martes, 11 de octubre de 2016

En el Día de la Niña, las que un día lo fuimos

"Le contaré a mis hijas que hubo un tiempo en el que nadie preguntaba a una niña que quería ser de mayor porque todo el mundo conocía la respuesta. Pero entonces las mujeres se levantaron y cambiaron la respuesta" (El secreto de Obama, Mónica Pérez de las Heras). 

Blanca me comentaba hace unos días, en una tertulia que compartimos sobre Igualdad, que su abuelo paterno la educó desde bien pequeña para que fuese una mujer libre. Le decía el viejo progresista: "cásate solo si quieres, ten hijos solo si te apetece, viaja, ama, lee, estudia, vete al cine, haz deporte, escucha música, vístete como quieras, sé solo tuya". Y vaya si siguió sus consejos. Me explicaba a propósito del tema que, a los veintipocos, acostumbraba a encerrarse en su habitación a leer y escuchar música. Cuando salía a la calle lo hacía vestida de gótica, exageradamente extravagante. "Todos me miraban", pero me daba igual. Me sentía bien siendo diferente y desafiando cánones establecidos, muchos de los cuáles a mí se me antojaban hipócritas. A sus cincuenta y pocos es ahora una mujer con un trabajo fijo en la administración pública, metida en la vida política de su municipio y comprometida con los temas sociales. Tiene carácter y las ideas claras, y dudo que se deje atrapar nunca por un rodillo machista, ni que deje a un lado esa rebeldía inculcada por el hombre que le marcó a fuego lo de la igualdad y los derechos femeninos.

Me acordé de las palabras de Blanca porque hoy es el Día de la Niña .Ya no sé si llegaron primero la celebración de tantos días en honor a algo o a alguien (de las montañas, de la sonrisa, del alzheimer, de los abuelos,de los animales, de la mujer rural, contra la xenofobia, de los refugiados...) o las redes sociales como medio para visualizar asuntos que exigen de atención; sea como fuese  todo lo que se haga no está demás. Tal vez mucho solo quede en logotipos, en bonitas palabras, en impactantes imágenes o en meros trozos de historia, pero menos es nada, y algún poso siempre queda;  ya sea removiendo conciencias o induciendo a hechos.

Muchos opinarán que las niñas de hoy en día pocas cosas tienen que reivindicar. Seguramente aquí, en nuestro país, la mayoría de ellas no, afortunadamente. Pero hay muchos lugares donde los derechos de las chicas están a años luz  de sus coetáneos masculinos. Violaciones, castraciones, esclavitud, negación de la enseñanza, machismo en el hogar, malos tratos paternos, y un sinfín de vejaciones que limitan la libertad y el desarrollo como personas de estas pequeñas mujeres que llegarán a adultas con un gran sentimiento de impotencia e inferioridad, y lo que es peor creyéndose ellas mismas que son de segunda, cuando no de tercera o cuarta. Por otra parte, mientras en cualquier lugar del mundo, y por la misma razón, alguien piense que él es un Don Juan y ella un putón verbenero, habrá un motivo para rebelarse, por poner un ejemplo.

También pensé en las niñas que un día fuimos las de mi generación, la misma que la de Blanca. Cuando nosotras nacimos era un tiempo en que las luchas feministas comenzaban a calar, pero en el que todavía no podían votar las mujeres españolas o acudir solas al Banco a resolver cualquier tema económico; mucho menos ir a tomar una copa con amigas o hablar más de tres minutos con un hombre que no fuese un familiar directo sin ser objeto de críticas; leyes orales o escritas que comenzaban a aprenderse en la escuela, donde estábamos separados por razón de sexo.Precisamente el año que nosotras nacimos,nació en España el Movimiento Democrático de mujeres, asimismo que nuestras madres se atrevían con las primeras minifaldas. Faltaba, por otro lado, un año para que nuestra mayoría de edad legal -25 para ellas, 21para ellos- se equiparase con la de los chicos. Por aquellos finales de los 60, aún estaba bien visto que un hombre ejerciera arbitrariamente la autoridad sobre su novia, hermana, esposa o subordinada; una autoridad que tenía carta blanca para cualquier tipo de maltrato. Lo que se disculpaba en el macho era una mancha imborrable en la mujer, y si ésta destacaba en algún arte o ciencia o sabía más que él debía de disimularlo. No en todos los casos; algunos hombres, como el abuelo de Blanca y otros cuantos, algunos de los cuáles traté muy de cerca, infundaron inquietudes y no temores en las niñas que tenían a su alrededor. Entre eso y el coraje de otras féminas que no cedieron al desaliento hoy podemos ser más libres y más iguales por esta geografía, aunque todavía hay mucho machismo encubierto y, en ocasiones, poca solidaridad entre las mujeres.

