martes, 23 de enero de 2018

Flor


La primera vez que Flor subió a un avión ya había pasado más de la mitad de su vida. Viuda desde muy joven, no quería ni oír hablar de la posibilidad de echarse un nuevo compañero; testaruda y fiel a esa mentalidad de antaño de ser leal a un solo hombre, aunque se hubiese quedado sin pareja  a medio camino de su juventud. Pero no se negó a  la aventura de volar, porque a ella no había circunstancia que la amedrentase.

Aquel inolvidable viaje en avión, en el que atravesaría el océano -para una vez que viajaba que fuese de verdad-, Flor se reencontraría con algunos de sus familiares más cercanos que habían emigrado a la Argentina. Por San Antonio, y desde que se trasladara valle abajo, siempre regresaba a Soto dÁgues a pasar unos meses en la aldea donde se había casado, y en la que transcurrieron muchos años de su vida, cuidando de su familia y aprendiendo a coser a varias generaciones de mujeres del pueblo. Era cuando nos repetía su aventura en el vuelo a través del Atlántico. Y todos los veranos la escuchábamos con la boca abierta, aunque nos supiéramos la historia de memoria. Porque ella, mujer de palabra fácil y vehemente, tenía el poder de acaparar la atención. De este modo, sentada muchos  atardeceres de verano en el banco de madera de El Caalón, de la Plaza del Campu Xuan o en el de su anteojana de La Sapera, la costurera nos narraba por penúltima vez:

"Tocome ir sentá en el avión junto a un señor de muy buena presencia. Ensiguía entamamos conversación, porque los dos éramos entreabiertos y, como el que non quier la cosa, contei la mio vida", comenzaba su relato esta mujer que tenía algo de lo que en la era digital se le viene llamando Influencer.

Así, Flor, nacida en el pueblo casín de Coballes, y casada con un coyán de Soto, apenas despegó el vuelo comenzó la historia por el día en que ella y su más de media docena de hermanos, la mayoría hembras, se quedaron huérfanos de madre siendo muy jóvenes. Su padre, un hombre nada machista para aquellos tiempos, y convencido de que aquellas mujeres eran capaces de hacer cualquier trabajo, les dio todo el poder a sus hijas que hicieron y deshicieron a su antojo; algo así como la novela de "Mujercitas", pero en versión paterna. Flor se especializó en la costura, que sería su profesión futura. Con el tiempo, el progenitor se casó de nuevo y tuvo otro puñado más de hijos, más los comunes del matrimonio. Con lo que juntaron 18 descendientes. Por la seguridad con que la modista lo contaba, creíamos al pie de la letra que se llevaron estupendamente entre los hermanos y los hermanastros, protegiéndose y cuidándose, porque la diferencia de edad hacía que muchos de ellos hiciesen la función de padres y madres.

Cuando Flor se casó con Emilio todavía era muy "jovencina". Habían pasado muy pocos años cuando ya enviudó y se quedó con su única hija y su suegra María; una mujer de remango, que pasó por la tragedia de perder otro hijo, su nuera y una nieta en un accidente de tren en Buenos Aires. Las dos tenían un carácter fuerte y un personalidad con la que pocas personas se atrevían a jugar, pero dotadas, además, de la suficiente inteligencia emocional  para que la convivencia transcurriese en armonía hasta que la abuela murió

Con un lenguaje a medio camino entre el habla de Casu y la de Sobrescobio, y una espontaneidad propia de una mujer que había aprendido a nadar en la dura escuela de la vida, sin perder la claridad de las palabras ni la seguridad de quien lidió con tareas de todo tipo, cruzaron el charco sin que al interlocutor le hubiese acudido la fobia a volar, ni  se le hubiesen entumecido las piernas tras tantas horas de vuelo.

Al despedirse, el anfitrión les dio su dirección y su teléfono, y le hizo saber a la modista que había pasado un viaje encantado con las historias de una mujer tan auténtica y luchadora. "Bueno, yo me despidí con educación, pero segura de que non lu volvería a ver más en la vida", explicaba Flor.

Unas semanas después de su estancia en Buenos Aires, sus familiares las llevaron a un lugar muy turístico del país, y en el primer restaurante que fueron a comer se encontraron con el pasajero del avión y su mujer, "que nos miró como si hubiese visto a Dios", recalcaba la casina.

