miércoles, 21 de marzo de 2018

Andrés, cartero y poeta

Andresón -así era conocido por los vecinos, no en tono insultante sino por su corpulencia- era el poeta oficial de la aldea, además de cartero de profesión. Se sabía de memoria cientos de poesías ajenas, y tenía otras tantas de su propia cosecha. En unos tiempos en los que Internet era un futurible, vamos, "obra del diablu", como dice la expresión autóctona, Andrés era el deseado transmisor de noticias entre amigos y familiares. Algunas de las cartas que repartía llegaban de muy lejos, pero también se recibían informaciones vía postal de los vecinos que vivían a golpe de voz; fundamentalmente las misivas de felicitación y las cartas de amor, disfrazadas, en su mayoría, con la metáfora de un poema. La imagen que pego a continuación, rescatada de la caja de latón, testigo de un tiempo del dulce a granel, de postales impresas y de instantáneas en sepia, es posible que llegara a su destinataria a través de la cartera que colgaba de su espalda el poeta inédito. Los que nacieron en Soto d’Agues antes de mediados del siglo pasado coinciden en recordar los versos favoritos del cartero Andrés: “En esti mundu traidor, ná ya verdá ni mentira; tó depende del color del cristal con que se mira”. Feliz #Díadelapoesía, tan denostada por muchos como necesaria para otros, al fin y al cabo: “¿quién no escribió un poema, huyendo de la soledad...?”, que escribió otro poeta. De tener que elegir, uno de mis versos preferidos empieza así: “Después de un tiempo...”

domingo, 18 de marzo de 2018

Hombres buenos

"No todos los hombres pueden ser ilustres, pero pueden ser buenos" (Confucio)

El municipio de Sobrescobio se ha quedado este fin de semana sin dos hombres buenos: Luis y Manuel. Aunque la percepción de las cualidades de los demás nos es igual para todos, hay un denominador común para aquellos que pusieron bálsamo, no tormento, en les caleyes cercanes. Como ser bueno es de valientes, cada vez que se va para siempre una persona buena, nos quedamos algo más desamparados y con un trozo menos de buena memoria; la de aquellos valientes silenciosos. Por los lugares pequeños se notan especialmente las ausencias porque, en la misma proporción que se viven más intensamente los problemas, se acrecienta también la nobleza y la parte más entrañable de la vecindad que se comparte, más a menudo que en las grandes poblaciones, de puertas para afuera.

Luis "el de Marianita" tenía la mirada azul y risueña. Los últimos años de su vida lo veíamos más porque paseaba desde Rioseco hasta Soto todas las mañanas; me imagino que por esas recomendaciones saludables de las bondades del caminar. Era quinto de mi madre; y eso hacía que tuviesen un especial lazo de cariño.No hace tanto que se vieron en el médico, y de algún modo se despidieron para siempre. "Luis ya nun taba bien, le faltaba la energía. Tuvo que coger el ascensor para subir un pisu, él que caminaba como un galgo", me contaba Bárbara. Luis también siempre forma  parte de otros recuerdos más lejanos: cuando lo veía  los domingos que bajaba  con mi padre, asiduo del juego de las cartas en el bar de Arturo, de Rioseco, el suegro de aquel hombre del que era imposible no quedarse con sus ojos del color del mejor cielo. Ni siquiera teníamos coche de aquella. Solo una vespa, que me trae recuerdos de los aires de primavera de la niñez; arropada por unos brazos que en esa época de tu vida representa al héroe protector de todos tus problemas vitales. De ahí que al pensar en Luis también me acuerde de lejanas tardes de tiempos infantiles en que la vida se ve otro color, además de esas mañanas, más actuales, de caminante y del abrazo cariñoso que siempre daba a mi madre con la camaradería y la solidaridad del paso de ochenta largos años, que les enseñaron a valorar lo que de verdad importa.