Mi hijo pequeño llegó el otro día de la escuela quejoso de que las chicas, con eso de que pasaron siglos padeciendo desigualdades, ahora se pasaron al otro extremo. Me da ternura como reivindican ahora ellos su parcela de poder, porque dicen que las niñas abusan de sus derechos y quieren relegarles a un segundo plano. Yo le hablo de la ley del péndulo y esas cosas, y quiero convencerle de que nadie es más que nadie, solo iguales, salvo en la anatomía.  Sin embargo, a pesar de que las cosas han cambiado mucho,cuando las mujeres hablamos del tema, convenimos en que determinados roles tienen un gen ancestral que explica ese poso de  superioridad varonil, por mucho que se encubra de Igualdad.

Por eso, cuando ayer abrí en mi correo un mensaje para que firmase apoyando que la Real Academia añadiese al diccionario la palabra sorodidad, que viene a ser lo mismo que la fraternidad en versión femenina; vamos la hermandad entre las mujeres, pensé que lo que en un principio parezca querer rizar el rizo del feminisno tal vez tenga su punto de equilibrio. Tantos años inclinando la balanza hacia el lado de los varones necesita de visualizaciones más o menos prácticas. ¿Os imagináis ahora no poder decir la jueza, la médica, la abogada, la ingeniera, la empresaria...?. Pues, en su día, fue motivo de desdenes, y vaya si costó normalizarlo.

¡Feliz Día de la niña!, da gusto verlos siendo amigos y amigas al salir de las aulas desde el parvulario, y tratándose como compañeros, al tiempo que van entendiendo por qué es necesario seguir reivindicando. Y qué bueno que las chicas ya no quieran ser princesas. Incluso alguna de sus sudaderas lleve grabado: "Cenicienta no quería un Príncipe, quería una noche libre y unos zapatos...".

Fotografía 1: Con mis primas, por la Ruta del Alba, en un verano de nuestra niñez.

martes, 4 de octubre de 2016

Voy comprate unes madreñes...

"¿Le podemos hacer una foto con esos zapatos de madera?", preguntan ahora con frecuencia los turistas a las personas que aún llevan "madreñes" por las aldeas asturianas. Sus incondicionales caminan con ellas con la misma destreza que los visitantes calzan sus botas de senderismo. Desde que las calles de los pueblos han sido mejoradas con adoquines más cómodos y limpios, a la vez que hay infinidad de sustitutos para ese calzado de madera, alzado con talón y dos tacos delanteros,  les madreñes -esta palabra es como les fabes, pierde su autenticidad si no se escribe en su lengua autóctona-, comienzan a ser un elemento típico en extinción, cuando no un objeto de deseo, por el que ya han cometido algún delito. Si no que se lo digan a unos cuantos de mis vecinos que han viso desaparecer sospechosamente sus zapatos de faena, intuyendo que alguien los ha cambiado de sitio para el museo de las antigüedades caseras.

A mí me encantan les madreñes. Apenas comienzan los días de frío, incluso algunos grises de verano, tengo claro qué calzar en cuanto salgo de la puerta para afuera los fines de semana. Ahora vuelve a dignificarse su figura y se han multiplicado los modelos y colores. Pero, independientemente de su estética, las propiedades de este complemento tan asturiano no tienen parangón: aíslan del frío, de la lluvia, mantienen limpio el calzado que va dentro, son fáciles de quitar y poner, y realzan la figura; gracias a unos abundantes centímetros que nos separan del suelo cuando las calzamos. De ahí la canción que aún me parece que estoy oyendo entonar a mi padre: "Voy comprate unes madreñes, de tacón y que llevanten, que yes pequeña y nu alcances a los brazos de tu amante...".

