Esas pequeñas cosas...

martes, 8 de noviembre de 2016

El perfume del maltrato

No vayáis a pensar que siempre tuvo esas ojeras marcadas, ni su piel fue tan cenicienta en otro tiempo. Tampoco supongáis que sus andares cansados no fueron un día los pasos de una joven llena de vida, con el cabello brillante y claro, cuyas greñas se le escapan ahora a través de una fina coleta canosa. Ni mucho menos tatuaba en sus párpados sombras de la gama más oscura, que dan aires de muerte a su mirada. Las manos, esas manos callosas y ásperas, de uñas asimétricas, fueron un día finas y elegantes como las de la mejor pianista. Hubo primaveras en las que sus ojos brillaban y su mirada transmitía una paz para nada parecida a la desconfianza que ahora refleja. Pero todo eso fue un día, antes de que conociera a un hombre que cambió para siempre su presencia, su apariencia y hasta su esencia.

Hacía meses que venían observándose mutuamente, tal que así que ella sabía de memoria cuantas veces había dejado crecer la barba más de los tres días habituales y él conocía a distancia el olor de su perfume, a medio camino entre la rosa y la violeta. La tarde que los astros decidieron que diesen un fatídico paso hacia adelante fue un lluvioso Abril. El autobús no esperó a que la encargada de la perfumería de unos grandes almacenes diese tres pasos más rápido y el halcón aprovechó la ocasión que le brindó su presa. Se ofreció a llevarla hasta la casa de sus padres,a las afueras de la ciudad, con quienes vivía a sus treinta y cinco.  ¡Habiá soñado tantas noches con ese momento!. Al día siguiente,estaba solícito esperándola en su Audi a 3 DI  , cortesía de la compañía eléctrica en la que trabajaba con astucia, talento y dedicación. Recién cumplidos los cuarenta era un soltero de oro que no había desperdiciado el tiempo con la vida en general y con las mujeres en particular. Pero, a poco que uno fuese observador, tenía un raro gesto en la sonrisa que lo hacía sospechoso. Valeria recuerda que comenzó a temerle el mismo día de su primera cita oficial cuando, al despedirse, Carlos le ordenó autoriario: -"Llámame a las cinco,ni un minuto antes ni un minuto después". La experta en aromas que hasta entonces no había permitido a nadie que le diese órdenes injustas sintió un frío presentimiento en aquella imposición. Estuvo a punto de no llamarle, pero... tenía una mirada que la atraía de puro fría y ... ¡era tan guapo!. Siguieron con su cuento de novios más o menos normales. Nada particular en una historia de amor que comenzaba, salvo que en la segunda semana de encuentros Valeria ya no pudo ponerse la minifalda que le habían regalado sus amigas por su cumpleaños porque Carlos les insinuó que las mujeres que enseñaban las piernas por encima de las rodillas tenían algo de putas. No osó en las siguientes salidas ponerse la escotada camiseta de esa marca con reminiscencias imperfectas.  Su preferida porque tenía el mismo verde de sus ojos. Ya había tenido tiempo de comprender, en los discursos de las largas llamadas, con matices de detective, que no le gustaba que tuviese amigos, que riese a carcajadas, que bailase siempre que tenía ocasión, que fuese al cine, que cantara a viva voz -nunca pudo volver a tararear en su presencia las canciones de Amaia Montero que se sabía de memoria.Cuestión de suerte era su favorita: "Ahora que este adiós es tan valiente, ahora que se apagó la luz,  sabe Dios que es cuestión de suerte..."- ,que se perfumase en exceso, que hiciese uso de las redes sociales, ni que dejase insinuar la lunar de su escote.. Se fueron a vivir juntos al adosado que tenía Carlos al otro extremo del  barrrio más humilde de Valeria; un lugar de coches caros en los garajes, y poca comunicación entre los vecinos. No había calidad en aquel salón de cuadros caros y ausencia de flores donde por primera vez depositó sus maletas. Fue el mismo lugar en el que recibió el primer golpe en la mejilla, cuatro días después de haber colgado sus cosas en el lujoso vestidor. Había llegado del trabajo quince minutos más tarde porque fue a tomar un café con sus compañeros y en el momento que reía un gracia de de Manuel, sentado a su lado en la cafetería habitual, Carlos la vio al pasar desde el coche que tenía aparcado.La vigilaba todos los días desde antes de conocerle sin que ella se hubiese dado cuenta, aunque de vez en cuando notaba como un viento extraño que rozaba su nuca,  un presentimiento que jamás se había atrevido a confesar a nadie por si la tachaban de loca. Claro que los amigos con los que ella solía compartir jamás la juzgaban. De eso se dio cuenta quizás demasiado tarde. La obligó a dejar sus trabajo, y le controló hasta el más pequeño de sus pasos. Fue prisionera en una jaula de oro y vivió el infierno de la humillación física y sicológica. En su cara, una cicatriz en el labio superior cuenta la historia de la la última paliza, la que la llevó a marcharse definitivamente una mañana, tres años después de comenzar la pesadilla. Nunca olvidará que era lunes, porque -a diferencia de una mayoría- era el día que más le gustaba de la semana por aquello de los comienzos. El resto de la historia os lo podéis imaginar. La violencia es una espiral in crescendo y el machismo una enfermedad de difícil cura. En el centro médico cosieron su herida, pero no los estragos de su alma. Al menos, sigue viva, pero con la muerte de quien ha perdido la confianza, el interés y hasta las ganas de levantarse por las mañanas.No niega, aún cuando el horror borró casi todo lo bello, que vivieron amaneceres inolvidables y le hizo promesas tan de niño arrepentido que le impedían huir. Incluso alguna vez le pareció bueno.

Me contó su trozo de vida hace apenas dos semanas, cuando casualmente caminábamos en paralelo; ella en busca de un lugar donde asesoran a las mujeres en su situación, por el que me preguntó, y yo en busca de mi historia. Los trescientos metros que caminamos juntas me hicieron mirar más adentro a una de tantas mujeres que pasan desapercibidas por nuestro lado, y que esconden tristezas que jamás confesarán y tragedias infinitas en su cuerpo y en su alma.

La observé mientra se alejaba hacia la dirección que le había indicado. Cojeaba levemente, y llevaba roto el dobladillo trasero de su falda. Pero confié en encontrarla de nuevo vendiendo perfumes con olor a jazmín en uno de tantos centros comerciales de la ciudad. Quizás me animó a ese pensamiento la voz aterciopelada de Amaia, que salía de la radio de mi cocina apenas la encendí cuando llegué a casa: "Y ahora respira , mira hacia arriba, queda camino por andar, borra tus huellas, toma las riendas, solo es cuestión de caminar....". 

Asimismo acaricié pensativa el lazo morado tejido con encaje de bolillos que coloqué hace tiempo, sujeto mediante un clip, a la libreta de notas que siempre tengo en mi cocina. Es para  no olvidarme de las tareas en las que ahora también ando metida...

3 comentarios:

  1. La historia no tiene desperdicio, en efecto, creo que el maltrato es lo peor que puede sucederle a una mujer. A buen seguro, existen mujeres, hombres pocos, que sufren trato inhumano; tendría que haber severo castigo por ello. Berta, como siempre, admirables tus escritos. Un gran abrazo.

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    1. Muchas gracias, Amelia. Como siempre, lo que vosotros leéis y comentáis le da el verdadero valor a las historias. Espero que estés muy bien.

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  2. Lo de muy bien lo vamos a dejar;lo bueno es me encanta leer lo que escriben personas bien informadas , son las que me enseñan y me hacen revivir el tiempo que me queda. Besinos.

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