Esas pequeñas cosas...

martes, 7 de marzo de 2017

Sobrescobio, 8 de Marzo de 1910

Me despiertan vientos de agua tras las ventanas de mi dormitorio. Sus paredes, de piedra caliza, han visto nacer a tres generaciones de mi familia. Los cristales, frágiles y pequeños, apenas protegidos por unas contraventanas que empiezan a ceder ante el tiempo y la polilla, aguantan a duras penas las embestidas de los aires fuertes y de las humedades todavía invernales. Aún no entra por las rendijas  la luz de la madrugada. Enciendo el candil que mi abuelo me regaló antes de partir a Cuba; la muerte temprana de mi abuela hace ya tres años le dio alas para volver a los brazos del  sueño de una mulata que había dejado tiempo atrás, cuando regresó a nuestra aldea un inesperado verano. Limpio con la palma de mi mano el vidrio empañado y adivino una mañana fría de marzo, al tiempo que observo mis uñas descuidadas y mis dedos agrietados. Pienso mientras busco a tientas el chal de lana  gris, primorosamente tejido por mi madre como regalo de bodas, en cuánto me gustaría tener los dedos largos y finos como la princesa del cuadro que tiene colgado el médico en el salón de su casa.. En el reloj de la torre de la iglesia suenan cinco campanadas. No puedo demorarme. He de tener listo el café para mi esposo, que tiene turno de mañana en el pozo minero cercano, prepararle un bocadillo de tocino ahumado y tenerle la ropa lista para que vaya lo mejor equipado que nos permiten nuestras posibilidades. Después de la cena estuve zurciendo sus pantalones azul marino y dándole la vuelta a los cuellos de su camisa de franela. Asimismo acabé de tejer el jersey verdoso que le protege del frío cuando baja en bicicleta, un transporte de lujo que le ha hecho ganar tiempo en el desplazamiento al tajo. He tenido que posponer para esta tarde los chapines que necesitan mis cuatro hijos varones. No puedo obviar tampoco la tarea diaria de amasar el pan para que lo coman fresco y caliente. Este año la cosecha de maíz y escanda ha sido generosa. Merecieron la pena los sudores diarios y las prisas para llegar a tiempo a las fiestas patronales de finales de verano en el concejo.  Por otro lado, no debo dejar ni en sueños la tarea de partir más leña para que la única fuente de calor, la chimenea que tenemos en la inmensa sala,  no decaiga. Esta mezcla de cocina,salón y sala de actividades múltiples que es ese habitáculo nuestro, rústico mírese por donde se mire, resulta sin embargo acogedor para nuestros vecinos y parientes.A ello se debe que sea el centro de reunión en las frías noches de invierno, mientras realizamos las últimas faenas del día. Necesito, además, que el horno contiguo al fogón principal esté a pleno rendimiento. El próximo fin de semana celebraremos una boda familiar y yo seré la cocinera principal. Miro al cielo esperando que hoy la lluvia me de tregua para lavar con más comodidad la ropa de las camas. Los miércoles toca mudanza de los trapos del hogar. Necesito, por otra parte, unas horas sin nubarrones amenazadores para "variar" los cuatro colchones de lana y sus correspondientes almohadas. Unos rayos de sol harán que la faena no se me haga más costosa de lo habitual. Para comer hoy pondré unas sopas de ajo, así aprovecharé los restos de pan duro que van quedando. Con la grasa de la matanza pasada  y unos dientes de ajo  de mi huerto hago unos sofritos que son el mejor aroma de la quintana.Asaré también unas manzanas; en el desván se conservan durante meses. Por lo demás, en nuestra tierra los manzanos no suelen decepcionarnos en la cosecha.