Por otro lado, también este calzado forma parte de la otra vida que tan de moda está darle a los objetos, y lo mismo te las puedes encontrar a modo de portafotos, de maceteros,de portalápices,de recipiente para flores perfumadas o de soporte para bolígrafos, dependiendo de su tamaño Asimismo,  si una bloguera de la moda, pongo por caso a Paula Echevarría, las usara por la ciudad, sería el complemento revelación del otoño-invierno, junto con el rosa cuarzo de sus camisetas, o el  de su falda del color del vino Marsala.

Luego está esa relación de afecto que  los niños de aldea tenemos con les madreñes. Entre los privilegios de nuestro pasado anotamos el de haber ido a aprender las primeras letras con los pies bien calentitos y en zapatillas. Imaginaos la estampa del portal de un pequeño edificio de escuela, con unos veinte pares de madreñes, del número 25 al 38. Más atrás quedan las historias de los artesanos que iban por las casas a hacer madreñes para toda la familia. Se instalaban en las humildes viviendas unos días para hacer el trabajo y a cambio recibían, si no un pequeño salario, productos típicos de la tierra que pisaban. De esos tiempos nacieron amistades verdaderas que pasaron de generación en generación, incluso hay historias de amores en madreñes, por aquello de que se llevaban al baile las las reservadas para el Día de Fiesta además de para ir a la iglesia:  Hace pocos años, un representante del clero algo tiquismikis ha amonestado a unas feligresas porque "no se puede venir a misa con el calzado que llevan a los cerdos", cosa que nunca fue así por lo que os conté de unas madreñas para cada ocasión.

"¿Vamos a hacer trastaes", nos decíamos los nenos y les nenes de cuando en cuando, y una de nuestras travesuras infantiles era esconder una madreña a algunos vecinos y cecinas, que tenían en sus aceras y portales. "Que pucu se nota que tan con los cures y les monjes, mante", les decían como reproche a nuestros padres.

.Ahora el oficio de madreñero artesanal está en extinción y son contados estos profesionales en nuestra región; por eso la importancia de valorar su singular trabajo, de auténtica ingeniería para  quien no sabe dar forma a un trozo de madera. Qué lejana queda la realidad de otra famosa tonada asturiana: "Baxaba Barrial de Casu, con un sacu de madreñes, grandes y pequeñes, y a peseta el par. La Madera de abedul..." Y cómo ha llovido de la Peseta a los 35 Euros que suelen costar en la actualidad los zuecos astures. No hay constancia de cuándo aparecieron los primeros zuecos de madera, aunque se piensa que la idea primitiva fue una plancha de madera atada al pie con una cuerda. Antes que las que ahora todas conocemos -la madreña de zapatilla- se usaban las de escarpín, más robusta y de boca cerrada.Y antes de las gomas de sus tacones estaban los "claos", cuyo ruido en las noches de aldea sigue despertando nostalgias en la memoria de los más veteranos.

 Por todo lo anterior,  decir madreñes es decir trabajos de otras épocas, es hablar de manos hábiles, pieles curtidas, gestos toscos, corazones tiernos y pisadas cálidas. Decir madreñes es decir aroma  a caminos con olor a tierra mojada, a trabajos en el campo y a historias superpuestas en nuestro tiempo de plásticos y momentos efímeros. Decir madreñes es decir una tradición con el alma de los pasos, que cantaría Serrat.



martes, 27 de septiembre de 2016

Hojas muertas


Una persona con la que hablo a menudo me cuenta que tenía la costumbre de adentrarse  con su pareja en el bosque para escuchar cómo hablaban los árboles. Era cuando pasaban temporadas inolvidables en su cabaña en el corazón del monte del Parque de Redes. Buscaban, ya entrada la noche, lugares inhóspitos en el epicentro de la naturaleza, que por allí era espléndida, y se quedaban paralizados oyendo a los gigantes de hojas murmurar.