Durante los días que pasaron en aquella estancia paradisíaca, Flor y sus acompañantes tuvieron todas las atenciones y facilidades del anfitrión que conoció en el vuelo, ordenando a sus empleados que las tratasen como a  invitadas de honor. Porque resultó ser que aquel "paisano", al que contó su vida mientras volaban, era un acaudalado terrateniente, encantado con la sorprendente vida de Flor, y su peculiar manera de narrarla en positivo.

Me dio por recordar a esa mujer que tenía la risa tan contagiosa como inquisitiva la mirada, porque vi una foto que hice de su pueblo natal. un invierno de nieve. La imaginé paseando con su cojera congénita; inconveniente que no le impidió nunca "bailar como la que más en les romeríes y echame uno de los mozos más curiosos (elegantes) del pueblu".

De la manera que Flor contaba sus historia, uno se imaginaba que debían de estar deliciosas aquellas tortas de harina de maíz con leche de sus vacas casinas que preparaban para desayunar, que tenían que sentar de maravilla los pantalones que hacía para sus hermanos durante las horas que le dejaban libres las tareas de cocina y limpieza -me creo que las tablas de madera de sus casas de Coballes, primero y de Soto de Agues depués que repulían con arena , brillasen como el parqué más sofisticado-, y que los vestidos que llevaban a las fiestas patronales las chicas  de la familia, las hiciesen parecer las princesas que comenzaban a aparecer por las revistas que caían de cuando en cuando por sus manos.

No es de extrañar entonces que todos los veranos quisiéramos oír la historia de su vida, y aquella vivencia rumbo a Buenos Aires, que contaba como si tal cosa. "No niego que aquel señor tuviese munches perres, pero yo non i cambiaba lo mio vida, porque fuimos felices a pesar de los apuros económicos y de les coses males que nos tocaron", decía; recordándonos que algún verano habría de faltarnos en las tertulias porque su vida ya estaba en tiempo de descuento. En efecto, un año ya no volvió por San Antonio y, meses después, nos enteramos que se había ido para siempre. Sin embargo, algo de su "resilencia" continua pululando por aquellos lugares donde dio tantas puntadas e hilvanó tantas historias.



domingo, 14 de enero de 2018

La llamaré Esperanza

La llamaré Esperanza, pero podría ser María, Sol, Rebeca, Aurora, Valeria o cualquier otra, porque la historia es real y el nombre inventado. Tiene 40 años y un trabajo sin determinar. Licenciada en Ingeniería Medioambiental, las circunstancias sociales, familiares, laborales o todas juntas a la vez no le fueron propicias para un trabajo estable y bien remunerado. Reparte su tiempo atendiendo a su familia: tres hijos, un marido y cuatro personas mayores de 80 que también requieren su atención. Se levanta a las seis de la mañana -podría levantarse a las seis y media, pero necesita ese trozo de amanecer para saborear el primer café ella sola-. A lo largo del día hace de asesora de moda, de costurera, de sicóloga, de enfermera, de mediadora, de cocinera -incluso hace unos dos años tuvo que especializarse en comida para celiacos porque la alergia del momento llegó también para algunos miembros de su familia-, de limpiadora, de maestra, y si hay suerte, se realiza en algún trabajo que le llega de cuando en cuando y mal pagado, relacionado con su profesión. Hasta hace sus pinitos, en tardes de inspiración, escribiendo poemas en una libretita rosa palo que siempre lleva en el bolso, perdida entre el amasijo de objetos que "conviven" en el mismo. Se la compró un año por las rebajas en esa tienda barata, con apariencia de cara donde solemos comprar "las que queremos pero no podemos porque gustos buenos solemos tener, aunque no dinero", que dice Pilar. Algunas veces -me cuenta como un secreto a voces que esos momentos son para ella una Religión-, Esperanza queda con sus amigas y amigos para "desembrutecer el alma", y se permite darse un capricho en forma de libro u otros objetos más mundanos, sin dejar que le cale el sentimiento de "no me lo merezco". A las diez y media de la noche, como mucho, no se va a dormir, directamente se desmaya en la cama. Está mentalizada de que cada uno debe de aprender a torear con el enfoque más positivo en la plaza que le toque en la vida, pero lo que le revienta y trata de zanjar con argumentos que no dejan duda, un día sí y otro también, es que le digan: "tú como tienes tiempo...", o puede ser peor, sucede cuando le oreguntan: "¿Tú no trabajas?", a lo que ella responde con un contundente: "¡¿Perdona?!". Buen sábado, por aquí dicen que "esta inverná espera otra". Por lo demás, Esperanza nunca libra de fin de semana, pero entre sus propósitos especiales para 2018 está el negociarlo.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Aires de Advientu