A Manuel Torre lo conocía menos, aunque sí a muchos de su familia. Sus noventa y tres años le obligaban a una vida menos activa, por lo que se veía ya poco por los caminos del concejo. Pero su nieta, Liliana, con la que más contacto tengo, hablaba  tanto de  "mi güelu", que me hago una idea de cuánto lo estarán echando ya de menos. Por otro lado,  el hecho de que Manuel siempre llevase en su cartera la foto de un amigo, muerto trágicamente en la juventud -hermano de mi padre-, me hace pensar que alguien que no olvida a un amigo después de tanto tiempo era una gran persona.

Por lo demás, hoy es el Día del Padre. "Sácame la licencia de pesca", me decía siempre el mío cuando se aproximaba San José. Y, aunque los dos sabíamos en los últimos años que no la estrenaría, porque los achaques se iban acrecentando y el pescador que se conocía cada pozo y cada piedra del Alba y otros ríos cercanos ya no era el mismo, yo le llevaba su licencia para que la vida pareciese casi igual. Para que aún pudiese soñar con la posibilidad de calzar las botas, amarrar el cesto a la cintura,coger la caña y volver temprano con el botín del pescador experto y agradecido que siempre fue. Primero por necesidad: "¡La de fame que nos quitaron les truches de jóvenes!, decía años después, en el tiempo que ya lo de pescar era para él un encuentro religioso con lo más puro del deshielo, cuando la naturaleza comienza a subir su sangre por cualquier recoveco.

Feliz Día a todos los padres; de los que pocas veces seguimos los consejos, hasta que ese día que nos faltan pensamos: "¡Cuánta razón tenía mi padre!" o "¿qué opinaría mi padre de esto ?". Disfrutadlos aquellos que los tenéis; los que no, habremos de conformarnos con ese puñado de recuerdos que nos hacen conservarlos con vida en nuestros pensamientos y en todos esos lugares por donde quedaron sus huellas de identidad. Las de los hombres nobles no se borran jamás;  se nos aparecen cada día a través de cualquier camino, bajo la piedra de un río, en las margaritas que asoman tempranas por los minifundios coyanes o en otras miradas que nos los recuerdan.Vaya para ellos ese ramo de flores virtual en el que podría escribirse: "A esos hombres buenos".


domingo, 18 de febrero de 2018

Vanidades

De la vanidad, la soberbia y la estupidez humana sabía un cuentu Xuacu, un paisano de por aquí. Fue a raíz de una experiencia vivida con quien habla sido su compañero de trabajo en la mina, y que posteriormente se fue del pueblo para dedicarse a otra profesión. Cuando regresó Colás unas vacaciones, el amigo que seguía con el lagrimal del ojo pintado de carbón fue a saludarlo con un cordial: "¿Qué tal Colás?". Ante lo que el recién llegado le respondió, mirándolo despectivamente: "Colás ya no es Colás. Compárame con un árbol al que un ebanista convierte en un mueble de lujo. Yo soy ahora ese mueble". Acto seguido, Xuacu, se ajustó incrédulo la boina, dio una paciente calada al cigarrillo que había liado y le contestó sin prisa: "Siempre fuisti tontu, pero ahora yes-lo más. Estáte tranquilu, que yo con un mueble nun vuelvo a hablar en la puta vida". Esto sucedió hace muchos años, pero la soberbia y la estupidez siguen su curso. (Puesto que lo que importa es la anécdota y el "delito" ya prescribió hace más de 70 Cuaresmas, en este caso los nombres son ficticios). Por lo demás, ahora toca el deshielo, y las aguas del Alba también siguen su curso, bajando bravas... Buen domingo