Me explica este anochecer parlanchín, mientras con la mirada busca si ya ha salido su estrella , que se dejaban envolver por la fortaleza de los robles, la elegancia de las hayas, la contundencia de los castaños, la seguridad de los fresnos o la astucia de sus hermanos más pequeños. Tenían entonces la sensación de fundirse en aquel realismo mágico y ser parte de raíces eternas  y  hojas libres, unidas sin embargo por ramas seguras. Es ahora uno de esos recuerdos que la ayudan a vivir en otoños menos amables.

 No recuerdo muy bien si llovía, pero estoy segura de que empezaban a volar sin rumbo fijo las hojas secas por la acera que más frecuento durante la semana. Aquella tarde de otoño medio cálida medio fría, medio triste medio alegre; sí, como la de hoy, como las de casi  siempre, pensaba en la importancia de las cosas más pequeñas -a medida que van pasando Septiembres valoras más lo insignficante- , y comencé a escribir este blog.

Es increíble lo ingenuas que te pueden parecer tus convicciones, tus escritos o tus acciones, pasado un tiempo.  Pero sigo pensando que  con que una centena de personas -por ese número de lectores comenzó mi blog-,  se paren unos minutos a leer esas palabras que les vas hilando, es para sentirse satisfecho. Es más, con que solamente unos ojos se pongan en la piel de tus pensamientos ya debe hacerte sentir bien. Hay que ejercer la humildad aunque se tenga treding topic todos los días, que diría San Agustín de haber vivido en el siglo de las ondas digitales. Ahora que mi blog contabiliza muchas más, el viaje a ninguna parte que es lo que se escribe en forma de articulitos,  parece un camino sin retorno. A veces, me planteo parar, pero la ocurrencia dura poco. Es tan guapo poder usar y comunicarte con las palabras para expresar unos sentimientos que rara vez se dejan o se saben mostrar en su pureza con el trato cara a cara.

Por otro lado, toda una aventura la de llegar a verdaderos desconocidos que, por unos minutos, entran en tus vivencias, en tus fantasías, en tus consejos o en tus opiniones; según cuadre el día o el momento. Y qué decir cuando te encuentras por la calle a un vecino del que ni te consta que tenga Internet, y del que apenas sabías nada por esas cosas de la vida que te lleva por derroteros lejanos, y te comenta que sabe por elblogdebertasuhe que ya has cumplido los cincuenta ... También he de confesar que esas situaciones son las que me llevan al vértigo de la responsabilidad de las malas  intenciones, las erróneas suposiciones y las malicias, que haberlas haylas...

Todo tan igual y tan diferente en nuestras vidas también de estaciones. ¿Sabrá el otoño que ya no le miran algunos ojos, que ya no le sienten algunas manos? ¿Conocerá la antesala del invierno que vamos perdiendo tantas cosas en su camino?.¿Sabrá de nuestros amigos, de nuestros planes,  de nuestros olvidos, de nuestros agravios y de nuestras decepciones? ¿Le llegará la noticia de que van creciendo nuestros hijos? ¿Presentirá  la estación de los ocres nuestros odios y nuestros afectos más allá de las apariencias? Claro que quién los conoce realmente... Precisamente algunas personas escribimos para dejarlos colarse por entre las palabras en forma de metáforas, de comparaciones, de hipérboles, de metonimias de símiles, de personificaciones...

Pero siempre vuelve un  otoño similar al  que me animó a escribirle en aquellos primeros pasos como bloguera. Es la seronda de la fauna autóctona, que sigue acudiendo leal a su cita con la naturaleza para hacer eterna la sangre de su sangre, el de las cigarras que ya van menguando su canto cuando la luna es más distante, el de las luciérnagas que  apagan primero sus luces, el de las aves que no son de paso preparando refugios seguros... Seguimos asombrándonos, como si nada hubiese pasado,  con el reclamo del búho y otras especies de vidas nocturnas, cuyo eco el viento arrastra hasta el mismísimo asfalto, y seguimos esperando que nos cuenten un cuento y otro cuento para no morir de realidad.