En las fechas cercanas a la Navidad, Dulia se ponía a "frañir ablanes turraes" para hacer "les casadielles". Poco importaba que no supiese leer ni escribir, ni siquiera entender el reloj de pulsera que le habían enviado unos parientes desde México. Con mirar al cielo sabía que eran las siete de la mañana, y que faltaban unas dos semanas para que llegara la Noche de juntarse toda la familia. Tampoco se equivocaba si la dirección del viento anunciaba lluvia, nieve o sol. Por lo demás, no estaba del todo convencida de que, en la medianoche de otro Diciembre, una mujer hubiese parido un niño que sería el hijo de Dios, porque su experiencia le decía que los milagros tenían siempre trampa.  

Además, Pelayo, de los pocos que sabían leer en la aldea a finales de 1800, y con quien compartía colchón de "fueya" alguna madrugada, le había explicado que en Belén ni siquiera nevaba. Sí, el amigo erudito había sido su verdadero amante, a pesar de que era la única persona que no le adjudicaban las malas lenguas; las mismas que suponían, entre dimes y diretes, que bañarse en la Plana de Sabina ligera en enagua, conversar con amigos hasta la madrugada o beberse un vasín de vino dulce en el chigre,  no era propio de una mujer decente. Aquellas opiniones a la lavandera, que tenía las yemas de los dedos gastadas de tanto frotar en las piedras de la Riega de Limueria, por lavar la ropa de varias generaciones de familias numerosas, le importaban más bien poco, y seguramente suscribiría la famosa frase de Bob Marley: "Si te hizo feliz, no cuenta como error".

Aún así, entre incredulidades e incoherencias, la mujer que dejaba la ropa impoluta por míseros salarios, admitía que era guapo lo del Nacimiento cubierto de escarcha, con ricos y pobres conducidos por una misma estrella, que se presumía que brillaba igual para todos. Ella, cuyas hábiles manos sí que eran capaces de convertir el agua en vino, hacía su propia decoración de la liturgia con paja y "panoyes". Era la única tía soltera de una gran familia, y se empeñaban en reunirse en su casa porque decían que olía a "Navidá". Tal vez el motivo del preciado aroma fuese que su chimenea -tan vieja como las piedras "afumaes" de toda la estancia-, jamás se apagaba en invierno, porque cocinaba el arroz con pollo tan lento como exquisito o porque contaba las historias más mágicas. Pero quienes ahora nos cuentan lo que les contaron, resaltan el atractivo de su risa franca, espantadora de penas, y su compañía seductora.

Dulia solía decir que a las tristezas -es posible que almacenara tantas como arrugas es su cara tempranamente envejecida- no había que alimentarlas. Enfín, fácil de imaginar a Obdulia Iglesias entre esa clase de seres humanos "que te abraza y te reinicia" -haciendo uso del actual lenguaje digital-, con el mismo poder fantástico que los aires eternos de "advientu". Por eso, todos reservaban "tayuela" alrededor de su fuego, al menos una vez al año.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Feministas de minifundio


Rosina
Se colgó un sábado de la viga maestra del corral contiguo a la casa de sus padres. Era el lugar en el que guardaban las cabras en invierno; las mismas cuyos nombres escandalizaban a sus conservadores vecinos de la quintana: Libertad, Pasionaria, Aida, Federica, Veneranda... 

Acababa de cumplir los treinta y cuatro años. La autopsia confirmó que fue un suicidio no inducido. Pero los hechos, tozudos, vinieron a demostrar que la soga que compró Rosina en La Pola dos días atrás tenía un culpable más poderoso: una sociedad hipócrita, que hace 60 años no perdonaba salirse del redil; sobretodo a una mujer joven, pobre, viuda y con hijos. Lo de haber hecho uso de su íntima libertad y que su "delito" fuese evidente en el plazo de unos meses era un agravante que consiguió aterrorizarla definitivamente.