Están instalándonos el agua en las casas; dicen que nuestro pueblo, Soto de Agues, es el primero de la región que tendrá ese lujo.Estoy convencida que algún día, esta zona, rica en manantiales y aguas cristalinas, será conocida como la tierra del agua. Ya queda poco vino del "pellejo" que mis padres nos regalaron las pasadas Navidades, habrá que estirarlo porque un vasito de esa bebida añade un poco de calor al alma y decrecienta las necesidades materiales.  Para la cena, haré fayuelos. Las gallinas se portan bien últimamente. No en vano les pico todas las noches una cesta de verduras para que estén contentas y sus huevos sean bien amarillos. A mis hijos les encanta algo dulce en la mesa, aunque siempre se quejan de que soy escasa con el azúcar. Pero tengo que tasar la cantidad de ese condimento porque para la ceremonia de la que os hablé -por cierto, dicen que la hija del única indiano que vive en el pueblo se casará de blanco- haré arroz con leche y tiene que salir perfecto. Las seis vacas que ahora tenemos en la cuadra, antes de enviarlas a los pastos comunales cercanos, me regalan una leche que ahora llamaríais deluxe. Por eso puedo permitirme bajas los jueves al mercado de Pola de Laviana a vender alguna manteca, y unas cuantas galletitas de nata que hacen las delicias de mis clientes. Ese mismo día toca limpiar la madera del suelo de toda la casa con arena. Cuando regrese de lavar en el arroyo -dicen que un día nos harán un lavadero para que no tengamos que arrodillarnos-, y después de avivar el fuego, tengo que reservar un hueco para dedicarle unos minutos a mi benjamín. Llega de la escuela encantado con las letras que va aprendiendo y le hace feliz que le lea algún cuento. Entre nosotras os confieso que me los invento, porque nadie me enseñó a leer, pero tengo la capacidad de adivinar historias tras las páginas que voy pasando y me imagino mundos que un día serán posibles. Vosotras me diréis si he acertado, pero le leo como si fuera cierto que las mujeres serán mayoría en las Universidades de nuestro país, que podrán votar, y que no estará mal visto que vayan al chigre con sus amigas. Claro que Carmen eso ya lo hace. La noche siguiente a su enlace matrimonial su marido le dijo: "Me voy con tu padre al bar, tú quédate recogiendo la cocina, y si te da el sueño me esperas en la cama, que no sé a qué hora volveré". Pero ella, que siempre destacó por un carácter indomable, una voz imponente y unos brazos de acero, se puso la toquilla negra por los hombros, metió unos céntimos bajo la plantilla de las zapatillas de fieltro que le habían regalado para su boda, se dirigió al mismo lugar que sus familiares, dio las buenas noches a los presentes y pidió una copa de anís. Desde aquel día, su marido la invitaba a acompañarle en sus salidas nocturnas. Ella, por su parte, decidía si le apetecía o no.

 Estoy segura que cuando leáis esto, la valentía de Carmen sea una normalidad. Tan normal como lo más abultado de mi vientre, lo que me hace pensar que  está otro bebé en camino. Presiento que será la hembra tan deseada por todo el clan. Y también intuyo que su mundo femenino gozará de otras comodidades y otros derechos que a mi generación y a mis antepasadas les fueron negados. Por de pronto, voy guardando el humilde material escolar de sus hermanos para que no se pierda ni una sola de las enseñanzas de la escuela. He oído que vendrá un tiempo en el que una serie de maestros y maestras a los que llaman "progresistas" pondrán todo su empeño en que las mujeres, especialmente las pobres, seamos algo más que burros de carga y animales de parir.

Pero yo no tengo mucho derecho a quejarme.Si comparo mi vida con la vecina que siembra a mi lado en el minifundio soy una mujer privilegiada.Por sus ojos, casi siempre a punto del llanto, y por los moratones de sus antebrazos, adivino que le tratan peor que a la cabra que berra en su corral, a la que el esposo llena de patadas a la hora de ordeñarla, previa visita a la taberna donde gasta esos cuartos que podrían servirle a María para mandar hacer al carpintero una silla más cómoda para su madre, que sufre de un extraña enfermedad que aumenta su dolor por no tener un sitio apropiado para acomodarse. Es por eso que la hija -cuidadora de todos los niños y ancianos de la familia, y hasta de los vecinos cuando cae la ocasión-- le cede la vieja manta de su cama, que mulle la tabla en la que su progenitora pasa reclinada la mayor parte del día. En su presencia me siento como la psicóloga que un día tal vez sea alguna de mis nietas. Dice que solo yo le inspiro confianza para contarme sus penurias. Poco puedo hacer para remediarle sus males, salvo escucharla. Las leyes actuales no se ocupan de asuntos femeninos porque aún somos invisibles para la sociedad.