A lo lejos,  en los bosques que nos rodean, se escucha  insistente el murmullo de los árboles, con el quejido ancestral de  cómo van perdiendo sus hojas y su suspiro esperanzador de que regresarán, aún más fuertes,  la próxima primavera. Los árboles hablan. Yo también los he oído. Buen otoño.


miércoles, 21 de septiembre de 2016

Pacem

"El hombre  feliz  es aquel que, siendo rey o mendigo, encuentra la paz en su hogar" Johann W. Goethe

Con las palabras ocurre como con las relaciones personales: a veces pierden su esencia de tanto malgastarlas. También con la Paz, en latín Pacem, para variar el sonido. Por cierto,que Pax pacis fue una de las primeras palabras que nos enseñaron a declinar cuando la lengua de Julio César era aprendizaje obligatorio; por lo demás un guiño este título a mi querida amiga Beni,  profesora de esa lengua madre. Amor, Amistad , junto con Paz es posible que sean algunas de los términos más utilizados en prosa, poesía, teatro, frases célebres, canciones... o cualquier otro medio con que se pretenda transmitir un mensaje. Debido al frecuente recurrir al vocablo que hasta tiene denominación de Nobel,  tengo en el archivo de mi memoria -que ya no es la que era, dicho sea de paso- multitud de expresiones conocidas  para usarlas, cómo  no, en el Día Mundial de la Paz. Son esas frases que se van inmortalizando acerca del estado personal o colectivo que tan fácilmente se profana con pensamientos palabras, obras u omisiones. De entre las que recuerdo ahora me quedaría, además de con la del inicio, de Goethe, con una muy práctica que asegura que, la mayoría de las veces, compensa más tener paz  que tener razón. Será por aquello de que  la batalla mejor ganada es la que no se empieza.

Luego, los que nos educamos en infancias de misas de Domingo y Fiestas de Guardar, no olvidamos la despedida del cura en cada oficio: : "Podéis ir en paz".  O, en mitad de la ceremonia, aquella mecánica letanía de "mi paz os dejo,  mi paz os doy", repitiendo por millonésima  vez lo que dicen que dijo Jesucristo. Sin olvidar lo de "podéis daos fraternalmente la paz", con lo que si te tocaba alguien no grato al lado siempre aparecía la mutua duda de si tender o no la mano del vecino o vecina. Se suponía que en ese recinto sagrado se debían de aparcar odios y demás pecados. De hecho, es posible que muchos tuvieran esa intención, pero una vez traspasado el umbral, a la salida, no había quien controlase las vísceras y uno volvía a sus buenas o malas costumbres de amor y odio.

Blas de Otero pedía la paz y la palabra en su conocido poema, y Benedetti hablaba de paz recordando a Salvador Allende: "Para matar al hombre de la paz, para golpear su frente limpia de pesadillas, tuvieron que convertirse en pesadilla. Para vencer al hombre de la paz,  tuvieron que congregar todos los odios, y  además los aviones y los tanques...". Un  ídolo de nuestros quince años quería hacernos creer que amaba a alguien con la paz de las montañas, y los hippies de la década en la que muchos de nosotros nacimos tenían la paz y el amor como su grito de guerra. Pero una de las mayores evocaciones de la palabra que hoy se celebra es la que transmite un niño durmiendo, que  también cantaba Mocedades.

Como todas las bellas palabras, les sonarán totalmente superfluas y huecas a quienes padecen las consecuencias de unas guerras, unos fanatismos y unas injusticias en las que no caben poemas. De poco sirve dibujar la paloma de la paz mientras que la miseria se ceba con millones de seres humanos, a los que nos asomamos de reojo, y como si deseándoles la paz fuese suficiente para disfrutar de nuestros privilegios con menos sentido de la preocupación, cumpliendo así con nuestra insignificante parcela de solidaridad. Enfín, el Día de la Paz, como todos esos días que se celebran con mayúsculas no es el alimento que la parte más desafortunada del mundo necesita pero, mientras la invocamos el efecto mariposa de los pensamientos siempre tendrá alguna buena consecuencia. Y, también a modo de consuelo, siempre podremos pensar en el título de la película protagonizada por Coronado: "No habrá paz para los malvados", aunque no sé yo.