Ya la habían condenado, aún antes de la evidencia, su propia moral, grabada a fuego tras años de opresión, y las miradas acusadoras que a buen seguro habría de sufrir. No iba a permitir que le ocurriera lo mismo que a su madrina Rosario, que tuvo que huir a sabe Dios dónde -nunca regresó para contarlo- cuando se hizo público que amaba a otra mujer. La prueba posterior a la muerte de la campesina aportó un dato diferente al motivo del apedreamiento de su protectora: Rosina llevaba una niña en su vientre, hija de un amor prohibido. Le hubiese puesto Rosa, (como ella y como la famosa Luxemburgo), y seguramente hubiese luchado por los derechos que a su madre, y a la mayoría de las mujeres de su generación les fueron negados. Aún hoy, en la pequeña aldea, colgada en una ladera de la Cuenca Minera asturiana, recuerdan cómo el injusto juicio ajeno mata como cualquiera de tantas armas, físicas o sicológicas, que acaban con la vida de un ser humano (las estadísticas siguen diciendo que las mujeres se llevan la peor parte).

Constantina

Al amanecer de un día de primavera, cuando las flores "de pan y quesu" anunciaban días más cálidos, Constantina ayudó a su marido a "uncir el carru y les vaques" y pasaron la mañana sembrando maíz en una de sus tierras. Regresaron, cansados, a la hora de comer, y volvieron a hacer el trabajo a la inversa con los animales. Después, la casina (mujer del municipio asturiano de Caso) encendió el fuego y peló las patatas para hacer el pote de "patates con arroz". Con el hambre atrasada, apenas comenzó el agua a hervir, su pareja empezó a apurarla con un insistente: "¿ya está la comida?". Constantina, harta de la situación que siempre se repetía, le dijo: -"Sí, siéntate a la mesa", y le echó un buen plato de patatas crudas con agua caliente. "Marché cuando tú y volví cuando tú, así que ahí tienes", le remató con coraje; ya que responderle así a un varón hace 80 años era un acto de valentía para una mujer. 

Cuenta la historia oral, que a partir de entonces el compañero de fatigas y faenas la trató con más consideración. Y yo quiero creer que hasta la ayudó en las tareas de casa. Esta es la sencilla historia de una predecesora de los derechos conseguidos por las mujeres anónimas. 

Por lo demás, os recomiendo el humilde manjar de unas patatas con arroz, aderezado con un refrito de ajo y pimentón. Eso sí, a fuego lento...


lunes, 13 de noviembre de 2017

El bullyng de Noviembre

No toda violencia entre un hombre y una mujer es de género, pero sí toda acción que implique una situación de desigualdad en el marco de una sistema de relaciones de dominación de los hombres sobre las mujeres que tenga pueda tener como consecuencia un daño físico, sexual o psicológico,  es un acto de agresión machista.

Ahora lo llamamos  también el mes morado porque  un 25 de Noviembre de 1960, fecha en la que se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, fueron asesinadas tres hermanas -Patricia, Minerva y María teresa-,en la República Dominicana.  Hasta esa fecha y desde entonces  no han parado de morir asesinadas y no se han detenido, con mayor o menor éxito, las reivindicaciones. Desde hace tres años llevo una pequeña parcela de responsabilidad en el el tema, y he aprendido dos cosas: que cualquier paso encaminado a visibilizar el problema nunca es en vano y que aún se escuchan letanías idénticas a siglos atrás en cuanto a lo superfluo que es defender los derechos de las mujeres por el hecho de serlo. Pero no se pueden permitir pasos atrás. La maquinaria está engrasada y las acciones encaminadas a que el mundo aísle al maltratador de género deben prevalecer por encima de otras opiniones.

Habrá épocas con menos inversión en medidas para proteger a las mujeres que padecen esta lacra y dar salida a sus vidas, una vez que toman las riendas de su libertad, pero el mundo, esa parte del mundo que mira de forma empática el sufrimiento ya no tolera las agresiones, en forma de crímenes en muchos casos y de amargos tratos en otros. La pirámide familiar se ve envuelta siempre en el horror de las acciones machistas, y la familia en la que hay un maltratador sufre en grupo sus consecuencias. Esto llev, por otro lado al riesgo de que los hijos imiten el comportamiento en un futuro o lo sufran,todo como un hecho de vivencia cotidiana que no les pilla como anormalidad.