Es cuaresma. El cura de la parroquia de San Andrés nos dice en misa de domingo que ni se nos ocurra comer carne hasta el Día de Pascua. Ni mucho menos entregarnos a los placeres de la otra carne, a pena de arder en la eternidad del infierno. Para demonios la incurable tuberculosis de mi hermano y la muerte de mi esposo en el accidente del pozo, murmura a modo de rezo la viuda de Tomás. Seguramente como ya podéis disculparme desde la atalaya de vuestro siglo XXI, me atrevo a contaos que yo quebranto algunas veces las órdenes del sacerdote. Algo me dice que ese Dios, si tan compasivo es, entenderá que no vamos a morirnos de hambre mientras los más afortunados pagan para saltarse la ley divina. Además, muchas personas que conozco, fundamentalmente  varones, se pasan por el forro casi todos los Mandamientos: violan, matan, desean lo prohibido, roban y blasfeman a diario, y ahí están, casi mirados como héroes, y ejemplos a seguir.

Espero que un siglo después algo haya cambiado para bien en vuestros roles femeninos. Tengo la intuición de que así será porque desde los periódicos que mi abuelo me envía desde el otro lado del océano, a los que llegan también noticias de esta orilla, mi esposo me lee que una tal Clara Campoamor quiere cambiar nuestro destino, y dice cosas como que que salvo el alumbramiento, todo lo hacemos en común con los varones, por lo que también que tendrán que contar con nosotras para legislar asuntos que nos afectan a todos.

Los  genes que llevo de las ancestrales  brujas sabias  me hacen percibir que un raro milagro os hará llegar esta carta. Se la estoy dictando a mi hijo Manuel, a la tenue luz del candil y con el aroma de un café "de pota" que sube por el hueco de las gastadas escaleras. Hoy es nuestro décimo aniversario de boda y  José, el único hombre al que he besado, me ha preparado el desayuno. Sonrío con la ilusión de la mujer joven que todavía llevo dentro, pensando que el domingo estrenaré el vestido negro de mi boda con botones de nácar que guardo para ocasiones solemnes, el mismo con el que me he casado,si los asuntos culinarios no me lo impiden. Pero Santa, la hija del médico, con la que fumo algún que otro cigarrillo de liar a escondidas, me contó que vienen de París unas faldas mucho más cómoda que dejarán nuestra piernas más libres, y que con ellas podremos bailar sin tantas ataduras los tangos de Gardel. Asimismo, me asegura mi amiga de "transgresiones" que el opresor corsé está viviendo sus últimas horas, al tiempo que me cuenta que la piel morena, como la mía, será una muestra de modernidad y que el valor de las pieles enfermizas de puro blancas comenzará a pasar a la historia. Un día de estos también vamos a probarnos los pantalones en secreto porque no falta mucho para que no sean objeto de censura en nuestro vestuario femenino.

Mi sobrina Laura se acaba de poner de parto. No puedo tomar los últimos sorbos del café porque estoy aprendiendo el oficio de partera. Esperemos que todo salga bien. A veces, los conocimientos milenarios de las mujeres de la aldea no son suficientes para evitar las tragedias. No hace ni cuatro años que su madre murió desangrada tras el parto de su último hijo, ante la falta de medios y conocimientos para evitar la hemorragia.

No bajéis las guardia, ahora que todas vosotras ya sabréis un montón de cosas más que no soy capaz ni a imaginarme. Para atrás se va rápido.Y, sobretodo, no dejéis que el legado de tantas mujeres anónimas que un día soñaron con ser iguales a los varones en sus derechos y obligaciones, caiga en el olvido.

El canto temprano de un gorrión  me confirma que la primavera está cercana. El próximo mes de Abril cumpliré 28 años. Tal vez aprenda a leer y a escribir para contaos más cosas sin intermediarios. Nunca es tarde,como suele decirme Teresa, esa mujer que levanta suspicacias porque hace años que vive con una amiga a la que quiere con locura, pero cuyo cariño especial debe de ocultar. También eso cambiará.


Imagen tomada de Mitología Asturiana






2 comentarios:

  1. Contar años, muchos años, sirve para aprobar tantos comentarios de la historia que relatas. Estamos en otro siglo, se notan los cambios y costumbres en la historia de nuestra vida.Las mujeres fueron el pilar de la familia, ellas, nuestras abuelas y madres, se multiplicaban en responsabilidad y trabajo mucho mas que ahora.

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    1. Muchas gracias por tomarte de la molestia de comentar.querida Amelia. Tú sí que eres historia viva de la Mujer que supo empoderarse. Un abrazo.

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