, que era probe, pero más lista que la fame", concluyó la narradora.
Y prosigue con los recuerdos de muchas anécdotas de "tenaes, rastroxos y retazos", que guarda en su memoria privilegiada. " Manuel, que era de los fuertes en cuantu a yerba recogía, regaloi a Marquina, un mes de Enero, de faz 60 años, los retazos, que eren sobres de la so tená. El ganaderu, fízo la ofrenda con un ciertu aire de fanfarronería hacia aquella muyerina que vivía sola y con escasez"
Tres meses después, como el invierno vino "nevaor", tuvo que volver a comprar a María -quien a fuerza de necesiá sabía estirar los bienes- parte de sus antiguos retazos."Venderéte un pucu mante, y pa la próxima acuérdate de que el que come y dexa, dos veces pon la mesa”, lrecordoi a pastora, que era probe, pero más lista que la fame", concluyó la narradora.
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