Rosa María, asesinada por su ex marido, con 20 años,  ha sido una de las últimas víctimas de la violencia de género, en lo que va de año, en España. Paradójicamente, las encuestas revelan que uno de cada cuatro jóvenes ve normal la violencia en la pareja, y unos de cada cinco piensa que se exagenara y que es una cuestión politica. La insistencia en la educación desde edades tempranas y la empatía que da el conocimiento de casos reales y cercanos tal vez les haga cambiar de opinión. Los que seguí habitualmente mi blog recordaréis la entrada que escribí pensando en Emy, una amiga de mi infancia y adolescencia que fue asesinada, en unas circunstancias de violencia de género tan parecidas a las del resto de mujeres y tan singulares como la propia vida de cada ser humano. En la suposición queda el por qué de su muerte; aunque nos podemos imaginar los motivos, porque los perfiles y la mentalidad del maltratador suelen converger en una imagen de hombre que se cree de primera respecto a su pareja, con todo un historial de derechos adquiridos que dejan al desnudo la individualidad y el respeto de su prójima. No era Noviembre cuando Emy nos dejó, hacía poco que había comenzado la primavera. Pero sentimos el frío del invierno con la forma de su muerte, y fuimos conscientes de que el maltratato y sus terribles consecuencias también le ocurre a las personas que tenemos más cerca, no solo son noticias de la tele o el periódico.

No olvidemos tampoco que una palabra  tiene el mismo poder destructor  que una bofetada, por eso  "Ni golpes que duelan ni palabras que hieran", fue uno de los lemas de las campañas que las concejalas de Igualdad de la Cuenca del Nalón, entre las que tengo el honor de incluirme, han elaborado con motivo de la campaña del mes de la lucha contra violencia de género. Este año ya tenemos preparado un nuevo cartel, con mensaje contundente, que presentaremos la próxima semana en Pola de Laviana. Tal vez únicamente sean palabras en un papel más grande, pero también cabe la posibilidad de que esas palabras lleguen a alguien, en cualquiera de las dos orillas del maltrato, y le hagan reflexionar y cambiar de rumbo. Con que solo le sirva a una persona habrá merecido la pena el empeño de nuestro trabajo. Así de lento suele ser el camino de la consecución de resultados, pero mientras no se de un paso atrás, todo es rentable en la lucha.Y perdonen las molestias aquellos que tachan de inútiles este tipo de campaña, pero las siguen matando.

jueves, 12 de octubre de 2017

Así era Pilar



Derivado del latín pilar, en el significado de los nombres españoles Pilar quiere decir soporte de la vida. No anda muy alejada la connotación de algunas de las que conozco y he conocido, con esa versión de mujer fuerte donde poder apoyarse el clan familiar o el círculo de amistades. "Es una mujer ordenada, metódica y disciplinada. Además, tiene un sentido del deber muy desarrollado. También es autoritaria , y le gusta que las cosas se hagan a su manera, por lo que es frecuente chocar con ella; especialmente en cuestiones laborales", apostilla una definición.

Como persona de carácter enérgico, recuerdo a mi abuela paterna, Pilar. Huérfana de madre siendo una niña, se casó muy joven y parió seis varones y dos hembras, aunque la primera de sus hijas murió de recién nacida. A Pilar la del "Puzu" -tenía ese apodo porque en la casa donde vivía en Agues había un pozo de agua en el prado que la rodeaba-, le tocó jugar en el bando de los perdedores durante la la Guerra Civil, y sufrir las consecuencias que padecieron los vencidos tras acabar la contienda.

Con un hermano condenado a muerte, que logró huir a Francia, el punto de mira fue esa mujer de su familia, que tenía la piel tan morena como determinantes  sus andares, y directas sus palabras. Soportó requisamientos, rapados de pelo, aceites de ricino y dedos apuntándola sin cesar. Por lo que me fueron contando quienes la conocieron en un tiempo anterior al mío, pocas cosas la amedrentaban, al tiempo que defendía a su prole, también marcada, como tantas mujeres coraje de aquella época y aquellos perfiles.

Siete hijos de edades seguidas  necesitaban lo que escaseaba: alimento, ropa, calzado; mientras les sobraban las ideas  en la ejecución de travesuras. Mi padre me contaba que un día encontraron una "espindarga" y comenzaron a dispararse con ella pensando que estaría vacía. Una bala, que no les estaba destinada porque salió en otra dirección, casi acaba con la vida de uno de los chicos. También recordaba el cuarto de los hermanos Suárez Miyares, que "cada vez que comíamos aroz , Ovidio estiraba cuantu poía esi alimentu en el platu pa que paeciese más cantiá. De ese modo, cuando sus hermanos ya habían devorado la cena, él seguía siempre con algún grano porque comía muy despacio para chincharles. Como había pocos cuchillos en casa, pelaban las castañas con los dientes durante las noches de invierno. En el tiempo de cerezas y otras cosechas que les quitaban el hambre, burlaban las vigilancias vecinales para encaramarse en busca del fruto prohibido. "Ahora si ven un pera de mexona en el suelu, si a acasu,dan-i una patá", comentaba el abuelo, haciendo un análisis de los actuales tiempos de "refalfiaura".