Luego, está uno de los halagos más bonitos que se pueden decir de otra persona: "transmite paz". Conozco a unas cuantas con esa gran cualidad. También están a los que ponemos un puente de plata cuando se van, deseándoles que lleven tanta paz como dejan. Pero este no es el caso...


Fotografía hecha por Carolina Gutiérrez García, desde la paz de las montañas de Faidiellu.(Parque de Redes),a comienzos de la pasada primavera.

martes, 20 de septiembre de 2016

Cohousing

Entre el hacerse mayor con los viejos conocidos y el co-housing -envejecer con los amigos-, han pasado ya siglos. En la hilera de casas de un barrio de mi pueblo -dos de sus viviendas son las que os muestro en la foto-, el más antiguo por el número de casas viejas que hay juntas, ahora más despoblado, vivían Ramona y Pelayo, María y Celedonio, Generosina y Llorencín, Gilda de Roces, los hermanos Melendi, Kiko y Virginia, Nieves y Josefa, Concha y Constante; no todos en el mismo tiempo , pero sí en una época cercana;  algunos con su prole, y otros eternos "solterones", con el encanto de los mordaces gruñones, algo más puñeteros que el resto, por aquello de que es fácil criticar sin piedad lo que no se ha vivido.  Como nada está inventado, era un ensayo de las modernas modalidades de envejecimiento con independencia y dignidad. Los más jóvenes ayudaban a los mayores y, a su vez, los segundos servían de cuidadores de niños y otros ancianos en peores condiciones; incluso de  periodistas de temas varios, que por entonces lo de los medios de información actuales no existía. Compartían asimismo comidas, carencias, risas y duelos a partes iguales.
Miedo me da, porque los que tenemos ya esa edad -rara porque ni nos sentimos mayores ni somos jóvenes- ya empezamos con conversaciones de lo que nos gustaría hacer dentro de unos años, siempre con la incertidumbre lógica de los acontecimientos y del devenir que no suele ser como uno se lo imagina. "A mí no me gusta la soledad", dice María, que asegura que vendería su alma al diablo con tal de no verse en esa tesitura. Juan, por el contrario, dice que aguantará en su nido, solo o acompañado, mientras el cuerpo aguante. A unos cuantos y cuantas más nos encanta la idea de una especie de comuna en la que cada cual aporte sus valías para ayudar a sus compañeros. "¡Menuda orgía octogenaria!", dice con picardía Inés, para quien esa utopía es difícil de cumplir porque para entonces ya no estaremos para organizar y ahora que sería el tiempo no hemos empezado. Esteban piensa que acabará como un ermitaño porque reconoce que, a pesar de que valora más los quereres auténticos,cada día siente más necesidad de estar solo. Vamos, que se aguanta cada vez menos a si mismo, como para pensar en un futuro de cercanías vecinales y comunitarias. Nada que no sepamos de esa necesidad de aislamiento transitorio que nos va invadiendo al tiempo que cumplimos otoños. "Con que haya Wifi donde caiga me conformo", les aseguró yo tan en broma como en serio...

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Ningún tiempo es perdido



  • Ningún tiempo es perdido siempre que uno tenga la sensación de no malgastarlo. Así que hasta del sopor de una tarde de Agosto, a comienzos de Septiembre, se pueden sacar buenos momentos, que es de lo que se trata. 

