Esas pequeñas cosas...

martes, 22 de abril de 2014

Mi desorden ordenado


"El caos es el orden sin descifrar" (José Saramago)

¿Sois caóticos, desordenados, acumuladores de objetos o las tres cosas al mismo tiempo?. ¿Por qué no tiráis las cosas que no usáis? ¿Porque os hacen felices?, ¿porque podréis necesitarlas en el futuro?, ¿porque pudieran tener valor dentro de un tiempo?. Una japonesa, Marie Kondo, se dedica a ir por todas las casas del mundo a ordenar vidas y objetos. Su libro. "La magia del orden", se ha convertido en un best-seller, El consejo más resalltable de la oriental es que debes de tirarlo casi todo. Hay quien dice que el método de Marie es infalible. Si lo sigues, ya no tendrás caos en tus cajones nunca más, y la vida te cambiará para bien.

Sin querer hacer del defecto virtud, ni pretender usarlo de justificación o pretexto para ensalzar a las personas desordenadas, se afirma que el caos lleva implícita su parcela extra de creatividad. De ahí que Paul Chaudel escribiera: "el orden es el placer de la razón, pero el desorden es la delicia de la imaginación". A los que hemos nacidos desordenados -no sé si por genética, comodidad o pereza- nos cuesta superar ese handica por muy buena voluntad que le pongamos. Los días que se apodera de mí el barullo la anarquía empieza en cuanto mi gata viene a despertarme avalanzándose sobre el cable de la lámpara de mi mesilla de noche a las siete menos diez de la mañana. El consiguiente efecto dominó se hace de ese modo previsible . Continúa la desorganización casi el resto del día, hasta tal punto que, en ocasiones, llego a desear no haberme movido de la cama. Un desastre en toda regla se apodera de mis movimientos que , si no son lentos, son excesivamente rápidos, involuntarios, desafortunados o catastróficos. Nada entra en armonía en mi vida cuando los astros se confabulan para que la jornada sea digna de señalar en el libro de los desaciertos. Palabras, obras u omisiones componen todo un cuadro en alguna de mis jornadas digno del más puro surrealismo doméstico. 

Hay amaneceres, en cambio, en que presiento que las constelaciones se han alineado para que mi vida parezca perfecta. Tal que así que hacen presagiar doce horas de equilibrio casi absoluto. Aunque, ya al atardecer, compruebes que la cosa no da para tanta euforia. Sientes, no obstante, que has hecho lo que has podido alineando todas tus esferas y el resultado te llega para un aprobado. El sobresaliente se lo cedo a quienes son capaces de mantener el armario ordenado, los juguetes a raya, revisadas las obligaciones del resto del clan familiar,  el cesto de la ropa por planchar vacío, renovado la tarjeta del Inem antes de su caducidad y han cedido el tiempo justo a sus entretenimientos, hoy en día concentrados en su mayoría en toda la gama de las redes sociales; junto con el resto de las obligaciones que se les presupone acabadas y bien concluidas. Amén de haber conseguido que el resto de los integrantes de la casa hayan colaborado en esa armonía. Son los que jamás olvidan echar los garbanzos a remojo para el día siguiente y sacar los filetes del congelador para la cena, perfectamente organizados en túperes por colores, a la par que siempre tienen a mano el boli que escribe y el móvil cargado.


Mi admiración sincera a quienes consiguen que nadie les pille con un solo vaso fuera de la alacena, la cocina recogida a su hora, y los armarios con las camisetas bien ordenaditas por marcas y colores. Juro que yo intento imitarlas y, a veces, hasta lo consigo, pero me falta constancia y así no se va a ningún lado. Envidia sana es la que me despiertan esos hogares en los que reina el orden y las disciplina. La mayoría de mis amigos y amigas pertenecen a ese grupo privilegiado; y hasta los invoco cuando me desborda la desorganización. Matilde es de las pocas que comparten conmigo el defecto de las mezcolanzas, y  la única norma de orden que cumple a rajatabla es que no abre la puerta a nadie si la visita no fue anunciada con anterioridad. A bien seguro que, de lo contrario, se hará certeza el dicho de que "el día que no barriste verás en tu casa a quien nunca viste".



Anima revisar la lista de desordenados ilustres -Bob Dylan trataba al desorden de amigo-, junto con la de aquellos como Baudelaire que reivindicaba el desorden en la cesta de los derechos humanos. El filósofo y estratega de la antigua China, Sun Tzu, iba más allá y hablaba del caos como un arma infalible contra el enemigo: "Cuando se está cerca se debe parecer lejos, cuando se está lejos se debe parecer cerca. Se muestran carnadas para incitar al enemigo. Se finge desorden y se le aplasta". Tampoco había de faltar el amor entre los desordenados, ya que alguien lo calificó como otra modalidad de desequilibrio. Asimismo Enrique Tierno Galván lo bendecía como "una forma de libertad".



Primo-hermano del despiste no falla, los desorganizados siempre perdemos un sólo guante; como también se hace cierto aquello de  que en la batalla el fárrago siempre derrota al orden porque está mejor organizado. Pero al mismo tiempo se afirma que "el que quiere vivir el placer sin el dolor, y el orden sin el desorden no entiende de las leyes del cielo y de la tierra". 



Lo dicho, un cúmulo de bonitos pretextos tal vez para posponer actividades que nos gustan poco, convencidos los que somos caóticos de que los desórdenes pueden enmendar otro desorden más grave. Pero no hay excusa para el barullo; un montón de guías prácticas para solucionarlo nos esperan. Basta con empezar por darle salida al calcetín que ha quedado desubicado. Sin embargo, también es posible que sepa más el loco en su caos que el cuerdo en el ajeno. Dejo por hoy la escritura, todo un desorden que se desliza a través de la palabra, que decía Barthes.







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