sábado, 17 de febrero de 2018

Encarnina

Cuando tienes pocos años, aunque también sucede a veces de adulto, te entra la risa en el momento menos oportuno o en el instante más solemne; fundamentalmente si la prohibición de reír en ese espacio o circunstancia es Palabra de Dios. Por eso, solamente una vez no nos causó ganas de reír -que mal lo pasábamos aguantándonos la carcajada como podíamos, esperando a que la primera en recibir la bronca del cura fuese otra de las compañeras de bancada-,  la voz potente y destacada de Encarna en la iglesia.El día que no nos salió la mueca de la cara fue el domingo, por nuestra adolescencia en la  década de los ochenta, en el que esa mujer se despidió para siempre de sus santos, vírgenes y demás iconos de San Andrés, a los que había rezado con sus cánticos desde que tuvo memoria. Partiría al otro lado del Atlántico, a pasar los últimos años en compañía de su familia, que habían emigrado a Buenos Aires.Nos dio pena -a pesar de que estábamos en una edad que todavía no daba para muchas nostalgias-, que Encarnina ya no volviese a ser la alegría de nuestros días de fiesta en la iglesia de San Andrés: "Adiós oh madre mía, adiós, adiós...", y se nos saltaron las lágrimas y se nos puso un nudo en la garganta como al resto de los presentes. Fue la última vez que la vi.

Cuando piensas en un conocido suelen aparecerte tres o cuatro pinceladas del recuerdo que guardas de esa persona. Esas imágenes no tienen por qué coincidir con las del resto de la gente ni tan siquiera con la propia identidad de ese ser. Pero tu percepción propia te acompaña de por vida. A Encarna la recuerdo siempre con sus madreñes relucientes, que la elevaban del escaso metro y medio que debía de medir, con las mejillas sonrosadas siempre adornadas por pendientes antiguos, que se movían a la par que sus cuerpo cuando bailaba el xiringüelu en la plaza, sin quitar aquel calzado tradicional. También la visualizo con la fesoria trabajando su minifundio,situado en frente de mi casa de Soto. Con una sonrisa eterna y una alegría innata en sus movimientos, parecía que en cada pozo que hacía para echar las patatas no trabajaba, sino que disfrutaba de la faena.

Encarnina vivía en la quintana de Encima el Pueblu, y su mejor amigo era su vecino Antonio, lo que viene a demostrar que un hombre y una mujer pueden ser auténticos amigos, con el que compartía penas, alegrías, problemas cotidianos y algún vasín de vino de tarde en tarde. Devota de corazón, pero de vivir progresista para aquellos tiempos en los que una mujer soltera tenía que amoldarse a unas costumbres con poco margen de libertad, lo único que le reprochaba a San Antonio, su Santo favorito, era que no le hubiese encontrado pareja. Ante esa reflexión, una de sus vecinas de silla en la Iglesia, siempre le argumentaba: "Que Dios nun te dé todo lo que desees, que tás muy bien soltera". "Sí, porque el que nun acierta en casar, ya no i queda en qué acertar",opinnaba otra de las presentes, mientras abría el misal.. Ante tales razonamientos, Encarna sonreía y abría la novena cantando a viva voz: "Glorioso y divino Antonio...". "Habrá que aprovechar lo que el destino depara para cada uno, que todo tiene su parte buena", imagino ahora que estaría pensando la cuidadora de las imágenes, mientras paseaba con garbo por los caminos que la despidieron para siempre, sin haber sabido nunca, tampoco ellos,  la edad eterna de aquella mujer independiente, pequeñina y vital.