  • En el lento transcurrir de los minutos de estas sobremesas de los últimos días de verano, leo. Nada que exija excesiva concentración. Algo fresco, colorido, ligero y superficial como las páginas de una revista del corazón. Si acaso también se ojea un libro breve o algún suplemento dominical, con el que aumenta tu impresión de calor debido a esos reportajes atemporales, en los que te encuentras las fotografía de un público excesivamente abrigado para los cuarenta y pico grados actuales. Mentiría si os contase que no tengo al lado el móvil, ya un apéndice más de la naturaleza de muchos de nosotros. De lejos, escucho a unos niños decir que van a jugar a islamistas; nada de qué escandalizarse dado su relación con la actualidad y nuestra memoria del juego de indios y vaqueros de aquella otra nuestra  niñez. Este inciso me lleva a tararear bajito una estrofa de aquella canción: "Quién les dirá cuando crezcan que los hombres no son niños. Que no lo son, que no lo son".

  •  Intento desconectar de los agravios de un mundo imperfecto, alejado de la poesía, desde mi sencillo paraíso -un pequeño prado, cuatro rosas y la sombra de unas montañas eternas- leyendo que Banderas sacará en breve su propio libro de poemas; le pasaría alguno de los versos breves  de B. R. si fuera posible que le llegasen. Y observo que el tiempo pasa también para los guapos, ricos y famosos . Detallitos de la edad a un lado, cómo lucen de bien la mayoría de los habituales del papel cuché  en bañador, bikini o facekini (lo del clip vaginal queda para publicaciones más especializadas). Me entero asimismo, por estas revista que pasan de vecina a vecina -hay que amortizar la tinta de color- de que la relación con Melanie del protagonista de Matador es un ejemplo para los matrimonios rotos.Cómo, si no, le escribiría vía digital la madre de su hija: "Feliz cumpleaños a mi macizo exmarido". Por cierto,  la actual pareja del malagueño lleva el nombre de mi gata, un punto más en común con el versátil e implicado actor. Enfin, que Antonio Banderas, también metido a diseñador y próximo a los sesenta, continúa sin decepcionar y parece feliz con un polo de su colección al que no ha hecho más que quitarle el cuello para convertirlo en diferente. Cosas de la excelencia de la sencillez y de quien no le gusta perder el tiempo. Como nota menos desenfadada, me comenta una amiga que ha leído una entrevista en la que el novio de Nicole se barrunta un triste futuro para los jóvenes de nuestro país. Esperemos que esta vez  la astucia de "el zorro" solo sea un presentimiento pasajero. Por otra parte, con esa sencillez propia de los grandes, que no van de divos ni de más que nadie, Antonio asegura que pasará la última etapa de su vida donde están sus raíces... ¿Dónde si no?

lunes, 13 de junio de 2016

Manolín el de Matilde


"La discapacidad no está reñida en absoluto con la felicidad"

Vivió la mayor parte de su vida en el pueblo casín de Tanes, y pasó a la historia del municipio como uno de sus personajes más populares. Una especial vis cómica, un sentido extremado del orden, un amor incondicional por el Ejército y la Guardia Civill -no en vano su padre era hijo del Cuerpo- y una divertida faceta de cantautor (“Ay madre, madre, tiróme la jarra, tiróme la leche, tiromelo tou…”), hicieron de Manuel González Pérez una leyenda entre quienes le conocieron y supieron de sus hazañas.

Desde niño comenzó a sentar las bases de esas historias que ahora pasan de padres a hijos cuando se recuerdan capítulos de personajes únicas de la aldea.. Sus características físicas y síquicas algo diferentes al común de sus contemporáneos nunca fueron un impedimento para dar muestras de gran astucia. Especialmente conocida era su manera de escaquearse de las tareas que sus abuelos, con quienes vivía, le tenían dispuestas. La abuela Matilde picaba desde la cocina al suelo de la habitación del nieto que tanto le gustaba dormir. Manolo abría un ojo, buscaba a tientas sus zapatillas y las arrastraba un poco por la madera para que todos pensasen que estaba levantándose. Al cabo de un buen rato, subía su abuela alarmada por la tardanza y encontraba al chiquillo como un tronco con el calzado dispuesto para repetir la faena por si lo reclamaban nuevamente.

