Esas pequeñas cosas...

miércoles, 9 de mayo de 2018

Semeyes

No me canso de mirar las fotos en blanco y negro de la vieja caja de dulce de membrillo, ya muy oxidada por el paso del tiempo,de los traslados, de los olvidos. A veces, nos reunimos los de la quintana para observarlas en comunidad, mientras nos dejamos cortejar por los días largos de Mayo. Cada cierto tiempo la busco, como si quisiera encontrar algo que aún no he descubierto. Extiendo las fotografías y siempre hay un nuevo detalle para mirar. Me fijo en la ropa, en los peinados, en los fondos, en las manos, en el calzado. Pero sobretodo en las miradas. Las presiento de muchas formas: tristes, ausentes, melancólicas, obligadas, tímidas, intensas,desafiantes, cálidas, dulces, humildes. Me imagino entonces las vidas que se pudieran esconder detrás de tantos ojos que un domingo de fiesta posaron para transformarse en un imagen eterna en sepia. Algunas historias las conozco, bien personalmente o bien por las fuentes de información cercanas. -"¿Quién era esti mozu del pelu tan rapao?".  Me dicen que tenía ideas de progreso tan radicales que se enfrentó duramente con más de la mitad de su familia conservadora, que hubiese sido un gran político de no haber tenido un trágico destino. -"El vestiu de Lourdes,con el escote en picu y la falda de tables ye como pa llevar a una boda de hoy en día". Ante lo que la fuente de información recuerda a su amiga que emigró muy joven y muy lejos, y se murió sin poder volver. "-Me encanten eses chaquetines tan fines que os poníais por los hombros les tardes de veranu". Igual les duraban diez temporadas impecables porque había poca ropa y había que esmerarse en el cuidado de los nuevo.

Pero me detengo especialmente en aquellas fotos que ahora casi sería un pillado; imágenes a través de las cuáles traspasa la miseria. Mujeres de apenas treinta años que parecen viejecitas en sus faenas de labranza. Casas tan humildes, animales tan flacos como sus amos. Manos estropeadas, en las que el sepia no disimula las grietas ni el destrozo de sus dedos. -"¿Estos son mi tartaragüelu y mi tartaragüela, los de Llaíñes?. -"Sí, parecen muy mayores, pero acababan de casase".-"¡Qué mirada tan tímida la de la muyer!. -"Bueno, tal vez esi día habría dao el primer besu al su hombre". Y vuelvo a entrar en sus miradas y llego hasta un mundo tan lejano que estuvo ahí mismo, sobre el mismo suelo donde nos recreamos con sus memorias visuales. -"Mirái, en ésta estábamos bailando con unos fugaos. Nosotres pensábamos que eren ganaderos del conceju de Aller. Un tiempu después los mataron, y quedómos muy mala impresión durante un tiempu. Probes families, cuántu sufrieron".

Tengo otras dos cajas de la otra orilla de mi vida, la de mi pareja. A fuerza de mirarlas tantas veces, ya están algo mezcladas. Como nuestras vidas. En unas y en otras veo algo de la sonrisa de mis hijos, de los ojos de mis primos y primas, de la nariz de algún conocido, del pelo rizado de una amiga, de las cejas de otra, de la manera de poner las manos de algún pariente lejano, en la forma de arrugar la nariz de un hermano... Vamos, que nos "asemeyamos" a los antepasados más de lo que pensamos.

Algunas de ellas están tan deterioradas que cuesta reconocer los rostros. En la actualidad, con las aplicaciones del móvil las acercamos, e intentamos conseguir la mayor nitidez posible, pero ya hay caras que ni la memoria ni la vista de los más veteranos consiguen ponerles nombre. "-Si viviera Rosaura, fijo que los conocía. Pero ya falta tanta gente para eso...". Y la nostalgia recorre de un soplo los retratos desparramados al azar. Es hora de volverlas a su recinto de latón., donde habita el olvido, como escribió Luis Cernuda.


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