martes, 2 de junio de 2026

El día que te ceden el asiento

Esas cosas que le cuentas a la niña que fuiste: "No, pero muy amable, muches gracies”. Era la segunda vez este año que me cedían el asiento en el autobús. En esta ocasión fue un chico con un aire a Can Yaman. Aunque me faltaban seis paradas para llegar a mi destino y la metatarsalgia que últimamente castiga mi extremidad derecha estaba en plena rebeldía, hubiese ido de pie veinte estaciones más, con un absurdo e inútil orgullo, pero dignidad al fin y al cabo. Porque cuesta asumir que a ojos de los jóvenes, nosotros en edad de ser sus padres o abuelos, ya no lo somos. Los sesenta no llegan de golpe. No hay un funcionario que aparezca en casa con una carpeta y que diga: “Ya pertenece usted al grupo de personas a las que le ceden el asiento en el transporte público”. No. Los sesenta llegan en pequeñas bofetadas de realidad. La primera suele ser óptica. Un día alejas el móvil para leer un mensaje. Al siguiente enciendes la linterna para mirar el menú de un restaurante. Después empiezas a hacer fotos a las etiquetas del supermercado para ampliar la imagen. Y aun así sigues pensando que estás estupendamente. Porque la mente va por libre. La mente sigue teniendo treinta y siete años, mientras el espejo, cuando hay demasiada luz, empieza a sugerirte conversaciones incómodas. Por eso evitamos la luz directa. No es coquetería; es estrategia militar. Luego aparecen las palabras nuevas: fascitis, artrosis, colesterol… Ahora las comentas con naturalidad mientras una persona coetánea te recomienda vitamina D para absorber el calcio, culpando el dolor en el dedo corazón a la ausencia de Sol en nuestra querida tierrina. Y, sin embargo, hay algo guapo en todo este naufragio. A cierta edad ya no necesitas impresionar demasiado a nadie. Aprendes a distinguir lo urgente de lo importante, y descubres que la juventud no era aquella piel tersa que tanto añoras, sino la maravillosa inconsciencia de creer que uno es joven mientras tenga ilusiones. Hasta que un chico con planta de actor se levanta en el bus para cederte el asiento y entiendes que el tiempo no se detiene y que ya pasaron muchos mayos desde la niña que fuiste.