De adolescentes pastoreaban cabras y vacas por los valles y montes de alrededor de la aldea y disfrutaban, en la medida de los posible, de unos años en los que la pobreza era la tónica general; tiempos difíciles que conectaron su juventud con los viajes a caballo hacia  el municipio limítrofe de Aller, donde dejaron historias de novias y choques de testosterona a partes iguales. Tampoco les fueron ajenas desde bien jóvenes a algunos de los hijos de "Pedrera" la negrura de los pozos mineros y las aristas del carbón.

Mientras su madre seguía tejiéndoles "chapines", y Manuel, su padre, hacía su trabajo de caminero en la mina de Llaímu, los hermanos iban haciéndose hombres fuertes y protectores de su familia, siempre con el sello imborrable de su condición de hijos y sobrimos de rojos; lo que no hizo más que forjar un carácter de gentes de izquierda que para nada respondía al mal perfil pretendido por las etiquetas de la época. Señalados en la escuela, en la iglesia -a las que pronto dejaron de acudir por motivos diferentes-, y en numerosos centros de sociedad del municipio, fueron, sin embargo,unos jóvenes como tantos de su generación, hartos de miseria, de frío,de trabajo,con amistades irrompibles e historias de solidaridad inolvidables. Junto con ellas, la protección familiar de la que siempre alardearon, logró que una parte de sus recuerdos de infancia y juventud fuesen entrañables, a pesar de las circunstancias.

La tragedia les llegó más palpable con la muerte temprana de sus dos hermanos mayores -uno a los 18 en la mina y el otro en la mili-. Pero la madre coraje siguió con valentía su camino, y tuvo tiempo de conocer la Democracia, los viajes del Inserso, Venezuela, donde vivía uno de sus hijos; el mar de Gijón, donde me llevó algunas vacaciones. "Vamos a ver escapartes por el centro", me dijo un día. Y yo, con unos seis años y deseando todo cuanto me ofrecían tras las cristaleras, le contesté con mi coyán de pura cepa: "güelita pa nun comprar ná, prefiero no mirar los escaparates".

También Pilar Miyares vivió intensamente el último tramo de su vida haciendo ganchilo, leyendo esas revistas con fotonovela de regalo, y disfrutando de los juegos de cartas con su panda de coetáneos en el jardín de su casa: José el de Juana, Antonio el de Rincón, Lolita, Agustina la del Infiestu,  Ana María, Mero, Manolín "el Coyán" y Mariquina, sus cuñados que venían en el 600 desde la Pola casi todos los domingos, Ángeles Gutiérrez, etc.; cada cual con sus ideas y sus pasados diferentes que no les impedían compartir meriendas y barajas sin ningún tipo de prejuicio.También viajó muchas veces a París, donde iba a visitar a su benjamina, aunque solo aprendió a decir  "merci", "bonjour", "bon apetit" y poco más.

Así, a muy grandes rasgos, fue la vida de una de mis Pilares, luchadora incansable y valiente donde las hubiere.Como muestra de su coraje la anécdota del día que le robaron un jueves la cartera en el "mercau" de Laviana, y al jueves siguiente, al reconocer al delincuente, lo agarró del cuello y lo llevó medio a rastras hasta el cuartel de la Guardia Civil.

De los últimos recuerdos que tengo compartidos con mi abuela Pilar fue la boda de Lady Di y Carlos de Inglaterra en el televisor de su cocina, en el que había pegado un papel transparente con varias rayas de colores, para emular la tele en color, que aún no había llegado a la aldea. Aquella era una manera más de editar los recursos. Ahora, con los modernos teléfonos, lo hacemos a la inversa: nos gusta pasar las fotos a blanco y negro porque, como alguien dice: se resalta más el alma.






viernes, 30 de junio de 2017

Bajé el jueves al "mercau"


 La última vez que nos vimos sonaban los ecos de un concierto de Serrat -uno se cree que las mató el tiempo y la ausencia...-. Ya han pasado 32 mayos desde entonces. Ayer me la encontré en ese "mercau" de los jueves, en Pola de Laviana, al que bajábamos desde nuestros respectivos pueblos sin falta, lloviera que tronase, cuando éramos jóvenes.