jueves, 15 de febrero de 2018

Celia

Celia Carballo vivía en Soto, con la única compañía de sus gallinas y sus gatos -nunca tenía menos de tres felinos-, en una casa pequeña, con portal y corredor. Tenía una parcela en Vayau donde sembraba maíz, patatas, ajos puerros, cebollas y alguna berza, con lo que iban subsistiendo todos los miembros de su atípica familia. También hacía de lavandera cuando alguien la solicitaba. Asimismo formaba parte imprescindible de su vida el imaginario Adolfo, su gran amor y el motor de su existir, con el que se comunicaba vía telepática, y de quien siempre aseguró que habitaba en la luna. Por eso, a la luna miraba mientras le contaba qué había soñado, qué había comido, cuánta cosecha había recogido, los huevos que habían puesto las aves del corral, lo poco que le gustaba la persistente lluvia o lo triste que estaba "Cuquina", la gata blanca y negra con la que más congeniaba. Con una dignidad que se confundía con el orgullo propio de quien no estaba bien del tarro, nunca quiso dar lástima ni recibir limosnas. Traía el bajo de la falda casi siempre descosido, los jerséis raídos, las alpargatas gastadas y las manos agrietadas, pero había en ella un porte diferente. A su manera, Celia era elegante; con esa elegancia que da el ser único. Ademá, era alta y estilizada, y cuando se le veía casi la pierna entera por descuido de su vestimenta, se le adivinaban unas extremidades que nada tenían que envidiar a las de los cuerpos perfectos. Ahora pienso que Celia Carballo no estaba "chiflada", como así lo creíamos sus vecinos y los niños que íbamos a escucharla charlar sola y mandar mensajes de amor al satélite natural. Lo que pasaba era que no la entendíamos. Sospecho que Celia, tras un gran desengaño que se comenta que sufrió en la ciudad en su juventud, decidió protegerse con su soledad, su imaginación y sus únicas herramientas para sobrevivir: sus dos brazos. Aprendió a no necesitar del prójimo, a no hablar de sus problemas, a prescindir de adornos materiales, a hablar el idioma de otras dimensiones y se hizo un paraíso incomprensible para el gran público. Empiezo a pensar que tal vez fuésemos más infelices el resto de los habitantes del pueblo porque ella no esperaba nada de nadie, al tiempo que tenía muy poco que perder. Aprendió a sacarle jugo a la soledad. Le perdió el miedo a los juicios, a las burlas, a las opiniones ajenas, a los fracasos... Incluso se permitía mirar y hablar con cierto desdén e ironía a quien osaba cuestionarla. Algunas noches claras, miro a la luna y le digo, mientras mis gatos me observan: Ya te entiendo. 

jueves, 8 de febrero de 2018

Carmen la de Santos

Cuando llegó la noche del mismo día en que Carmen, que vivía en la quintana de El Caalón, se casó con el casín Santos, éste le dijo: "Carmen, yo voy hasta el chigre a tomar daqué con to padre. Tú vete pa la cama cuando acabes de fregar los cacíos". Carmen, mujer de carácter festivo y fuerte, exclamó para sus adentros: "¡En eso taba yo pensando!". Terminó de secar el último plato de la media vajilla, de segunda mano, que le habían regalado para su boda, volvió a adornarse con los recién estrenados pendientes de azabache, se puso por los hombros la toquilla negra, calzó "les madreñes", y salió rumbo a la taberna. 

Cuando llegó al destino prohibido para las hembras de entonces, una docena de paisanos, entre ellos padre y yerno, la miraron boquiabiertos. Se sentó en el único taburete libre, en una esquina donde divisaba el paisaje de dentro y de fuera, y pidió una copina de anís. La bebió despacio, opinó del tiempo que amenazaba tormenta, ayudó al tabernero -algo rudo- (un pucu pollín, que diría Carmen),  a echar una cuenta que se le había trabado, descalzó el pie derecho para sacar unos reales que llevaba escondidos en las zapatillas de fieltro con pompones negros y pagó su consumición. "Padre, Santos, cuando queráis marchamos pa casa", dijo con naturalidad. "Vamos, vamos", respondieron al unísono los dos paisanos. 

Desde aquel día, su marido, con el que tuvo una vida bastante feliz a pesar de los preámbulos, la invitaba siempre a acompañarle a los lugares de ocio. Ella, haciendo uso de la libertad que había conquistado, iba o no.

miércoles, 31 de enero de 2018

Si buscas milagros mira: San Antonio el del Campu Xuan

Continuando con las pérdidas, con los milagros, con los deseos... sí, a veces, somos tan incoherentes que, aún declarándonos ateos convencidos, nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena o de San Antonio cuando no hay forma de encontrar algo perdido. Por eso, nos delatamos pidíendole a nuestro vecino más milagrero, cada quince días más o menos, que nos encuentre las llaves del coche, una sortija, las gafas que la presbicia no perdona, unos impresos para presentar en la administración pública o una camisa del invierno pasado que no aparece por ningún armario. Por eso, pedmitidme confensar que creo que San Antonio, concretamente en el que vive en la capilla del Campu Xuan, hace milagros.