Seguramente los antiguos trabajadores de El Carbonero (ahora Alcotán) recordarán el día que dejó a uno de sus cobradores –una figura ya desaparecida la empresa- “a pata”. Regresaba Manolo a Tanes, desde Tudela Veguín, donde pasaba alguna temporada con sus padres,  después de que su madre le pidiera, como siempre, al cobrador –que conocía sobradamente al chico- que estuviese atento para que se bajara en su destino. Manolo, buen observador y mejor imitador de voces, se dedicó parte del trayecto a escuchar el diálogo entre conductor y cobrador, quedándole claro que el vehículo arrancaba a la voz de "¡Vamonosss!". En el pueblo lavianés de Muñera el cobrador se bajó a dejar unos paquetes como solía hacer en todas las paradas. Manolo exclamó: "¡Vamonosss!" con una imitación de voz y entonación perfectas y el conductor arrancó el autobús dejando a su compañero brazos en alto en la parada. Un vecino tuvo que arrancar su coche para que el trabajador alcanzase a su compañero en el próximo alto del autobús.

La iglesia y toda su parafernalia eran otra de las curiosidades del célebre casín. Se pasó años mostrando su deseo por conocer al Obispo, por lo que no sorprendió a nadie que el día que este alto cargo del clero visitó el pueblo, el párroco del lugar –que sentía una gran simpatía por Manolín- lo llamase para presentarle al prelado. -Mira, Manolín esti ye el Obispo”, le explicó el cura. Con toda la naturalidad, el muchacho miró de arriba abajo a aquel señor tan raro y exclamó: “¡Ay paxarón!, sorprendido por la vestimenta y los adornos que llevaba aquel hombre tan raro; seguramente decepcionado porque no era aquella la imagen que él se había creado del máximo sacerdote.

También sembró cátedra en la cocina. Cuando tenía unos ocho años, y habiendo oído  comentar que  las mujeres recién paridas  debían tomar caldo de gallina, decidió ir a casa de su vecina, que acababa de tener un niño y se encontraba en la cama con el recién nacido. Soledad comenzó a oír unos ruidos extraños (tras tras, tras tras…).. Bajó las escaleras y se encontró con una gallina viva, metida en una cazuela sobre la cocina de carbón encendida. El ave luchaba con todas sus fuerzas por salir de aquella prisión. Los golpes que se escuchaban era la tapa de la olla que subía y bajaba cada vez que daba un salto la gallina que Manolo había cogido en el gallinero de su otra madre.

La etapa final de su vida, y obligado por las circunstancias a abandonar el pueblo donde tantas caleyas recorrió, Manolo la pasó en casa de su único hermano. Una de sus últimas “trastadas” la  realizó un día que la mujer de Carlos le llevó a visitar a una amiga. Gran amante también de la pulcritud, el protagonista de esta historia acostumbraba a peinarse –siempre traía un peine en el bolso de atrás de su pantalón vaquero- y asearse en algunas de las casas que frecuentaba. –“Nena voy al bañu”, le dijo a su cuñada Blanca. Como tardaba en aparecer, entraron al aseo y se encontraron a Manolín cantando bajo la ducha una de sus originales composiciones. que a veces arrancaba por rancheras, otras por tonada asturiana y en la mayoría de ocasiones con ritmo propio.

Sus innumerables aventuras darían para escribir un libro de muchas páginas. Esto es solo un pequeño esbozo de algunas anécdotas que quedaron apuntadas en el cuéntame casín para rememorar a una de esas personas que siempre conseguía sacar una sonrisa a sus paisanos y paisanas, incluso muchos adoptaron como propia su evasiva de casarse siempre "pa mayo", y ahí siguen con la disculpa... Como a todos nosotros, a Manuel lo que más le importaba era lo mismo que  en realidad le interesa al común de los mortales:que nos quieran más. Por eso repetía con frecuencia la  archifamosa de entre sus frases:  "¿quiéresme prenda?" (para los que desconocen el idioma del concejo de Caso,  prenda es sinónimo de mi  vida, cielo, cariño, etc...).

 Hoy, a  modo de despedida,  otra expresión que acostumbraba a decir el célebre personaje del municipio más alto del Valle del Nalón:  “Ta  luego nena, mañana marcho p´al Ferral” (Cuartel militar leonés).


En la imagen, Manolín con una de sus poses preferidas.