La misma música ambiente, los mismos olores, los mismos puestos; con ropas y calzados distintos -cuántos tonos de rosa han desfilado por esos percheros y por nuestras vidas: rosa fucsia, rosa chicle, rosa cuarzo, rosa palo, rosa coral, rosa diamante...-. Hasta me atrevería a jurar que el vendedor de gorras, boinas y sombreros era el mismo que me vendió la visera que le compré a mi padre para su cumpleaños treinta años atrás. Pero no, sería su hijo. Y ahí comienzan los matices.El tendero de entonces ya peinará canas, unas cuantas arrugas en su  frente, lucirá unos párpados algo descolgados, y es posible que algunos kilos de más, o quizás mucha masa muscular menos; eso en el mejor de los escenarios de esa vida normal con la que empezamos a conformarnos en proporción directa al conocimiento del mundo y de las circunstancias irremediables. El vendedor de años atrás estaría igual que ella, que todos los  conocidos que me fui encontrando por el puesto de la fruta, por el de los frutos secos y los pepinillos en vinagre, por el del bacalao. Igual que yo, que me veía reflejada al verles a ellos, en el espejo del paso del tiempo.

El pincho de lomo rebozado al que siempre me invitaba mi padre en el bar de la Guinea, seguía en su urna de cristal. Y el Banco dela acera de en frente, al que bajaban mis paisanos y paisanas a sacar la paga del mes aún no ha sucumbido tampoco a los vaivenes económicos.Hay muchos negocios nuevos, que te hacen sentirte forastera, y que van creciendo paralelos a las nuevas tecnologías, a los nuevos dictámenes de las modas alimentarias, a las nuevas formas de compartir un rato de ocio... Además de algunos de toda la vida que todavía siguen en pie. Son esas empresas familiares con solera, que sobreviven gracias a que cumplen el dicho: "hacienda tu amo te vea". Vuelvo a recorrer las calles de siempre, pero ya no son las mismas para mí. O quizás nosotros, los de entonces ya no seamos los mismos, que dice el poema.

Nos fueron cambiando los buenos y los malos momentos, las decepciones, las angustias, los fracasos, lo poco o lo mucho que hemos ido edificando, nuestros secretos...Pero también nos han transformado las personas que hemos ido encontrando en nuestro camino, las que han valorado en nosotros aquellos que otros no han querido, no han podido o no han sabido ver; las experiencias que nos han hecho más fuertes, los aprendizajes que nos han hecho más sabios; aunque al cabo de los días vamos dándonos cuenta de lo mucho que aún nos queda por saber. la vida nos sorprende cada día, yo diría que a cada instante. Bien lo dice Pilar Eyre: "levantas una piedra y aparece los extraordinario".

Paseo ahora por ese "mercau" de la mano de un niño que, a pesar de haber viajado más que yo a su edad -tal vez en unos años más que yo en toda mi vida, mira los puestos con ojos de quien ve el mundo como una novedad. Le cuento que su abuelo solía comprarme unas bolsas con muchos bolígrafos que siempre había  en una mesa que no consigo encontrar; tal vez porque ahora se escribe poco. También un día de "mercau" me compró mi primera máquina de escribir y mi antigua cámara de fotos; además de los vaqueros Lois; los primeros de mi adolescencia. A quien me acompaña hoy le gusta pararse en el expositor de unos chicos bolivianos que traen complementos de colores vistosos, y duda entre una pulsera con su nombre o un indicador del viento; ajeno a la nostalgia.

Ahí mismo encontré a María. ¿Quién reconoció primero a quién?. Estoy segura que ella también me radiografió en ese instante infinito, hasta que llegamos al fondo de la mirada, a la amplitud de la sonrisa, al gesto alegre de quien se emociona al reencontrarse.Paseaba un niño rubio -tenía sus mismo ojos oscuros- en una sillita. Era su segundo nieto. Claro, a nuestra edad ya eres o abuela joven o madre tardía de un niño relativamente pequeño.

En el puesto de al lado, el señor moreno de ojos color aceituna, ya no vendía cintas de radio cassette, en su lugar un chico africano vendía CD musicales; pero creímos oír que continuaba la misma música: "...son aquellas pequeñas cosas...". Después retomamos la historia con un café.