Después de buscar media tarde una cosa, acabo sucumbiendo e implorando al cielo:"Cinco euros a San Antonio si me encuentra el DNI" .La oferta monetaria suele ir en proporción con el valor de lo perdido.Por ello, los despistados, entre los que me incluyo porque llevo el gen de los Hevia, casi que tenemos que dedicar una renta a lo encontrado por "el glorioso Antonio", que dice la canción que le dedican en la procesión que le pasea desde San Andrés hasta su capilla habitual, previo viaje en coche (hasta los santos se acomodan)  una semana antes a la iglesia para ofrecerle la novena anual.

No os engaño si cuento que una lista considerable de objetos aparecieron por casa pocos minutos después de la oferta al Santo. Llevábamos buscando todo la mañana el mando de la tele, imposible de programar sin él. Durante la tarde lo buscamos otro rato más y, ya llegada la noche, nos rendimos y recurrimos al Santo. "Dos euros a a SaAntonio (así se dice en el idioma autóctono) si aparece el mando. Un segundo después, meto la mano en una esquina tras el cojín del sofá, por donde ya habían pasado dedos, y allí estaba el objeto extraviado. Esta es una de tantas anécdotas que tengo entre los hallazgos pedidos al nacido en Padua, pero del epicentro de Soto de Agues de toda la vida (cosas del don de la ubicuidad de los divinos). Sin embargo, el favor más agradecido fue cuando recuperé una sortija de oro; el primer regalo, y por eso el más especial, de ese ingenuo e incondicional amor de juventud, que en la actualidad sigue siendo mi otro "santo". Había ido con mi madre y una amiga a llevar unas ovejas a una finca cercana al pueblo. De vuelta noté que se me había caído el anillo. Retomamos de nuevo el camino a la inversa, pero nada relucía por allí.A punto de tirar la toalla, Bárbara -mi madre- jugó la última baza, ofreciéndole no sé que pesetas (A San Antonio no le quedó otra que adaptarse ahora a la nueva moneda, como anteriormente hubo de aprender a convertir los reales), removió un poco la hierba del prado y allí estaba mi sortija con su perlina azul.

Podría estar enumerando muchos más hallazgos, previa oferta favor por nuestra parte a San Antonio. Porque, eso sí, tienes que darle lo ofrecido; de lo contrario te arriesgas a que vuelva desaparecer. De ahí que en Soto digan que "ye muy interesau". Por ese motivo, hace apenas tres semanas, le aconsejé al encargado de una obra que buscaba su móvil-oficina, desesperado desde hacía día y medio, que le ofreciese algo de valor a San Antonio. Al llegar a casa esa misma tarde, me contó que tenía un aviso a su teléfono fijo de que el teléfono había sido depositado en la comisaría más cercana.

De cuando en cuando también se nos cae el mito. Si no que se lo digan a Rosario la Coxa, una vecina del pueblo, que hace mucho tiempo fue la encargada de cuidar una vaca que le habían dado en ofrenda a San Antonio. Pero el animal acabó muriéndose. Ante el acontecimiento, no se le ocurrió otra cosa que dar "unos gillaazos" al patrón. "Mentecatu, si nun cuides lo tuyo cómo vas a cuidar lo de los demás", dijo la mujer según cuenta  la historia oral de los cuentos antiguos de mi aldea.

El caso es que poder bajado del cielo, sugestión, casualidad, destino, telekinesia o aleteo de la mariposa, cuando pides algo a San Antonio al tiempo que le ofreces otra cosa, lo perdido suele aparecer de inmediato. Aunque seguramente habrá personas, cosas o hechos que no queramos volver a encontrar jamas... Entonces habrá que recurrir a la Santa Rita, la de Boroñes,  abogada de los imposibles; quien tampoco concede nada gratis por aquello de que no hay rosa sin espinas.O quizás al Cristo de Tanes ante el que, con la Magdalena tan cerca, confirmando aquello de que "detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer", no hay incrédulo que se resista.

En definitiva, que pocos se escapan a "la fe del carbonero", que es la del por si acaso o la del por pedir que no quede, porque a veces sucede lo extraordinario...